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Ivi desdén que sentía hacia todos los empleados de la casa saltaba a la vista, aunque él también era un simple asalariado. Siempre que podía evitaba hablar con nosotros, y cuando lo hacía era para señalar nuestros errores. En una ocasión se desató un fuego en la cocina que echó a perder todos los platos que se habían cocinado. El señor Davies no nos quitó el ojo de encima durante lodo el día, hasta que al final se acercó y murmuró «Al menos no lia sido culpa mía», como si a Jack o mí nos importase. Su mayor deseo era que lo consideráramos un superior, un mayoral competente, y no podía estar más lejos de esa aspiración. Por tanto, nos sorprendió que esa tarde se acercara y nos ordenase que dejáramos la horca un instante porque tenía algo importante que comunicarnos.

– La próxima semana vendrá el hijo de sir Alfred a pasar unos días con unos amigos. Van a organizar una cacería y durante su estancia deberéis cuidar unos cuantos caballos más. Ha dejado bien claro su deseo de que tengan un aspecto inmejorable por la mañana, de modo que tendréis que trabajar aún más duro.

– Es imposible que tengan un aspecto mejor que el que tienen ahora -replicó Jack con aspereza-. Así que no pida más, porque no puede mejorarse. Si no le gusta como están, pruebe usted mismo.

– Bueno, pues entonces tendrás que quedarte más rato trabajando para que los otros caballos también reciban el fantástico trato que les das, ¿no crees, Jack? -dijo el señor Davies sarcásticamente, esbozando una sonrisa y enseñando sus dientes rotos-. Porque ya sabes cómo se pone el señorito cuando insiste en algo, sobre todo si viene con sus amigos. Y, además, él es el amo. Quien paga manda, no lo olvides.

«También es tu amo», pensé. Jack gruñó y negó con la cabeza como si la palabra «amo» lo ofendiera.

– ¿Cuál de ellos es? -preguntó-. ¿David o Alfred Junior?

– Ninguno de los dos -respondió Davies-. Es el menor, Nat. Al parecer cumple veintiún años o algo así y por eso ha decidido organizar la cacería.

Jack maldijo entre dientes y dio una patada al suelo de pura frustración.

– Ya sé yo lo que le regalaría a ése para su cumpleaños -masculló, pero Davies fingió no oír nada.

– Más tarde os daré vuestro horario para la semana que viene -dijo-. Y no os preocupéis, que el viernes os pagarán un poco más. De modo que nada de acostarse tarde, ¿eh? Necesitaremos que estéis bien despiertos.

Cuando se marchó me encogí de hombros. No tenía ninguna objeción. Disfrutaba con mi trabajo y estaba encantado con lo que había mejorado mi cuerpo gracias al esfuerzo físico: mi pecho era más ancho y mis brazos más fuertes. Los Amberton habían comentado mi transformación y admiraron lo guapo que me había vuelto. Ya no era el muchacho esquelético que había llegado allí unos meses antes, y hasta algunas chicas del pueblo me dirigían miradas coquetas. Ahorrar unas libras más no me haría ningún daño. Además, era la primera vez en mi vida que me sentía realmente adulto y desde luego la sensación me gustaba. Fue una suerte que me sintiese así, porque comportándome de forma infantil no habría conseguido sobrevivir a mi primer encuentro con Nat Pepys.

14

El Terror

Un año crucial en mi vida fue 1793, pues creo que entonces dejé de envejecer físicamente. No logro precisar la fecha exacta ni asociar ese fenómeno a un acontecimiento concreto -tampoco estoy seguro de que fuera ese año-, pero recuerdo que alrededor de esa fecha la tendencia natural de mi cuerpo a deteriorarse se detuvo. También fue en 1793 cuando tuve una de las experiencias más desagradables de mi vida. El suceso me marcó tanto que sólo de recordar cómo acabó el año me invade una profunda amargura respecto a la condición humana. Aun así, por desagradable que me resultara, sigue siendo una de las épocas más memorables de mi vida.

