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– Lo lamento muchísimo, querido. ¿Está mamá? Pero no te habrás quedado solo en casa, ¿verdad? ¿No deberías estar en el colegio? Ah. Ya, claro, alguien ha de cuidar el resfriado de Linus… ¿Tienes Meggezones? Son fabulosos para los dolores de garganta.

– Helen, ¿qué demonios…?

Ella levantó una mano para acallarle.

– ¿Ella está dónde…? Entiendo. ¿Puedes decirme el nombre, querido? -Lynley vio que sus ojos se abrían de par en par y la sonrisa que curvaba sus labios-. Fabuloso. Es maravilloso, Philip. Me has sido de gran ayuda. Muchísimas gracias… Sí, querido, dale el caldo de pollo.

Colgó el teléfono y salió de la cocina.

– Helen, el desayuno está…

– Un momentito, querido.

Lynley gruñó y pinchó una porción de huevos. No estaban nada mal. La combinación de sabores no habría conseguido que Denton los aprobara o sirviera, pero siempre había sido muy maniático respecto a la comida.

– Mira.

Helen entró en la cocina como una exhalación, con la bata revoloteando a su alrededor como un remolino de seda color borgoña -era la única mujer que Lynley conocía capaz de calzar zapatillas de tacón alto con borlas como copos de nieve, teñidas a juego con el resto de su indumentaria nocturna-, y le ofreció uno de los folletos que habían mirado antes.

– ¿Qué?

– «El Cabello Aparente.» Calle Clapham High. Señor, qué nombre más horroroso para una peluquería. Siempre odio esos juegos de palabras: Puro Éxtasis, La Atracción Principal. ¿Quién se los va a creer?

Lynley esparció mermelada sobre una tostada, mientras Helen se sentaba y capturaba con la cuchara tres gajos de pomelo.

– Tommy, querido -exclamó-, sabes cocinar. Creo que debería seguir contigo.

– Eso inflama mi corazón. -Echó un vistazo al papel que sostenía en la mano-. «Estilo unisex -leyó-. Descuentos. Pregunte por Sheelah.»

– Yanapapoulis -dijo Helen-. ¿Qué has puesto en esos huevos? Están divinos.

– ¿Sheelah Yanapapoulis?

– La misma, y debe de ser el Yanapapoulis que estábamos buscando, Tommy. Sería demasiada casualidad que Robin Sage hubiera ido a ver a una Yanapapoulis y estuviera en posesión de los anuncios de un lugar donde trabajara una Yanapapoulis diferente. ¿No crees? -Prosiguió, sin aguardar la respuesta-. Estuve hablando con su hijo, a propósito. Dijo que llamara a su trabajo, y que preguntara por Sheelah.

Lynley sonrió.

– Eres una maravilla.

– Y tú un buen cocinero. Si hubieras estado aquí ayer para preparar el desayuno de papá…

Lynley dejó a un lado el folleto y se dedicó a sus huevos.

– Eso tiene fácil remedio -dijo, como si tal cosa.

– Supongo. -Helen añadió leche a su café y una cucharada de azúcar-. ¿También pasas la aspiradora a las alfombras y limpias las ventanas?

– En caso necesario.

– Cielos, quizá saldría la más beneficiada del trato.

– ¿Es eso, pues?

– ¿Qué?

– Un trato.

– Tommy, eres absolutamente inhumano.

26

Si bien el hijo de Sheelah Yanapapoulis había recomendado llamar por teléfono a El Cabello Aparente, Lynley se decantó por una visita personal. Encontró la peluquería en la planta baja de un estrecho edificio victoriano tiznado de hollín, encajado entre un restaurante hindú y una tienda de reparaciones de aparatos eléctricos, en la calle Clapham High. Había atravesado el río por Albert Bridge y rodeado Clapham Common, en cuya parte norte Samuel Pepys [11] había sido devotamente atendido durante sus últimos años. Se había denominado a la zona el «Clapham paradisíaco» durante la época de Pepys, pero entonces era un pueblo, con sus edificios y casas diseminados en una curva desde la esquina noreste del ejido, y con campos y huertos en lugar de las calles apretujadas que habían acompañado a la llegada del ferrocarril. En esencia, el ejido continuaba inviolado, pero muchas de las agradables villas que daban a él habían sido demolidas y sustituidas por edificios del siglo diecinueve, más pequeños y menos inspirados.

