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Zalzan Kavol no veía nada extraordinario en su viaje. Su balsa había llegado a los rápidos. Él y sus hermanos usaron pértigas para salvarlos y sufrieron varios traqueteos, pero ninguno grave. Luego continuaron río abajo hacia la playa de Nissimorn, donde permanecieron acampados con creciente impaciencia, extrañados por el retraso del resto del grupo. El skandar no había imaginado que las otras balsas pudieran naufragar en la travesía, ni había visto ningún náufrago en las orillas.

—¿Tuvieron problemas? —preguntó con tono de genuina inocencia.

—Secundarios —replicó Valentine—. Pero volvemos a estar juntos, y será agradable dormir de nuevo en alojamientos adecuados.

Continuaron el viaje, y entraron en la gran confluencia del Steiche y el Zimr, una masa de agua tan ancha que a Valentine le fue imposible imaginarla como el simple punto de reunión de dos ríos. Se separaron de los líis en la población de Nissimorn, en la orilla suroeste, y abordaron el transbordador que debía llevarlos a Ni-moya, la mayor ciudad del continente de Zimroel.

Treinta millones de ciudadanos vivían en Ni-moya. Allí el río Zimr describía una gran curva, cambiando bruscamente su curso este para continuar hacia el sureste. En ese recodo se había formado una prodigiosa megalópolis. Se extendía cientos de kilómetros a lo largo de ambas orillas del río y de varios afluentes que nacían al norte. Valentine y sus compañeros vieron en primer lugar los suburbios meridionales, distritos residenciales que daban paso, en el extremo sur, a un territorio agrícola que se alargaba por el valle del Steiche. La principal zona urbana, apenas visible al principio, se hallaba en la orilla norte, filas y más filas de torres blancas con remate plano que descendían hacia el río. Multitud de transbordadores surcaban las aguas para enlazar el millar de pueblos ribereños. La travesía duró varias horas, y el crepúsculo llegó antes de que Ni-moya propiamente dicha fuera claramente visible.

La ciudad parecía mágica. Su iluminación, recién encendida, destellaba atractivamente sobre un fondo de verdes colinas muy arboladas e impecables edificios blancos. Los gigantescos dedos de los muelles se adentraban en el río, y un asombroso bullicio de embarcaciones, grandes y pequeñas, se alineaban en la orilla. Pidruid, tan impresionante para Valentine en los primeros días de vagabundeo, era una ciudad secundaria comparada con Ni-moya.

Sólo los skandars, Khun y Deliamber habían visto Ni-moya con anterioridad. Deliamber habló sobre las maravillas de la ciudad: su Galería Telaraña, un centro comercial de dos kilómetros de longitud que se alzaba sobre el suelo mediante cables casi invisibles; su parque de bestias fabulosas, donde la fauna más extraña de Majipur, criaturas al borde de la extinción por culpa de la expansión de la civilización, vagaba en ambientes similares a su hábitat natural; su Bulevar de Cristal, una rutilante calle de reflectores giratorios que imponía respeto a la vista; su Gran Bazar, cuarenta kilómetros cuadrados de laberínticos pasillos que albergaban incontables millares de tiendas bajo continuos techos de deslumbradora lona centelleante de color amarillo; su Museo Universal, su Salón de la Magia, su Palacio Ducal, cuyas gigantescas proporciones sólo eran superadas, así se afirmaba, por el castillo de lord Valentine, y muchos detalles más que a Valentine le parecieron integrantes de mitos y fantasías, imposibles de encontrar en una ciudad real. Pero el grupo no iba a ver nada de esto. La orquesta municipal de mil instrumentos, los restaurantes flotantes, los pájaros artificiales de enjoyados ojos y tantas otras cosas tendrían que esperar hasta que Valentine, si se presentaba la oportunidad, volviera a Ni-moya vestido como la Corona.

Mientras el transbordador se acercaba al embarcadero, Valentine convocó a todos sus compañeros.

