Выбрать главу

– Una vez maté a una persona. La única mujer que he querido de verdad. Y después de eso juré no hacer daño a nadie nunca más. La conciencia, como usted la llama, se desarrolló a partir de ese momento.

Averoff donó a la fundación Olympic casi dos millones de dracmas, suma que se invirtió en la reconstrucción del estadio Panathinaiko, donde iban a celebrarse los Juegos. La edificación original del estadio databa del 330 a. C, pero se había ido desmoronando a lo largo de los siglos y llevaba cientos de años bajo tierra. El príncipe heredero mandó erigir una estatua en honor de Averoff -obra del famoso escultor Vroutos- en la entrada del estadio; la víspera de la inauguración de los Juegos Olímpicos, el 5 de abril de 1896, la escultura se descubrió solemnemente.

No cabía en mí de alegría ante lo fácil que me había resultado reclutar a Averoff para nuestra causa. Había previsto perder meses en reuniones y discusiones sin fin, mientras el tiempo se nos echaba encima y la perspectiva de celebrar los Juegos en Budapest iba afianzándose. Cuando regresé a Atenas, apenas una semana después, ceñía el laurel de la victoria. Pierre conservaría el cargo, los Juegos se celebrarían en Atenas, y al fin había podido compensar todo el dolor que había causado a mi mujer.

– Vaya -dijo Céline poco después-. Cuando quieres puedes hacer muy bien las cosas. Pierre está feliz. Se habría hundido si se hubieran perdido los Juegos.

– Era lo menos que podía hacer. Te lo debía, ¿no crees?

– Sí, tienes razón.

– Quizá… -Vacilé, pensando que tal vez debería esperar a que nos encontráramos en un entorno más romántico para hablar de reconciliación; aun así proseguí: siempre he creído que no hay que dejar pasar las oportunidades-. Quizá tú y yo podríamos…

– Antes de que digas nada -me interrumpió; parecía un poco nerviosa-, deberíamos poner al día nuestra situación.

– ¡Es increíble! -exclamé-. Justo estaba pensando en lo mismo.

– Deberíamos divorciarnos.

– ¿Deberíamos qué?

– Divorciarnos, Matthieu. Hace años que no vivimos juntos. Necesitamos un cambio, ¿no crees?

La miré atónito.

– Pero ¿y todo lo que he hecho por tu hermano? He dedicado mucho tiempo y energía para ayudarlo a conseguir que los Juegos se celebren en Atenas. Me he portado como un verdadero amigo. ¿Y qué me dices del dinero que invertirá Averoff gracias a mí?

– Ya que quieres tanto a mi hermano, ¿por qué no te casas con él? -respondió sin vacilar-. Necesito el divorcio, Matthieu. Estoy… estoy enamorada de otro… y vamos a casarnos.

No di crédito a mis oídos. Fue un mazazo a mi orgullo.

– ¿No podrías esperar un poco? -rogué-. Sólo para ver si esa relación funciona antes de decidir…

– Matthieu, voy a casarme con ese hombre. Cuanto antes. Es una necesidad imperiosa.

Fruncí el entrecejo y me olí algo raro. Entonces la repasé de arriba abajo.

– ¿Estás embarazada? -pregunté, y ella se sonrojó, asintiendo-. ¡Dios mío! -exclamé asombrado; era lo último que habría esperado de ella-. ¿Te importaría decirme quién es el padre?

– Será mejor que no lo sepas.

– ¡Pues tengo derecho a saberlo! -grité. La idea de que otro hombre hubiera preñado a mi mujer me resultaba insoportable-. Sea quien sea, ¡juro que lo mataré!

– ¿Por qué? Tú me engañaste, nos separamos, y llevamos así tres años. Tengo ganas de pasar página. Estoy enamorada. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

Al mirar por encima de su hombro divisé una fotografía de marco dorado sobre la mesa; un apuesto joven de cabello oscuro abrazaba a Céline, y ambos sonreían felices a la cámara. Me acerqué y cogí la foto; al reconocer al hombre se me paró el corazón.

– No puede ser…

Céline se encogió de hombros.

