Después de lo sucedido, me reafirmé en mi propósito de salvar la vida de Tommy; si había albergado alguna duda, tras lo ocurrido se había desvanecido. No dejaría que mi sobrino acabara de ese modo; no permitiría que desapareciese de la faz de la tierra igual que James o muchos de sus propios antepasados. Él me había echado una mano, y yo me proponía ayudarlo.
«Tal como yo lo veo, el tipo ya estaba muerto, de modo que no hicimos más que solucionar un problema.» Pese a que Tommy había intentado quitar hierro al asunto, no conseguí acallar la voz de la conciencia. Si bien no había hecho daño a nadie, había encubierto los hechos y ahora sólo podía rezar para que no tuviera que responder a más preguntas en el futuro.
10
Dominique y yo discutimos sobre si debíamos continuar hasta Londres con el caballo y el carro de Furlong, pero al final fue Tomas quien inclinó el peso de la balanza. Para mi consternación, Dominique quería ir en el carro. Los sucesos de las últimas veinticuatro horas la habían agotado, y la perspectiva de andar otros tres días para llegar a la capital se le hacía insoportable; ese medio de transporte le parecía como caído del cielo. Por mi parte, sostenía que el carro llamaría la atención; si buscaban al joven granjero y reconocían su vehículo, estaríamos metidos en un buen lío. Aunque lógicamente no pensábamos tomar el mismo camino que él habría seguido, siempre cabía la posibilidad de que nos cruzáramos con algún familiar o un conocido. No valía la pena arriesgarse. Al final, como Tomas no dejó de repetir que no quería caminar un paso más, Dominique se alió conmigo -creo que para fastidiarlo- y enviamos el caballo de vuelta por el camino de Bramling. Sin carrero.
Aunque la noche anterior no habíamos pegado ojo, decidimos alejarnos de ese lugar espantoso lo máximo posible y cuanto antes. Habíamos ocultado el cadáver de Furlong en un bosquecillo cerca del establo. Me habría gustado enterrarlo, pero no teníamos nada con que cavar. Dominique propuso esconderlo entre la maleza y quitarle el dinero para simular que había sufrido un asalto por el camino. Afirmó que de ese modo no nos descubrirían y podríamos continuar con el plan inicial de instalarnos en Londres y emprender una nueva vida como si nada hubiera ocurrido. Aunque yo había tenido razones para matar a Furlong -que habría violado a Dominique de no ser por mi intervención-, no me hacía ilusiones de que las autoridades fueran a comprenderlas. Éramos muy jóvenes y la policía nos aterraba; si nos llevaban a juicio, nos separarían. Ya estaba hecho, no podíamos cambiar lo sucedido, de modo que sería mejor pasar página y simular que jamás habíamos visto a ese hombre.
Le quitamos el vómito de la cara y lo volvimos para tenderlo boca abajo; a continuación extrajimos de su bolsillo un pequeño monedero con dinero suficiente para mantenernos un par de días. Dominique dejó caer dos guineas a unos metros del cadáver, como si los ladrones y asesinos, nerviosos, hubieran extraviado parte de su botín. Le rasgamos un poco la ropa y le desgarramos la chaqueta por detrás. Antes de dejarlo, Dominique sugirió el último toque.
– No lo dirás en serio, ¿verdad? -murmuré, azorado por su propuesta.
– No tenemos otro remedio, Matthieu. Piénsalo. Es inverosímil que el ladrón sólo lo apuñalara por la espalda antes de robarle; debemos simular un forcejeo y mucha violencia. Furlong era un hombre fuerte; ha de parecer que intentó defenderse.
De repente alzó el pie derecho y le propinó una patada en las costillas con todas sus fuerzas; esa muestra de violencia me impresionó. El cadáver crujió, y Dominique volvió a la carga, pateándole el rostro.
