Contemplé a Tommy mientras se quitaba el maquillaje sentado ante un espejo estilo Broadway, con una hilera de bombillas enmarcando el rostro de la estrella. Al descubrir mi mirada me sonrió y, dirigiéndose a mi reflejo, comentó:
– El año pasado Madonna utilizó este camerino antes de salir en el programa de la Lotería Nacional. -Esbozó una mueca de disgusto-. Cantó Frozen y se dejó una maqueta de su nuevo álbum. Más tarde se la envié y ni siquiera me dio las gracias.
– Vaya. Me dejas de piedra.
– Antes de que viniera me obligaron a sacar todas mis cosas. Ella, en cambio, me dejó su mierda para que la limpiara. De paso me quedé con algunas cosas suyas, pero no se lo digas a nadie.
Me encogí de hombros y miré alrededor. Por todas partes se veían fotos, posters, cintas, carretes y guiones desperdigados por el suelo, impresos en colores diferentes para señalar versiones actualizadas; en conjunto parecía una escuela de Montessori. Imaginé que un hombrecito rodeado de papeles decidía en algún lugar del edificio el color de cada día y rellenaba un enorme gráfico, y que esas actividades daban sentido a su existencia. Escogí un guión al azar y le eché un vistazo, pero el diálogo me pareció tan elemental que enseguida lo dejé caer al suelo.
– ¿Te gusta trabajar aquí, Tommy? -pregunté al cabo de un momento.
– ¿Qué quieres decir?
Solté una carcajada.
– Pues eso, si te gusta tu trabajo. ¿Disfrutas? ¿Te gusta venir aquí todos los días?
– Creo que sí -respondió tras reflexionar un instante-. Por cierto, vuélvete si no quieres ver esto. -Y se puso a cortar un montoncito de cocaína en un espejo roto con gesto de suma concentración.
– De verdad, Tommy, cuántas veces te he dicho que…
– No empieces -me interrumpió-. Lo estoy dejando, te lo prometo. No seas pesado, ¿vale? Un hermanastro furioso que piensa que me estoy tirando a su mujer acaba de darme una paliza. Necesito algo para relajarme.
Suspiré y permanecí en silencio mientras Tommy se inclinaba para esnifar la raya sirviéndose de un cilindro de papel que guardaba en un cajón del tocador. Acto seguido empezó a temblar como si sufriera un ataque epiléptico; tenía los brazos extendidos, los puños apretados y los ojos cerrados con fuerza.
– ¡Mierda! -exclamó sujetándose la nariz violentamente y abriendo y cerrando repetidamente los ojos-. Qué asco de día. -Empezó a guardarlo todo.
Me volví; ya había tenido suficiente. No pude evitar preguntarme qué pasaría si entraba alguien justo en ese momento y si a Tommy le importaría.
– Por cierto, se me olvidaba -dijo cuando hubo recuperado su apariencia de Tommy DuMarqué y se disponía a salir del camerino-, tenemos que hablar.
Lo miré. ¿Hablar? ¿De qué? Tal vez no había conseguido ingresar alguno de mis talones a tiempo para pagar sus deudas.
– Esta semana recibí un guión. Al parecer, de un autor que tú recomiendas.
Di un paso hacia atrás, perplejo.
– ¿Qué? ¿Qué tipo de guión?
Se encogió de hombros y empezó a buscar por el caótico camerino.
– Ni idea. Como comprenderás, no lo he leído; no quiero arriesgarme. Aquí tenemos normas muy estrictas al respecto. Si recibimos un guión, tenemos que devolverlo el mismo día junto con una declaración estándar de la BBC según la cual ni el firmante ni el agente ni nadie que represente a éste, así como ningún agente nombrado por el firmante, ningún representante de la BBC o agente del mismo, han abierto el guión ni leído siquiera la primera página. Un manuscrito no solicitado puede desencadenar una verdadera pesadilla legal, te lo aseguro.
– ¿Y yo qué tengo que ver con todo eso?
– Pues no lo sé. -Dio con sus llaves entre el revoltijo de cosas esparcidas por el suelo y recogió el abrigo-. Bueno, la verdad es que antes de devolver el guión leí la carta que lo acompañaba. Era de un tío que te conoció en una fiesta. Al parecer hablasteis del guión y tú le recomendaste que me lo enviase, por si me interesaba.
