Más tarde se lo conté a su madre. Ella se preocupó de inmediato y juntó las manos para darles vueltas a sus anillos anticuados.
– ¿Qué piensa usted, sinceramente? -me preguntó-. Él no quiere decirme nada; lo he intentado una y otra vez. Está claro que no duerme. Bueno, no es que ninguno de nosotros duerma bien últimamente… ¡Pero esos paseos nocturnos! No pueden ser sanos, ¿verdad?
– ¿Usted cree que tropezó, entonces?
– ¿Qué otra cosa iba a ser? Todavía tiene la pierna tan rígida como cuando está tumbado.
– Es cierto. Pero ¿la banqueta?
– Bueno, su habitación es una leonera. Siempre la ha tenido así.
– Pero ¿no la limpia Betty?
Captó la nota de inquietud en mi voz y la alarma le agudizó la mirada. Dijo:
– ¿No creerá que le ocurre algo grave? ¿Que habrá vuelto a tener aquellos dolores de cabeza?
Pero yo ya lo había pensado. Había interrogado a Rod sobre los dolores mientras le vendaba la muñeca, y él me había respondido que, aparte de las dos heridas leves, no sentía ninguna molestia física. Pareció decirlo con sinceridad, y aunque tenía un aspecto cansado no vi señales de una enfermedad real en él ni en sus ojos, su aspecto o su tez. Lo que seguía dejándome perplejo era aquel algo evasivo, tenue como un olor o una sombra. Su madre estaba tan preocupada que no quise apenarla más. Recordé sus lágrimas la noche en que fui a visitarles después de la fiesta. Le dije que probablemente no había motivo para que se inquietase: más bien le resté importancia, como hacía Rod.
Pero yo estaba lo bastante intrigado como para seguir indagando. Así que inventé un pretexto para ir al Hall unos días más tarde aquella misma semana y busqué a Caroline para hablar con ella a solas.
La encontré en la biblioteca. Estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una bandeja de libros encuadernados en piel delante de ella; limpiaba las cubiertas con lanolina. Para trabajar sólo le llegaba una débil luz del norte, porque con el tiempo húmedo reciente los postigos habían empezado a alabearse y no había podido abrir más que uno de ellos, y sólo en parte. Sábanas blancas, como otros tantos sudarios, cubrían aún la mayoría de los anaqueles. No se había molestado en encender un fuego y la habitación estaba muy fría y triste.
Pareció agradablemente sorprendida de verme una tarde de entre semana.
– Mire qué bonitas ediciones antiguas -dijo, enseñándome un par de libritos de piel curtida, con las tapas todavía lustrosas y húmedas de lanolina, como castañas recién encontradas.
Corrí un taburete y me senté a su lado; ella abrió un libro y empezó a pasar páginas.
– No he limpiado mucho, a decir verdad. Siempre es más tentador leer que trabajar. Acabo de encontrar un pasaje de Herrick que me ha hecho sonreír. Aquí está. -El libro crujió cuando Caroline dobló las cubiertas-. Escuche esto y dígame qué le recuerda.
Y empezó a leer en voz alta, con su voz grave y melodiosa:
Levantó la cabeza.
– Parece un programa de radio del Ministerio de la Comida [4], ¿no le parece? Sólo falta la cartilla de racionamiento. Me gustaría saber a qué sabe la pasta de avellanas.
– A mantequilla de cacahuete; no me extrañaría -dije.
– Tiene razón; sólo que todavía más asqueroso.
Nos sonreímos. Dejó el libro de Herrick y cogió el que había estado limpiando cuando llegué, y empezó a frotarlo con movimientos firmes y acompasados. Pero cuando le dije lo que tenía pensado -que quería hablar de Roderick-, la fricción de su mano se volvió más lenta y se apagó su sonrisa.
– Me preguntaba cuánto le habría afectado a usted todo esto. Pensaba comentárselo. Pero con todo lo demás… -dijo.
Fue lo más cerca que estuvo de mencionar la cuestión de Gyp; y mientras hablaba agachó la cabeza y pude verle los párpados cerrados, caídos y húmedos, y extrañamente desnudos sobre las mejillas secas. Dijo:
– Rod sigue diciendo que está bien, pero sé que no lo está.
Mi madre también lo sabe. Aquello de la puerta, por ejemplo. ¿Cuándo ha dejado Rod la puerta abierta de noche? Y casi se puso como una fiera cuando volvió en sí, diga lo que diga. Creo que tiene pesadillas. Continuamente oye ruidos que no existen. -Cogió el frasco de lanolina y se untó los dedos-. Supongo que a usted no le habrá dicho que la semana pasada vino a mi habitación por la noche.
– ¿A su habitación? No, no sé nada.
Ella asintió, mirándome mientras trabajaba.
– Me despertó. No sé qué hora era; mucho antes de amanecer, en todo caso. Yo no sabía lo que pasaba. Entró sin llamar, diciendo que por favor dejara de cambiar cosas de sitio, ¡porque le estaba volviendo loco! Entonces me vio en la cama y, se lo juro, se puso verde…, de un verde mostaza, igual que su ojo. Su cuarto está casi debajo del mío, y me dijo que llevaba una hora tumbado, oyendo las cosas que yo arrastraba por el suelo. ¡Pensó que estaba cambiando los muebles de sitio! Había estado soñando, por supuesto. La casa estaba silenciosa como una iglesia; siempre lo está. Pero lo horrible era que el sueño le parecía a él más real que yo. Tardó siglos en calmarse. Al final le hice acostarse a mi lado. Yo volví a dormirme, pero no sé si él también. Creo que se pasó el resto de la noche en blanco…, completamente despierto, quiero decir, como si estuviera vigilando o esperando algo.
Sus palabras me dieron que pensar. Dije:
– ¿No se desmayó, ni nada parecido?
– ¿Desmayarse?
– ¿No podría haber sufrido algún tipo de… ataque?
– ¿Un ataque, dice? Oh, no, no… No fue nada así. Cuando yo era pequeña había una chica que tenía ataques; recuerdo que eran horribles. No creo que me confundiera.
– Bueno -dije-, no todos los ataques son iguales. Parece lógico, al fin y al cabo. Las heridas, su agitación, su extraño comportamiento…
Ella movió la cabeza, con expresión escéptica.
– No lo sé. No creo que fuera eso. ¿Y por qué empezar ahora a tener ataques? Nunca ha tenido ninguno.
– Bueno, quizá sí. ¿Se lo habría dicho a usted? A la gente la epilepsia le produce un extraño sentimiento de vergüenza.
Ella frunció el ceño, pensándolo; luego volvió a mover la cabeza.
– Creo que no es eso.
Se enjugó la lanolina de los dedos, cerró la tapa del frasco y se puso de pie. Por la estrecha franja de la ventana se atisbaba un cielo que se oscurecía velozmente, y la biblioteca parecía más fría y sombría que nunca. Dijo:
– ¡Dios, esto es como una nevera! -Se sopló en las manos-. Ayúdeme, ¿quiere?
Se refería a la bandeja con los libros limpios. Avancé para levantarla y entre los dos la depositamos encima de una mesa. Ella se sacudió el polvo de la falda y dijo, sin levantar la vista:
– ¿Sabe dónde está Rod ahora?
– Al llegar le he visto fuera con Barrett -dije-. Iban hacia los antiguos jardines. ¿Por qué? ¿Cree que deberíamos hablar con él?