—Ahora debemos determinar nuestros rumbos individuales —dijo—. Tengo la intención de embarcarme aquí hacia Piliplok, y de ahí a la Isla. He apreciado vuestra compañía hasta la fecha, y me gustaría contar con ella por más tiempo, pero no os puedo ofrecer nada aparte de un viaje interminable y la posibilidad de una muerte prematura. Mis esperanzas de triunfo son escasas, y los obstáculos, formidables. ¿Alguno de vosotros quiere continuar conmigo?

—¡Hasta el otro lado del mundo! —gritó Shanamir.

—Y yo —dijo Sleet, respuesta que Vinorkis repitió.

—¿Dudas de mí? —preguntó Carabella. Valentine sonrió. Miró a Deliamber.

—Está en juego la inviolabilidad del reino —dijo el mago—. ¿Cómo voy a negarme a seguir a la genuina Corona, vaya donde vaya?

—Todo esto me desconcierta —dijo Lisamon—. No entiendo nada. La Corona que vaga por ahí fuera del cuerpo que le corresponde… Pero no tengo otro trabajo, Valentine. Iré a donde sea.

—Gracias a todos —dijo Valentine—. Os daré las gracias de nuevo, y más espléndidamente, en el salón de festejos del Monte del Castillo.

—¿Y no necesita skandars, mi señor? —dijo Zalzan Kavol. Valentine no esperaba ese ofrecimiento.

—¿Queréis venir?

—Hemos perdido el vagón. La muerte ha roto nuestro hermanazgo. Carecemos de material de malabarismo. No me atrae la idea de ser peregrino, pero le seguiré hasta la Isla y más lejos si es preciso, y lo mismo harán mis hermanos, si usted nos necesita.

—Os necesito, Zalzan Kavol. ¿Hay trabajo para malabarista en la Corte Real? ¡Será vuestro, lo prometo!

—Gracias, mi señor —dijo gravemente el skandar.

—Hay otro voluntario —dijo Khun.

—¿Tú también? —dijo Valentine, sorprendido.

—Poco me importa quién es rey de este planeta donde estoy perdido —replicó el hosco extranjero—. Pero me importa mucho comportarme de un modo honorable. Habría muerto en Piurifayne de no haber sido por ti. Te debo la vida y te ayudaré tanto como pueda.

Valentine sacudió la cabeza.

—Hicimos por ti lo que un ser civilizado habría hecho por cualquier persona. No existe deuda alguna.

—Yo lo veo de otra forma. Además —dijo Khun—, mi vida hasta ahora ha sido trivial y somera. Abandoné mi planeta natal, Kianimot, sin tener buenos motivos, vine aquí, he vivido alocadamente y casi lo pago con mi vida. ¿Por qué seguir así? Me uniré a tu causa y la haré mía, y quizá llegue a creer en ella, o a pensar que creo en ella. Y si muero para convertirte en rey, estará saldada la deuda entre ambos. Con una muerte bien consumada podré recompensar al universo por una vida pobremente disipada. ¿Puedo ser de alguna utilidad?

—Te acojo con todo mi corazón —dijo Valentine.

El transbordador lanzó un gran trompetazo con su cuerno y se deslizó suavemente hacia el embarcadero.

Pasaron la noche en el hotel ribereño más barato que encontraron, un lugar limpio aunque austero, de pétreas paredes encaladas y bañeras comunales, y se dieron el lujo de una cena modestamente espléndida en una posada cercana. Valentine pidió que se mancomunaran los fondos y nombró tesoreros conjuntos a Shanamir y Zalzan Kavol, puesto que tenían la mejor apreciación sobre el valor y usos del dinero. Valentine conservaba buena parte de los fondos con que llegó a Pidruid, y Zalzan Kavol sacó de una bolsa escondida una sorprendente pila de piezas de diez reales. Entre los dos tenían suficiente para que todos llegaran a la Isla del Sueño.

Por la mañana compraron los pasajes a bordo de un barco fluvial similar al que les había llevado desde Khyntor hasta Verf, e iniciaron el viaje a Piliplok, el gran puerto situado en la desembocadura del Zimr.