– ¿Dónde está el cuchillo? -preguntó mirándome, y por un instante pensé que iba a vomitar de nuevo, aunque tenía el estómago vacío y albergaba pocas esperanzas de llenarlo pronto.
– ¿El cuchillo? ¿Para qué lo quieres? Ya está muerto.
Al reparar en el destello de la hoja bajo mi chaqueta, alargó la mano y me lo quitó. Retrocedí mientras Dominique hundía el cuchillo en el cadáver varias veces; después levantó un poco la cabeza del suelo y le rebanó el cuello de oreja a oreja. Al rasgarse, la carne emitió un sonido siniestro y liberó el aire contenido con un silbido antinatural.
– Ya está. -Dio un paso atrás y se pasó la mano por la barbilla con brusquedad-. Mucho mejor así. Ahora larguémonos de aquí. ¡Eh!, que no es para tanto -añadió al advertir mi palidez-. Tenemos que sobrevivir, ¿no? ¿Acaso quieres acabar en la horca? Él se lo buscó, Matthieu. No es culpa nuestra, sino suya.
Asentí en silencio y me encaminé al establo, donde habíamos dejado a Tommy mientras nos ocupábamos del cadáver. Cuando lo sacábamos, Tommy se había despertado un instante, pero estaba tan agotado que Dominique consiguió que conciliara el sueño de nuevo acariciándole la frente con suavidad. Cuando entré en el establo seguía durmiendo plácidamente. Me acosté a su lado, reconfortado por el calor de su cuerpo contra el mío. Me sentía exhausto y tiritaba, y todo cuanto deseaba era dormir. Oí entrar a Dominique y cerrar la puerta a sus espaldas. Removió un poco las brasas, que apenas desprendían calor; era demasiado tarde para avivar el fuego. Cerré los ojos y fingí dormir; hasta ronqué un poco para resultar más convincente. No quería hablar ni discutir sobre lo ocurrido. A decir verdad, sólo quería llorar; aún creía que había actuado correctamente, pero la idea de haber matado a un hombre me atormentaba.
Dominique pasó por mi lado y cogió a Tomas en brazos con suavidad; a continuación lo acostó en el extremo opuesto del establo y le puso un montón de paja bajo la cabeza a modo de almohada. Tomas murmuró algo ininteligible y siguió durmiendo; Dominique volvió sobre sus pasos y se tumbó junto a mí, ocupando el lugar todavía caliente que acababa de dejar Tomas. Su aliento me rozaba la cara y al rato noté que me acariciaba la mejilla con la mano izquierda; mi excitación iba en aumento, cosa extraña, pues por una vez no se me había pasado por la cabeza hacer el amor con Dominique. Avergonzado, oí crujir la tela de mis pantalones mientras ella seguía acariciándome; intenté mantener los ojos cerrados, temiendo que se detuviera al advertir que no sólo estaba despierto sino que, además, disfrutaba. Luché contra el deseo apremiante de mi cuerpo, pero al final sucumbí; abrí los ojos y dejé que me estrechara entre sus brazos. Ella tomó la iniciativa: me desabrochó el pantalón y me guió hasta su interior. Me quedé paralizado unos instantes y a continuación me abandoné a ese movimiento rítmico que ella me había enseñado durante mi primera noche en Inglaterra y que luego, en el año siguiente, había repetido en innumerables ocasiones con prostitutas y chicas de la calle en Dover. Justo antes del clímax sentí un deseo irrefrenable de besarla, pero apartó la cara; no permitió que nuestros labios se unieran ni una sola vez. De pronto, todo acabó, y me dejé caer de espaldas sobre la paja, cubriéndome el rostro con un brazo mientras me preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que volviéramos a hacer el amor (¿quince minutos?, ¿un año?). Se inclinó sobre mi cuerpo y me besó en la entrepierna, antes de secarme con un poco de paja y de abrocharme los pantalones. Entonces dio media vuelta y se durmió sin pronunciar palabra.