– Me recuerda un poco a Max de Winter [9] -contestó Helen.
Lynley frenó en un espacio convenientemente próximo al ascensor, ahora que la jornada laboral había terminado y los funcionarios se habían ido. Pensó en la idea.
– Se nos impulsa a creer que ella merecía morir -musitó.
– ¿Susanna Sage?
Lynley salió del coche y abrió la puerta.
– Rebecca -dijo-. Era mala, impúdica, lasciva, lujuriosa…
– El tipo de persona que deseas invitar a una cena para que anime la función.
– … y le empujó a matarla por decirle una mentira.
– ¿De veras? No me acuerdo bien.
Lynley la cogió del brazo y caminaron hacia el ascensor. Tocó el botón. Esperaron, mientras la maquinaria crujía y protestaba.
– Ella tenía cáncer. Quería suicidarse, pero carecía de valor. Por lo tanto, y ya que le odiaba, le empujó a matarla, destruyéndoles a los dos al mismo tiempo. Cometido el asesinato, y después de hundir su barca en la cueva de Manderley, Winter tuvo que esperar a que un cadáver femenino apareciera en la costa para poder identificar a Rebecca, que había desaparecido en el curso de una tormenta.
– Pobre criatura.
– ¿Cuál?
Lady Helen se dio unos golpecitos en la mejilla.
– Ese es el problema, ¿no? Se supone que debemos sentir compasión por alguien, pero es un poco desolador apoyar al asesino, ¿verdad?
– Rebecca era caprichosa, inconsciente por completo. Lo acabamos considerando un homicidio justificado.
– ¿Lo fue? ¿Siempre es así?
– Esa es la cuestión.
Subieron al ascensor en silencio. La lluvia había empezado a caer con insistencia durante el trayecto de vuelta a la ciudad. Una retención en Blackheath casi le había convencido de que no lograría ni tan siquiera cruzar el Támesis. No obstante, llegó a Onslow Square a las siete, fueron a cenar a Green's a las ocho y cuarto, y ahora, a las once menos veinte, se dirigían a su oficina para echar un vistazo a lo que Havers había enviado por fax desde Truro.
Habían decretado un alto al fuego no declarado. Habían hablado del tiempo, de la decisión tomada por la hermana de Helen de vender sus tierras y ovejas de West Yorkshire para volver al sur y estar cerca de su madre, una curiosa resurrección de Heartbreak House que los admiradores de Shaw denostaban y los críticos veneraban, y una exposición de Winslow Homer que se anunciaba en Londres. Lynley notaba que Helen necesitaba mantenerla a distancia, y se prestó a colaborar, aunque no le hacía mucha gracia, ni tampoco que Helen eligiera el momento de abrirle su corazón, pero sabía que contaba con mejores posibilidades de ganarse su confianza mediante la paciencia, en lugar de la confrontación.
Las puertas del ascensor se abrieron. Incluso en el DIC, el turno de noche era mucho menos numeroso que el de día, de modo que la planta parecía desierta. Dos compañeros de Lynley estaban ante la puerta de un despacho. Bebían en tazas de plástico, fumaban y hablaban sobre el último ministro del gobierno que había sido sorprendido con los pantalones bajados en la estación de King's Cross.
– Allí estaba el tío, tirándose a alguna puta mientras el país se va al carajo -comentó Phillip Hale-. ¿Qué les pasa a estos tipos?
John Stewart tiró la ceniza del cigarrillo al suelo.
– Echar un polvo a un putón vestido con una falda de cuero proporciona una gratificación más inmediata que solucionar una crisis económica, diría yo.
– Pero no era una señorita de compañía, sino una puta de a diez libras. Santo Cristo, tú la viste.
– También he visto a su mujer.
Los dos hombres rieron. Lynley miró a Helen. Su expresión era inescrutable. Saludó a sus colegas con un imperceptible movimiento de cabeza.