En 1793 cumplí cincuenta años y, salvo por mi acatamiento a penosas modas de entonces, como llevar el pelo largo y recogido en una coleta o vestir trajes ridículos y amanerados, entre mi aspecto de esos días y el de hoy, doscientos seis años más tarde, apenas hay diferencia. Con el tiempo seguí midiendo el metro ochenta y cuatro que había alcanzado en mi juventud; mi peso normal, que oscilaba entre ochenta y seis y cien kilos, se estancó en unos satisfactorios noventa y tres, y la piel no se ajó ni arrugó como en las personas de mi edad; hacía tiempo que había perdido pelo y encanecido, lo que me daba un aire distinguido que no dejaba de complacerme. En general me instalé en una mediana edad más que satisfactoria que aún no he superado. De modo que en 1793, cuando la Revolución francesa llegó a su punto culminante, inicié el proceso que me convertiría en un ladrón de tiempo.

Hacía veinte años que vivía en Inglaterra, aunque mi trigésimo cumpleaños me había sorprendido en el continente, donde llevaba casi una década trabajando en instituciones bancarias y no me había ido del todo mal. Entonces volví a Londres y tras un par de negocios exitosos invertí con acierto y entablé amistades influyentes en el mundo de la banca que apoyaron mis iniciativas. No tardé en comprar una casa y reunir un capital considerable que me producía cuantiosos réditos. Trabajé de firme y gasté con inteligencia. Mi principal preocupación durante esos años era conseguir una vida cómoda, y jamás dediqué un pensamiento a mi felicidad personal o espiritual. Mis únicas ocupaciones consistían en trabajar y ganar dinero, pero al cabo de un tiempo comprendí que eso no bastaba y que buscaba algo más.

Nunca había pensado quedarme en Londres para siempre, y al cumplir los cincuenta empecé a arrepentirme de no haber viajado más. En ese momento no podía evitar sentir que mi existencia se dirigía plácidamente hacia su fin, pues entonces no era habitual sobrepasar el medio siglo de vida, y a veces me reprochaba no haber aprovechado más mi juventud para conocer mundo. Cuando examinaba mi vida, veía dinero donde debería haber habido una familia feliz, y eso me deprimía. Qué poco imaginaba entonces las muchas relaciones amorosas que me depararía el destino, los numerosos viajes que emprendería y los incontables años que tenía por delante. Entonces lo único que pensaba era que había malgastado mi vida.

En Londres vivía en una casa demasiado grande para mí solo, de manera que hacía unos meses había dejado que mi sobrino se trasladara a vivir conmigo. Tom era mi primer sobrino verdadero, el hijo de mi medio hermano, con quien había viajado a Londres en 1760, y, como la mayoría de sus descendientes, se trataba un chico problemático que no hacía nada por salir adelante. Al contrario, iba de un trabajo a otro hasta que se hizo demasiado mayor para aspirar a algo mejor. Creo que esperaba mi muerte para heredar (cuán lejos estaba de imaginar, pobre infeliz, que podía confiar en eso menos aún que en todo lo demás). Una noche en que me sentía especialmente abatido por los derroteros que había tomado mi existencia, estaba en casa con Tom y nos pusimos a fantasear con la idea de emprender un viaje juntos.

– Podríamos ir a Irlanda -sugirió él-. No está lejos y sería muy agradable pasar una larga temporada allí. Siempre he querido vivir en el campo.

Negué con la cabeza.

– No me parece un buen lugar. Es pobre y deprimente, y no para de llover. El mal tiempo perjudica la salud. Aún me entristecería más de lo que estoy.

– ¿Y Australia?

– Todavía peor.

– Entonces vayamos a África. Hay un continente entero por explorar.

– Hace mucho calor y es demasiado atrasado. Ya me conoces, Tom, me gustan las comodidades. Soy europeo hasta la médula, y al otro lado del Canal es donde me siento más feliz. Aunque admito que he estado en pocos lugares.