– Lo siento, Matthieu. Nos hicimos muy amigos y… de repente nos enamoramos.

– Eso salta a la vista. No sé qué decirte, Céline. Claro que te concedo el divorcio.

Coloqué la foto sobre la mesa y abandoné la habitación. Poco tiempo después nos divorciamos, y siete meses más tarde me enteré de que Céline había dado a luz un niño. No había pasado ni medio año cuando descubrí el nombre de mi sobrino en una lista de bajas de la guerra de los Bóers (al ser ciudadano británico lo habían llamado a filas) y me pregunté si Céline conseguiría salir adelante sola. Me habría puesto en contacto con ella si no hubiese sido porque entonces mi vida había dado un vuelco inesperado. De todos modos, a veces no conviene resucitar el pasado.

12

Mayo-junio de 1999

En el trabajo todo cambió más deprisa de lo que hubiera deseado. De pronto me encontré en una posición de responsabilidad, cosa que siempre había rehuido, y mi sencilla y solitaria vida se vio completamente alterada. Dos ex esposas de James se presentaron en el funeral vestidas de luto; ninguna soltó una lágrima ni asistió al posterior velatorio, pero parecían confabuladas, lo que no dejaba de ser raro en dos personas que se habían pasado la vida disputándose el dinero de su ex marido y que habían dejado de cobrar la pensión tan de repente. Asistieron también algunos hijos, si bien brillaron por su ausencia aquellos que se habían distanciado de James en los últimos años. En la iglesia pronuncié unas palabras en recuerdo del fallecido, mencionando su extraordinaria profesionalidad y su perfeccionismo en el trabajo, íbamos a echarlo de menos, agregué, y yo personalmente añoraría su amistad. Fui todo lo breve y conciso que pude, pues me sentía un hipócrita al recordar las circunstancias de la muerte del antiguo director gerente, las cuales, obviamente, debía mantener en secreto. Alan hizo acto de presencia, visiblemente nervioso. En cuanto a P. W., se había marchado a su casa en el sur de Francia no sin antes dar poderes a su hija Caroline.

En el velatorio conocí a uno de los hijos de James, Lee, con el que mantuve una breve conversación durante la cual hubo momentos en que deseé que la tierra me tragara. Era un chico alto y desgarbado, de unos veintidós años. Hacía rato que lo observaba, pues se movía entre la gente como pez en el agua, hablando y bromeando con todo el mundo. Su actitud no podía estar más lejos de la de un hijo doliente. Mientras iba de un lado a otro llenando las copas de los presentes, se lo veía animado y divertido.

– Usted debe de ser el señor Zéla, ¿no? -preguntó cuando me llegó el turno de ser entrevistado-. Le agradezco mucho que haya venido. Ha pronunciado un bonito discurso en la iglesia.

– No podía faltar -murmuré mirando con desagrado la melena rubia y lacia y la barba de tres días; qué poco le habría costado ir al peluquero, o al menos afeitarse-. Respetaba mucho a tu padre, ¿sabes? Era un hombre con un gran talento.

– ¿En serio? -inquirió Lee como si fuera la primera vez que oía algo así sobre su progenitor-. Me alegra saberlo. Para serle sincero, no lo conocía mucho. Apenas nos tratábamos. Él siempre estaba demasiado liado con el trabajo para interesarse por nosotros, por eso sólo hemos venido dos hijos. -Hablaba con una naturalidad sorprendente, como si se encontrara en una situación y un escenario similares todos los días-. ¿Quiere más vino?

– No, gracias -dije, pero no me hizo caso y rellenó mi copa-. Es una lástima que no llegaras a conocerlo mejor. Siempre duele que un ser querido muera de repente sin que podamos decirle lo que sentimos por él.

Se encogió de hombros.

– Supongo que tiene razón -repuso. Verdaderamente era un modelo de amor filial-. No es que me importe mucho, para qué voy a mentirle. Hay que tomarse estas cosas con estoicismo. Usted lo encontró, ¿verdad?

Asentí con la cabeza.

– Cuénteme cómo fue -pidió tras una pausa en la que pareció librarse una batalla de voluntades para decidir quién de los dos se rendiría el primero.