– ¿Hay mucha gente encerrada aquí?
– En este momento no mucha. Tenemos sitio para treinta y nueve personas, pero ahora sólo hay veintiocho. La mayoría son hombres, mujeres hay muy pocas.
– ¿Mujeres también?
– Sí señor.
– No sabía que también las mujeres iban a la cárcel.
– ¿Ah, no? ¿Acaso pensabas que son mejores que nosotros?
– Sí.
– Entonces te diré un secreto -susurró-. Lo son.
– Por lo menos los dejáis que tengan radio. Se oye música.
– El sonido viene de allí. -Sejer señaló una puerta gris-. Allí dentro está el cine. Ahora están viendo una película que se llama La lista de Schindler.
– ¿Cine?
– Aquí tenemos todo lo que necesitan: biblioteca, colegio, médico, taller. La mayoría de ellos trabajan mientras están presos, en este momento están montando cables para calentadores de motores. Y todos tienen que lavarse la ropa y hacerse su propia comida en la cocina, que está en el piso de arriba. También tenemos un gimnasio y una sala de actividades. Y cuando necesitan aire libre los llevamos al tejado, porque allí está el patio.
– Entonces no les falta de nada.
– Bueno, no exactamente. No pueden darse una vuelta por el centro cuando hace bueno y comprarse un helado, como nosotros.
– ¿Se fugan alguna vez?
– Sí, pero no muy a menudo.
– ¿Disparan a los vigilantes para robarles las llaves?
– No. Aquí no ocurren esas cosas. Suelen romper un cristal y descolgarse por una cuerda por fuera del edificio, y abajo suele estar esperándolos algún amigo con el motor de un coche en marcha. Alguna que otra vez hemos tenido fracturas de piernas o conmociones cerebrales. El edificio es bastante alto.
– ¿Hacen tiras con las sábanas, como en las películas?
– Qué va, roban cuerda de nailon en el taller. No pasan mucho tiempo en las celdas, ¿sabes?, están casi todo el día por el edificio.
Lo volvió a coger de la mano y pasaron por la central de seguridad, donde se pararon para que el niño pudiera verse en el monitor del circuito cerrado. Luego continuaron hasta el ascensor. Finalmente lo acompañó hasta la peluquería, que estaba a dos manzanas de allí. El pequeño se sentó a esperar a su madre en un sofá de mimbre tapizado de flores, mientras Sejer volvía a su despacho a toda prisa.
Cogió la guía telefónica y buscó el apellido Liland. Encontró seis, de los cuales uno era una empresa. Repasó los números con el dedo, pero no encontró el de la nota. Extraño. Además, ninguno de ellos correspondía a una mujer. Pensó un poco, descolgó el teléfono y marcó el número de la nota. Sonó una vez, dos veces, tres; miró rápidamente el reloj y contó las señales, al sonar por sexta vez alguien contestó por fin. Era una voz de hombre.
– Larsgård -dijo.
– ¿Larsgård?
Hubo un instante de silencio, mientras Sejer pensaba en si lo había oído antes. No le sonaba familiar. Miró por la ventana, hacia la plaza y la gran fuente que estaba sin agua, esperando la primavera, como todo el mundo.
– Sí, Larsgård.
– ¿Vive ahí alguien apellidado Liland? -preguntó ansioso.
– ¿Liland?
El hombre calló un instante, luego carraspeó.
– No, aquí no vive nadie con ese apellido. Ya no.
– ¿Ya no? ¿Se ha mudado entonces?
– Pues sí, en cierto modo sí. Se ha ido muy lejos, para decir la verdad, ha pasado a la eternidad. Está muerta, era mi mujer. Liland era su apellido de soltera. Kristine Liland.
– Lo lamento de veras.
– Seguramente, pero eso a mí no me sirve de mucho.
– ¿Ha muerto hace poco?
– No, no, lleva muchos años muerta.
– ¿Ah, sí? ¿Y no hay nadie más con ese apellido en ese número de teléfono?
– No, aquí no vive nadie más que yo. Vivo solo desde que ella murió. ¿Quién es usted? ¿De qué se trata?
Empezaba a desconfiar, su voz sonaba más aguda.
– Soy policía. Se trata de un caso de asesinato. De un pequeño detalle que tengo que investigar. ¿Puedo pasar a verle un momento?