– ¿No estabais de vacaciones? -preguntó Hale.
– Estamos en Grecia -contestó Lynley.
Ya en su despacho, aguardó la reacción de Helen mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba detrás de la puerta. Sin embargo, ella no hizo el menor comentario sobre el diálogo que habían escuchado. Retomó el tema de antes, si bien, cuando Lynley lo pensó, comprendió que no se había apartado en exceso de su preocupación principal.
– ¿Crees que Robin Sage la mató, Tommy?
– Era de noche, hacía mala mar. No hubo testigos que vieran a su mujer tirarse del transbordador, ni nadie que atestiguara haberla visto en el bar cuando salió del salón para tomar un refresco.
– ¿Un clérigo? Ya no tan solo el crimen, sino proseguir su ministerio como si tal cosa.
– No exactamente. Dejó su cargo en Truro en cuanto ella murió. Abrazó un tipo diferente de ministerio, por otra parte, en lugares donde los feligreses no le conocieran.
– Por lo tanto, si quería ocultarles algo, no se darían cuenta de que su comportamiento se había alterado, pues no le conocían de entrada.
– Es posible.
– ¿Por qué la mató? ¿Cuál pudo ser el móvil? ¿Celos? ¿Ira? ¿Venganza? ¿Una herencia?
Lynley cogió el teléfono.
– Por lo visto, existen tres posibilidades. Seis meses antes, habían perdido a su único hijo.
– Dijiste que murió en la cuna.
– Puede que culpara a su mujer, o que estuviera liado con otra, a sabiendas de que un clérigo no puede divorciarse, so pena de arruinar su carrera.
– O puede que ella estuviera liada con otro hombre, él lo descubriera y se dejara arrastrar por la cólera.
– O la alternativa finaclass="underline" la verdad es lo que reluce, un suicidio combinado con equivocación sincera de un viudo afligido que se hacía un lío con los cadáveres. Sin embargo, no hay conjetura que explique de manera satisfactoria por qué fue a ver a la hermana de Susanna en octubre. ¿Dónde demonios encaja en todo esto Juliet Spence? -Levantó el teléfono-. Sabes dónde está el fax, ¿verdad, Helen? ¿Quieres comprobar si Havers ha enviado los artículos de los periódicos?
Helen salió, mientras Lynley telefoneaba a Crofters Inn.
– Dejé un mensaje para Denton -dijo St. James, después de que Dora Wragg pasara la llamada a su habitación-. Dijo que no te había visto el pelo en todo el día, y que tampoco lo esperaba. Supongo que en estos momentos estará llamando a todos los hospitales que hay entre Londres y Manchester, con la idea de que has sufrido un accidente.
– Lo comprobaré.
– ¿Qué tal por Aspatria?
St. James le informó de los datos que había conseguido reunir en Cumbria aquel día, donde la nieve había empezado a caer a mediodía y les había acompañado en el viaje de vuelta a Lancashire.
Antes de trasladarse a Winslough, Juliet Spence había trabajado como vigilante en Stewart House, una enorme propiedad situada a unos seis kilómetros de Aspatria. Al igual que Cotes Hall, se trataba de un lugar aislado y, al mismo tiempo, habitado solo durante agosto, cuando el hijo del propietario acudía desde Londres con su familia para pasar unas vacaciones prolongadas.
– ¿La despidieron por algún motivo? -preguntó Lynley.
Ninguno, contestó St. James. La casa pasó a manos del National Trust [10] cuando el propietario falleció. El Trust pidió a Juliet Spence que se quedara cuando abrieran los terrenos y edificios al público. La mujer, sin embargo, se mudó a Winslough.
– ¿Algún problema mientras vivió en Aspatria?
– Ninguno. Hablé con el hijo del propietario, que le dedicó las mayores alabanzas y expresó un gran afecto por Maggie.
– No hemos conseguido nada -murmuró Lynley.