– Exagera usted, señorita. Ya me gustaría a mí hacerlo así de bien. No, sólo me acuerdo del número porque lo he consultado para otra persona hace un rato.
Esa otra persona no podía ser Lili. Ella habría ido directa a la habitación.
– ¿Cuándo ha sido eso?
– Hace diez o quizá quince minutos.
Alguien le llamó.
– Discúlpeme -dijo. En el otro extremo del mostrador, una pareja discutía por algo. La mujer señalaba y hacía aspavientos con las manos.
Mei salió de la recepción y anduvo por un pasillo alfombrado. Estaba bien iluminado y olía a pintura nueva. Mei apretó el botón y escuchó el ascensor. Crujía desde algún punto del interior del muro y por fin se detuvo con una sacudida. Mei se metió dentro. Paseó los ojos por los números de las puertas en el pasillo de aspecto nuevo de la cuarta planta.
De pronto oyó pasos apresurados. Se detuvo. Una figura salió de detrás de una esquina y pasó a su lado a toda velocidad. Ella se volvió a tiempo de ver la espalda de un hombre que desaparecía escaleras abajo.
Mei corrió. La puerta de la habitación 402 estaba entornada.
Una ligera brisa entraba por la ventana medio abierta, moviendo una fina cortina blanca. La habitación había sido registrada. Había un edredón de plumas floreado, almohadas y prendas de ropa de hombre tirados por el suelo. Una maleta había sido vuelta del revés. Una de las lamparillas de noche se había caído al suelo. El colchón había sido volteado y colgaba por fuera de la cama. Una costosa botella de aguardiente de arroz Wuliangye («Líquido de los Cinco Virtuosos») [3] yacía en el suelo y el cuarto apestaba a su contenido derramado. Un vasito de licor, de porcelana, había rodado hasta la ventana, donde descansaba de lado.
En el suelo había un cuerpo rígido con un chándal nuevo. Mei dio un respingo al ver su rostro: estaba congelado en una mueca de espanto. Le había salido sangre de la nariz y la boca. La cicatriz de la ceja, menos azulenca que el resto, miraba hacia Mei con insolencia, como si estuviera viva.
Ella se tapó la boca. Su respiración se acortó. De pronto le faltaba el aire, las manos le temblaron y el cuerpo se le estremeció. Retrocedió hasta chocar con la pared. El leve zumbido de una motocicleta pasó por algún lugar distante. El sol de primavera se filtraba por la cortina blanca.
Mei contempló aquel rostro con su cicatriz. Por fin había encontrado a Zhang Hong, pero él no iba a responder a ninguna de sus preguntas. Según yacía muerto en retorcida agonía, se le veía pequeño y desvalido. Mei se preguntó qué habría hecho para merecer semejante muerte.
Inspiró profundamente un par de veces y dio algunos pasos. Se acuclilló junto al cuerpo y le tocó la cara: la tenía fría como la piedra.
Se levantó. Pensó en las dos sombras que se alejaban andando de los faros amarillos en el Hutong Wutan. También pensó, extrañamente, en la peonía de Luoyang, la flor nacional, con sus barrocos pétalos y sus suaves colores amarillos, rosas y blancos. Nunca había estado en Luoyang, no podía pensar en ninguna otra cosa que perteneciera a esa ciudad. Zhang Hong había sido la primera persona que la conectaba con ella, con ese oeste lejano. ¿Tendría él una familia allí? ¿Estarían aún esperando su vuelta? Mei sintió que el corazón se le anegaba.
Anduvo hacia el cuarto de baño. Quienquiera que hubiera registrado el lugar había hecho un trabajo concienzudo: todo estaba tirado por el suelo. Encontró un neceser de cuero, un cepillo de dientes, toallas, jabón, pasta de dientes, un peine de cuerno de toro, una tira de condones y una botella de Bálsamo de Cinco Flores para cortes y quemaduras. Mei se preguntó qué sería lo que estaban buscando.
Echó una última mirada al hombre muerto y retrocedió hacia fuera, cerrando la puerta tras ella. En el pasillo reinaba el silencio.
En el vestíbulo había bullicio. Un grupo de cinco hombres con los ojos rojos por el alcohol acababa de llegar con sus bolsas de compras. Habían comido ostensiblemente bien. Una joven de piernas de saltamontes y falda corta taconeaba junto a la puerta, posiblemente esperando a alguien. La pareja discutidora seguía discutiendo; esta vez los aspavientos los hacía el hombre.
Mei se acercó al joven recepcionista del mostrador y dijo:
– Lo mejor será que llames a la policía.
– ¿A la policía?
– Sí. Está muerto.
– ¿Quién?
– El hombre de la habitación 402, Zhang Hong.
A su sonrisa le costó otros diez segundos evaporarse, luego él saltó hacia el teléfono. Otros recepcionistas corrieron de aquí para allá. Las cabezas empezaron a volverse, las voces se elevaron. Mei le dio a uno de ellos su tarjeta de visita y le sugirió que se la hiciera llegar a la policía.
Llamaron al director. Los huéspedes se arracimaban en torno a la recepción queriendo enterarse de lo que había ocurrido.
Mei se fue sin hacer ruido. Tenía que encontrar a Lili… rápidamente.
Capítulo 21
En el paseo de la Puerta de la Gloria, Mei empezó a encontrarse mal. Se arrastró hasta una calle lateral y vomitó. Rebaños de colegiales en chándal blanco con cordoncillo rojo iban de camino a sus casas para comer. Miraron a Mei con el ceño fruncido. Había un kiosco de pipas en la esquina de la calle; Mei se dirigió hacia él. Al extremo del mostrador, un cartel de cartón decía: «Teléfono, tres yuanes por minuto». Dos niñas en chándal se pararon a comprar dulces. Continuaron con su conversación, dándose aires de importancia y mirando con superioridad, riéndose, enganchadas del brazo como si fueran a ser amigas para siempre. Mei compró una botella de coca cola y se la cepilló de un trago. La bebida la ayudó a calmar la náusea. Tras unos pocos minutos fue capaz de volver al coche y seguir conduciendo.
Anduvo por el estrecho pasaje del Hutong Wutan. A la luz del día estaba desbordante de vida. Las abuelas charlaban unas con otras mientras tendían la colada. Sus conversaciones se interrumpían cuando pasaba Mei con sus altos tacones. Una mujer que aparentaba unos cien años estaba sentada en una banqueta de madera junto al muro, sola y sonriente. Dos viejos se habían embebido en una batalla de go junto a la puerta de un patio de casas. Tres niños en edad de gatear, con pantalones abiertos por el trasero, jugaban con el lodo y con las hormigas que vivían bajo los árboles resecos, sin prestar atención a Mei. Flores silvestres rojas se abrían inadvertidas en lo alto de tejados de ruinosas tejas.
El número 6 se componía de tres casas bajas que rodeaban un patio, formando una U. En otros tiempos aquello habría sido una vivienda unifamiliar. Ahora, tres familias vivían allí. La casa central, de frente a la entrada, era la más grande, y tradicionalmente habría sido la antesala principal. Las casas de los lados este y oeste, más pequeñas, serían los dormitorios.
[3] En el originaclass="underline" «Five Virtuous Liquid». Existe un aguardiente famoso, fabricado en Sichuan, cuyo nombre se transcribe iguaclass="underline" Wuliangye, sólo que el carácter que se lee Hang es ligeramente distinto y, en lugar de «virtuosos», significa «cereales» (así, Wuliangye significa «Esencia de cinco cereales»; el arroz es uno). (N. de la T.)