– El profesor Goodman -dijo Decker- halló, entre las muestras que se habían obtenido de la Sábana, un grupo minúsculo de células epiteliales humanas. Para mi asombro… -Decker hizo una pausa. El recuerdo de lo que había visto entonces, tantos años atrás, aún le sobrecogía-… las células de la Sábana seguían vivas. -Para algunos de los presentes, esta pieza del rompecabezas y la resurrección de Christopher eran todo lo que necesitaban para ver el increíble cuadro al completo, pero a pesar de la más que audible reacción de asombro, nadie habló-. Después de varias pruebas, se demostró que las células tenían una increíble capacidad de adaptación, además de poseer una serie de características únicas -continuó Decker-. Los cultivos de estas células fueron los que el profesor Goodman utilizó para su investigación sobre el cáncer.
»Tiempo después me enteré de que, por aquel entonces, el profesor Goodman ya había realizado varios experimentos con las células -Decker hizo una pausa como para darles tiempo a los periodistas a agarrarse fuerte-, incluida la implantación del ADN de una de ellas en el embrión de un óvulo humano no fertilizado, que luego volvió a introducir en la donante… clonando, de este modo, a la persona cuyas células habían quedado prendidas en la Sábana. Como resultado de aquella clonación nació un niño varón.
Para los que no se lo habían figurado ya, la revelación les proporcionó la pieza que faltaba; para los que lo intuían, fue la confirmación definitiva. Christopher Goodman era el clon de Jesucristo.
Por increíble que resultara la historia, no había otra explicación posible a lo ocurrido en la ONU o a lo que acababan de presenciar en la escalinata del Templo.
– Aquel niño recibió el nombre de Christopher -dijo Decker, para mayor confirmación-, y fue criado por el profesor Harry Goodman y su esposa, Martha, hasta que ambos murieron prematuramente en el Desastre. Por aquella época -prosiguió-, Christopher Goodman tenía catorce años y, como el profesor Goodman le había dicho que recurriera a mí en caso de emergencia, Christopher se vino a vivir conmigo. Ya conocen el resto de la historia, por lo menos lo más importante.
La inflexión en su voz indicaba que Decker había concluido el comunicado, y mientras volvía a plegar el papel para guardárselo de nuevo en el bolsillo, le sorprendió que nadie tuviese ninguna pregunta que hacer. Pero se equivocaba, porque los reporteros las tenían a cientos, sólo se estaban tomando su tiempo para procesar lo que acababan de escuchar.
El desconcierto que reflejaban sus rostros explicaba su pasividad, pero Decker no se dio cuenta y empezó a despedirse. El ademán bastó para remover las aguas y romper el muro de contención. A la primera pregunta, lanzada por alguien desde la parte de atrás, le sucedió al instante una cascada de interrogantes. Como no se había establecido un turno de preguntas, Decker se limitó a contestar primero a los que gritaban más alto.
Sí, Christopher había estado clínicamente muerto.
Sí, por supuesto que lo que quería decir era que Christopher era el clon de Jesucristo.
Sí, estaba diciendo que Christopher era el hijo de Dios, igual que Jesús. (Esta afirmación no cayó bien entre los periodistas judíos presentes, pero no era el momento de abrir una discusión sobre el asunto.) Nadie tenía razones para cuestionar o preguntar más detalladamente sobre aquella relación -que Christopher le había revelado en el avión-, y Decker no tenía intención alguna de dar pistas. Era Christopher el que debía explicarlo, y lo iba a hacer muy pronto.
– ¿Y qué hay de su brazo y de su ojo? -gritó uno de los periodistas.
– Aunque Christopher posee el poder necesario para recuperar ambos -repuso Decker-, ha hecho promesa de no hacerlo hasta no haber completado su misión.
– ¿Cuál es esa misión? ¿Por qué ha venido el embajador Goodman al Templo? -chilló alguien. Casi todos los periodistas callaron al instante; todos querían escuchar la respuesta.
Decker se quedó pensando un momento.