– Sí, claró, venga cuando quiera. No suelo recibir muchas visitas.
Sejer anotó la dirección y calculó que estaría allí en una media hora. Movió el imán de la pizarra. Me doy un par de horas, pensó, cogió su chaqueta por el cuello y salió del despacho. Será un tiro errado, se dijo, pero al menos era una oportunidad para salir del edificio. No le gustaba estar mucho tiempo sentado sin moverse; no le gustaba contemplar los tejados y las copas de los árboles desde arriba, a través de los polvorientos cristales.
Condujo despacio por la ciudad, como hacía siempre. Por fin todo empezaba a tener algo de color. Los jardineros y las personas que cuidaban de las instalaciones deportivas estaban en plena actividad, habían plantado petunias y tagetes por todas partes, aunque probablemente se helarían. Él siempre esperaba hasta después del 17 de mayo [1]. Había tardado veinte años en abrir su corazón a esa ciudad, pero ya por fin la había dejado entrar, eso sí, poco a poco: primero el viejo parque de bomberos, luego las colinas de lo alto de la ciudad, la parte poblada de elegantes casas, algunas de las cuales habían sido transformadas en pequeñas y exquisitas galerías y oficinas, mientras que las colinas de la parte sur estaban cubiertas en su mayor parte por bloques altos, en los que se concentraban todos los inmigrantes y demandantes de asilo de la ciudad, con todo lo que eso conllevaba de oscuros prejuicios y sus correspondientes problemas de orden público. Con el tiempo se había creado una policía de barrio, que no funcionaba demasiado mal. A Sejer le gustaba también el puente, con sus hermosas esculturas, y la gran plaza, el orgullo de sus habitantes, con un adoquinado que formaba un complicado dibujo. Durante el verano, la plaza se transformaba en un lugar exuberante, lleno de frutas, verduras y flores. En ese momento el pequeño tren estaba dando vueltas por la plaza, como hacía siempre cuando se acercaba el verano. Había llevado a Matteus en una ocasión, pero a Sejer le había resultado muy complicado meter sus largas piernas en el minúsculo vagón. Miró el tren, lleno de madres sudorosas y caritas sonrosadas con chupetes y pequeños gorros, que daba fuertes tumbos sobre el desigual suelo. Dejó atrás el centro y pasó un momento por su casa. Pensó que a Kollberg le sentaría bien un paseo en coche; pasaba demasiado tiempo solo. Encontró la cadena, se la puso y bajó por las escaleras. Ese Larsgård parecía un viejo cascarrabias. ¿Por qué el apellido no coincidía con el número? Meditaba sobre ello mientras conducía en dirección sur, pasando por la Central Eléctrica y el camping. Controlaba por el retrovisor los coches que tenía detrás, y dejaba pasar a los que se impacientaban. Todos los conductores que iban detrás de Sejer por la carretera se impacientaban, lo que él tomaba con gran tranquilidad. Al llegar a la fábrica de pan giró a la izquierda, condujo un par de minutos por campos y prados y finalmente llegó hasta un pequeño grupo de cuatro o cinco casas. Cerca había también una pequeña granja. Larsgård vivía en la casa amarilla. Era una casa pequeña, muy bonita, con las maderas del tejado pintadas de color teja y una leñera al lado. Sejer aparcó el coche y se acercó lentamente a la entrada. Antes de llegar a la puerta, ésta se abrió y apareció un hombre flacucho. Llevaba una chaqueta de lana y zapatillas de franela a cuadros, y estaba apoyado en el marco de la puerta. En la mano llevaba un bastón. Sejer buscó en su memoria, algo en ese viejo le resultaba familiar, pero no recordaba qué.
– No habrá tenido problemas para encontrar esto, ¿verdad? -preguntó el viejo.
– No, no. Esto no es Chicago, y tenemos la Dirección General de Cartografía, ¿sabe?
Se saludaron con un apretón de manos. Sejer estrechó la mano flaca del viejo con cierta reticencia, por si padecía de artritis o de alguna otra porquería de esas que suelen acompañar a las edades avanzadas. Luego lo siguió hasta el interior. La casa estaba desordenada pero resultaba acogedora, envuelta en una agradable penumbra. El aire era fresco, no había polvo viejo en los rincones.