La lluvia que se había iniciado el día anterior continuó cayendo mientras Lynley conducía por la calle principal. En los bordillos se amontonaba la consabida colección de envoltorios, bolsas, periódicos y basura selecta, formando montones mojados carentes de todo color. Había conseguido eliminar casi por completo el tráfico peatonal. Aparte de un hombre sin afeitar vestido con un raído abrigo de tweed, que arrastraba los pies, hablaba solo y se protegía la cabeza con un periódico, el único ser que se veía por la calle en aquel momento era un perro vagabundo que olfateaba un zapato tirado sobre una caja de madera volcada.

Lynley encontró un lugar para aparcar en la avenida de St. Luke, cogió el abrigo y el paraguas, y volvió hacia la peluquería, donde descubrió que la lluvia también había perjudicado al negocio. Abrió la puerta y fue asaltado por el nauseabundo olor que se desprende cuando alguien inflige una permanente a una cabeza inocente, y vio que la única persona del local era la receptora de la maloliente operación de belleza. Se trataba de una mujer regordeta de unos cincuenta años, que aferraba un ejemplar de Royalty Monthly.

– Caramba, Stace, mira esto -decía-. El vestido que llevó al Ballet Real debía costar cuatrocientas libras, como mínimo.

– Gloria a Dios en las alturas -fue la respuesta de Stace, en un tono intermedio entre un contenido entusiasmo y un gigantesco fastidio.

Roció con algún producto químico un diminuto rulo rosado de la cabeza de su clienta y contempló su reflejo en el espejo. Se alisó las cejas, que llegaban hasta puntos curiosos de su frente y hacían juego con su cabello negro como el carbón. En ese instante, vio a Lynley, parado detrás del mostrador de cristal que separaba la minúscula sala de espera del resto del local.

– No atendemos a hombres, cariño. -Movió la cabeza en dirección a la silla siguiente, y sus largos pendientes tintinearon como castañuelas-. Ya sé que pone unisex en todos los anuncios, pero solo es los lunes y los miércoles, cuando viene Rog. Hoy no le toca. Solo estamos servidora y Sheel. Lo siento.

– De hecho, estoy buscando a Sheelah Yanapapoulis -contestó Lynley.

– ¿De veras? Si tampoco hace hombres. Quiero decir -guiñó un ojo-, no lo hace de esta manera. En cuanto a la otra… Bueno, siempre ha tenido suerte esa chica, ¿no? -Se volvió hacia la parte trasera del local-. ¡Sheelah! Sal. Hoy es tu día de suerte.

– Stace, ya te dije que me iba, ¿vale? Linus tiene anginas y estuve de pie toda la noche. Esta tarde no hay ninguna reserva, de modo que es absurdo quedarse.

La voz, que sonaba quejosa y cansada, llegó acompañada de algunos ruidos. Un bolso se cerró con un clic metálico; una prenda chasqueó cuando fue agitada; botas de goma rebotaron en el suelo.

– Sheel es guapa -dijo Stace con otro guiño-. No te la querrías perder por nada del mundo. Confía en mí, cariño.

– ¿Es mi Harold, que se está divirtiendo contigo? Porque si lo es…

Salió de la trastienda mientras se ponía una bufanda negra sobre el cabello, que llevaba corto, modelado artísticamente y de un tono rubio blanco que solo podía ser consecuencia de haberlo blanqueado o de haber nacido albina. Vaciló cuando vio a Lynley. Sus ojos azules resbalaron sobre él, tomaron nota y evaluaron el abrigo, el paraguas, el corte de pelo. Una expresión cautelosa inundó de inmediato su rostro; su nariz y barbilla, tan similares a las de un ave, dieron la impresión de encogerse. Al cabo de un momento, levantó la cabeza con un movimiento brusco.

– Soy Sheelah Yanapapoulis. ¿Quién desea conocerme, exactamente?

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[11] Cronista de la vida en Londres durante el siglo XVII. (N. del T.)