– Lo cierto es que hay varias razones -dijo-. La primera, y más importante de todas, era poner fin al reinado de terror de esos dos hombres, Juan y Saul Cohen. Eso, como habrán comprobado, ya lo ha hecho. Además, ha venido al Templo porque supongo que es el lugar más apropiado para hacer el anuncio que tiene pensado.
– ¿Qué anuncio es ése? -gritó un periodista, al tiempo que otro exclamaba-: ¿Puede adelantarnos lo que va a decir el embajador Goodman?
– Va a dirigirse a la población mundial para hablar sobre el destino de la humanidad.
Christopher y Milner subieron otros tres pequeños tramos de escalones, franquearon la puerta Hermosa y entraron en el patio de las Mujeres. Pocas horas antes, el atrio había sido el centro de actividad del Templo. Ahora sólo se escuchaba el eco de los pasos en el suelo de piedra, mientras Christopher y Milner caminaban en silencio hacia la ancha escalinata semicircular del extremo oeste del atrio. En lo alto de la escalera, la majestuosa puerta de Nicanor, de dieciocho metros de ancho y casi veintitrés de alto, se elevaba por encima de los muros dibujando un arco, y daba paso al patio de Israel.
Sólo los judíos varones tenían autorizado el acceso a esta zona del patio Interior. A diferencia del patio de las Mujeres, un atrio de planta cuadrada a cielo abierto, el patio de Israel era estrecho y cubierto, rodeaba el núcleo del Templo, y contenía numerosas columnas. Contra los muros del patio de Israel se alineaban varias estancias, que se empleaban como almacenes o para celebrar reuniones, y que reducían aún más el espacio abierto.
El tercer y último atrio, el patio de los Sacerdotes, se elevaba aproximadamente un metro sobre el patio de Israel. Aunque lindaba con éste sin muro de separación alguno, el acceso de los legos al patio de los Sacerdotes sólo era posible si traían algún sacrificio. El resto del tiempo, la entrada estaba limitada a los sacerdotes y los levitas. En la puerta de acceso al patio de los Sacerdotes había cuatro mesas esculpidas en piedra, sobre las que descansaban los cadáveres desangrados de media docena de corderos y cabritos, que habían quedado allí abandonados cuando los sacerdotes y levitas fueron conducidos fuera del Templo. El olor a sangre, a incienso y a grasa animal chamuscada seguía llenando el aire. Al norte y al sur de la puerta había ocho mesas más, que presentaban un estado parecido.
En el centro del extremo oriental del patio de los Sacerdotes, el altar del Sacrificio se levantaba seis metros del suelo a modo de pirámide escalonada, compuesta por cuatro enormes piedras sin desbastar, porque, de acuerdo con uno de los mandamientos, no podían haber sido tocadas jamás por herramientas de metal. [39] Una escalera en la cara oriental del altar permitía ascender a los pisos superiores. La piedra angular, a la que los sacerdotes y los levitas llamaban Ariel, medía más de seis metros cuadrados y, al igual que la piedra sobre la que descansaba, tenía dos metros de espesor. En esta piedra ardía la hoguera de los holocaustos, donde se quemaban las ofrendas. Debido a la ausencia de los sacerdotes, el fuego se había consumido y ya sólo quedaban rescoldos.
Desde las cuatro esquinas de la piedra angular del altar, apuntaban hacia el cielo cuatro protuberancias en forma de cuerno, de cincuenta centímetros de largo. Era en estos cuernos, y en el altar, donde los sacerdotes derramaban la sangre de los animales degollados como sacrificio. Alrededor de la base del altar discurría un sumidero, de cincuenta centímetros de ancho y cincuenta centímetros de profundidad, con un reborde de veintitrés centímetros y una capacidad total de más de once mil litros, que servía para recoger la enorme cantidad de sangre que se derramaba sobre el altar en los días más concurridos. Los sacerdotes y los levitas habían sido conducidos fuera del Templo poco más de una hora después de haber comenzado la jornada, de modo que el sumidero no acumulaba más que unos pocos centímetros de sangre coagulándose y atrayendo a las moscas.