– Eso es absurdo. No recuerdo nada de lo que dices. Un tipo que habló conmigo en una fiesta… ¿Cómo se llamaba?
Hizo una pausa para recordar.
– No lo sé… Según él, hace poco estabais en una fiesta y te gustó lo que…
– Ya caigo. -De pronto recordé-. ¿No se llamaría Lee Hocknell por casualidad?
Tommy chasqueó los dedos y me señaló.
– Exacto. Lo recuerdo porque se apellidaba igual que aquel pobre tipo que la palmó de sobredosis hace un par de meses y organizó todo ese lío.
– Es su hijo -dije. Y añadí indignado-: ¡Y no nos conocimos en una fiesta, sino en el funeral de su padre, joder!
– Eso es lo que ponía en la carta.
– No es verdad que le recomendara que te enviase el guión. Qué raro. Recuerdo que estaba escribiendo una historia policíaca o algo así para televisión. Tu nombre salió a colación no sé cómo, pero jamás pensé que te la mandaría.
Tommy se encogió de hombros y apagó las luces del camerino antes de salir.
– No importa -repuso con indiferencia-. Ya te he dicho que lo he devuelto.
– No entiendo cómo ha podido enviarlo. Qué caradura. Te juro que en ningún momento se me ocurrió aconsejarle que lo hiciera.
Soltó una carcajada.
– No te preocupes, de verdad. Cambiemos de tema. ¿Qué me cuentas de nuevo?
Ahora fui yo quien se echó a reír.
– Cuando te diga a quién debo engatusar la semana que viene, no me creerás.
16
Nat Pepys no era apuesto, pero su porte confiado delataba a un hombre que se sentía a gusto con su aspecto y posición en el mundo. Andaba dando zancadas por el jardín igual que un pavo real; las piernas iban delante del cuerpo de forma antinatural y su cuello se bamboleaba como el de un pavo tísico. Llegó a Cageley House un martes por la tarde sin compañía. Había castigado tanto al caballo que, al enfilar la entrada y frenar en seco ante los establos, el pobre animal tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no caerse. El muy imbécil de Nat podría haber salido despedido y romperse el cuello. Me pareció que el caballo se asustaba, y me dio pena. Aunque no conocía a Nat, Jack me había hablado de un modo tan despectivo de él que enseguida me irritó su comportamiento.
Lloviznaba y al desmontar alzó los ojos al cielo como si con una mirada fría pudiese fulminar las nubes que tenía encima de la cabeza. Se acercó a nosotros más fresco que una lechuga, olfateando el aire como si fuera suyo, contento de volver a Cageley para reclamar sus derechos sobre la propiedad. Era más bajo que Jack y yo -de pie y calzado con las botas de montar no debía de superar el metro setenta-, y aunque aún no había cumplido los veintiuno el pelo empezaba a escasearle y en algunas zonas clareaba. El acné de la adolescencia había dejado huellas en su rostro, pero tenía unos ojos azul turquí que llamaban la atención; quizá constituyeran su único rasgo atractivo. Lucía un fino bigote que se toqueteaba continuamente, como si temiera perderlo.
– Hola, Colby -dijo a Jack como si yo no estuviera allí. Mi amigo había dejado de limpiar el establo por un momento y, apoyado en la horca, miraba de reojo al recién llegado con aversión apenas disimulada-. ¿Todo bien?
– Me llamo Holby, señor Pepys -contestó Jack en tono gélido-. Jack Holby. ¿Recuerda?
Nat se encogió de hombros y sonrió al palafrenero dándose aires. En toda la comarca no había dos hombres de la misma edad más diferentes. Jack era guapo, alto y fuerte, su cabello dorado brillaba al sol y no había más que verlo para saber que se pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre. Nat era todo lo contrario: tez cetrina y cuerpo enclenque. Saltaba a la vista que uno había trabajado toda su vida y el otro no. Conociendo lo mucho que Jack lo detestaba, yo no entendía cómo se atrevía Nat a envanecerse de ese modo delante de él. Si se peleaban, la cosa acabaría muy mal, no me cabía duda. Pero entonces me acordé de las ambiciones que albergaba Jack; quería llegar a ser alguien, y si para lograrlo tenía que doblegarse ante un cretino como Nat Pepys durante unos años, no le faltaba fortaleza de carácter para hacerlo.