El oficio de detective era una elección lógica para ella. Durante años había trabajado en el Ministerio de Seguridad Pública (el cuartel general de la policía), en el meollo de la investigación criminal. Y siempre le habían encantado los libros de Sherlock Holmes. De niña, incluso había fantaseado con ser detective igual que Holmes.
Tener su propia agencia de detectives le daría la independencia que siempre había deseado. También le daría la ocasión de demostrar a todos los que la habían ninguneado que ella podía tener éxito. Cuanto más lo pensaba, más convencida estaba de que podía ganar dinero con su agencia. La gente se estaba haciendo rica. Poseían inmuebles, dinero, empresas y coches. Con las nuevas libertades y oportunidades vendrían nuevos delitos. Habría muchas cosas que ella pudiera hacer.
Capítulo 6
Lu había estado considerando si celebrar su boda el ocho de agosto, fecha doblemente propicia porque el número ocho, ba, rimaba con «hacerse rico», fa. Pero Lu detestaba el calor, que en agosto podía ser endiablado. Así que la revisó con un maestro de fengshui, que le confirmó que el ocho de agosto del año lunar era de hecho más propicio. En 1995, el ocho de agosto [2] del año lunar caía en septiembre.
Los detalles de la boda se habían planeado durante varios meses, haciendo muchos cambios a lo largo del camino. Al principio Mei iba a ser la madrina principal, y luego ya no iba a serlo. Mei lo entendió: por supuesto que ella era la hermana de Lu, pero la boda iba a ser un gran acontecimiento, con cámaras y personal de televisión. Wei Wei, la estrella de cine, resultaría más paichang: aportaría más esplendor al gran día.
Dos días antes de la boda, llamó Lu.
– Siento estar haciendo esto por teléfono. Todavía hay mucho que hacer y, para colmo, una crisis: el cocinero del restaurante se ha ido al nuevo Ultraoceánico. He pasado hoy por allí y le he dicho al señor Zhang que más le vale que su antiguo cocinero cocine para mis invitados el sábado. Ya sabes el tipo de gente que va a venir a la boda. No puedo tener un chef desconocido. Le he dicho al señor Zhang: «Desde luego, no se me va a chafar por eso». Ése es el problema de los restaurantes en Pekín últimamente: abren algo nuevo cada mes. No logra una ponerse al día lo bastante rápido para estar a la última.
Mei no dijo nada. No sabía mucho de restaurantes ahora que ya no trabajaba para el ministerio.
– He estado pensando y también hablando con Mamá de esto. Sabes que lamento lo que te ocurrió en el ministerio, sea cual sea la verdad.
– ¿Qué quieres decir con «sea cual sea»? Sólo hay una verdad; soy yo la que está diciendo la verdad -Mei oyó cómo se alzaba su propia voz.
– Así no vamos por buen camino. No, ¡Mamá y yo estamos totalmente de tu parte! Por supuesto que te creemos. Lo único que estoy diciendo es que otras personas pueden no verlo del mismo modo que nosotras. Tampoco se les puede convencer. En todo caso, hemos pensado que a lo mejor prefieres no llamar la atención yendo de madrina. La gente puede hablar y especular acerca de por qué dejaste el ministerio. No querrás eso.
– Has invitado a mi antiguo jefe, ¿verdad?
– Mi querida hermana, si por mí fuera, le cortaría su asquerosa coletilla por ti. Pero no puedo anular la invitación. Estoy segura de que lo entiendes: no es una persona con quien apetezca enemistarse.
– Eso no suena exactamente a que estás de mi parte -replicó Mei-. ¿Cuánto tiempo lleváis planeando esto Mamá y tú? ¿Desde el mismo momento en que me fui del ministerio?
– Lo siento, Mei. Nos horrorizaría que sufrieras, y por eso pensamos que sería mejor para ti no destacar demasiado el sábado. Baja esos humos por una vez, por favor; por mí, por la boda de tu hermana pequeña -la voz de Lu sonaba como si estuviera bañada en miel-. Sabes que no es mucho lo que puedo hacer, ¿verdad? Ni siquiera puedo poner a tu ex jefe escaleras arriba; y me habría gustado, créeme.
A Mei le dieron ganas de llorar.
– Mei, no olvides que aún hay otros a quienes odias, como la señora Yao, que te organizó todas esas citas.
– No la odio. Simplemente me cae mal. Me habría emparejado con quien fuera si con eso hubiera ayudado a ascender a su marido.
– Mira, Mei, ése es tu problema. No confías en nadie. La gente intenta ayudarte, pero tú siempre piensas que tienen otras intenciones. Quizá las tengan, o quizá no; ¿qué importa eso?
– Importa mucho. Importa si la gente dice o no la verdad.
– Eres mi hermana mayor, pero a veces puedes ser muy ingenua. No es de extrañar que tengas tantos enemigos.
– ¿Preferirías que no fuera a tu boda? Eso nos ahorraría a todos el sonrojo.
– Por supuesto que quiero que vayas. Eres mi hermana, mi familia. ¿Cómo puedes siquiera pensar eso? -Lu se detuvo por un minuto. La temperatura entre ellas se enfrió algunos grados-. Mei, yo admiro tu alta autoexigencia, pero hay personas que no son tan nobles como tú. Los estás midiendo por tu rasero; a veces me gustaría que fueras sólo un poquito más tolerante.
Esa noche, sola en su apartamento, Mei contempló el espectáculo de luces de la carretera de circunvalación, al pie de su ventana. Pensaba en sus propias limitaciones. También ella desearía ser más tolerante. Se preguntó si lo que llamaban «su alta autoexigencia» sería la causa de su triste estado: sola y sin trabajo. Puede que Lu tuviera razón. ¿Quién era ella para juzgar a los demás?
Luego trató de imaginarse cómo sería el mundo si la gente dijera lo que piensa. En un mundo así, Lu le habría dicho a Mei que no encajaba en la perfección de su imagen y Mei lo habría entendido, igual que lo entendía ahora. La fachada y la imagen lo eran todo para Lu. En ese mundo, nadie le impediría a Mei decirle a la señora Yao que ella no era un peldaño en la carrera de su marido y que su felicidad no era para negociarla como un favor.
Mei pensó en no ir a la boda, y en cómo se ofendería y se enfadaría todo el mundo. Sabía que no era en ningún caso una posibilidad real, pero representó la escena en su pensamiento: una protesta contemplativa.
Al final sí que fue a la boda, como sabía que debía hacer.
Los procedimientos legales (el permiso del Partido -Lining tenía la bendición del alcalde, por supuesto-, los exámenes médicos y el certificado de matrimonio con una foto de la pareja) estaban todos resueltos. Lo único que faltaba era un convite por todo lo alto.
El día resultó perfecto. Un cielo del azul del mar se desplegaba hasta la eternidad. Cuando el sol daba en la piel, le entregaba un calor íntimo como roce de persona amada. Las copas de los robles albares que adornaban la calle se mecían con una brisa suave como una pluma, irradiando en todas direcciones una luz moteada. El aire estaba claro como agua destilada.