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– Oh, Dios, Helen -suspiró-. No he tenido otra mujer. Ni siquiera he deseado a otra.

– Lo sé. -Helen apoyó la cabeza contra su pecho-. ¿Por qué no me sirve de ayuda?

Después de leerla, la sargento detective Barbara Havers arrugó la segunda página del largo informe redactado por el superintendente jefe sir David Hillier, la convirtió en una bola y la arrojó con gran precisión al otro lado del despacho del inspector Lynley, donde se reunió con la página anterior en la papelera que había colocado, a modo de desafío atlético, junto a la puerta. Bostezó, se frotó el cráneo vigorosamente con los dedos, apoyó la cabeza en la mano cerrada y continuó leyendo. «Encíclica del Papa Davy sobre cómo mantener la nariz limpia», había descrito sotto voce MacPherson el informe en el comedor de oficiales.

Todo el mundo coincidía en que tenían cosas mejores que hacer que leer la epístola de Hillier sobre las Graves Obligaciones De La Fuerza Policial Nacional Cuando Se Investiga Un Caso Posiblemente Relacionado Con El Ejército Republicano Irlandés. Si bien todos reconocían que Hillier se había inspirado en la liberación de los Seis de Birmingham [3], y pocos simpatizaban con los miembros de la policía de West Midlands que habían sido objeto, como resultado, de la Investigación de Su Majestad, era innegable el hecho de que iban demasiado agobiados por sus trabajos individuales para destinar tiempo a aprender de memoria el tratado pergeñado por su superintendente jefe.

Sin embargo, Barbara no estaba sumergida en media docena de casos a la vez, como algunos de sus colegas. En cambio, se dedicaba a experimentar unas vacaciones de dos semanas, anheladas desde hacía mucho tiempo. Había pensado trabajar durante aquellos días en su casa natal de Acton, para prepararla antes de entregarla a un agente inmobiliario y trasladarse a un diminuto estudio-casa que había logrado encontrar en Chalk Farm, encajado detrás de una amplia mansión eduardiana de Eton Villas. La casa había sido dividida en cuatro pisos y una espaciosa habitación en la planta baja; ninguna de las piezas eran asequibles para el limitado presupuesto de Barbara. La casa, no obstante, asentada al fondo del jardín bajo una falsa acacia, era demasiado pequeña para casi cualquier persona, pero un enano viviría con comodidad en ella. No pensaba recibir visitas, el matrimonio y una familia no entraban en sus planes, trabajaba muchas horas y solo necesitaba un lugar donde descansar la cabeza por las noches. La casa serviría.

Había firmado el contrato con no poco entusiasmo. Era el primer hogar que tenía lejos de Acton en los últimos veinte de sus treinta y tres años. Pensaba en la decoración, dónde compraría los muebles, qué fotografías y cuadros colgaría en las paredes. Fue a un centro de jardinería y miró plantas; tomó buena nota de las que crecían en jardineras de ventana y las que necesitaban sol. Paseó a lo largo de la casa, y después a lo ancho, midió las ventanas y examinó la puerta. Y regresó a Acton con la mente abarrotada de planes e ideas, todos los cuales se le antojaban irreales e imposibles cuando comprendió la cantidad de trabajo que debía hacerse en la casa de su familia.

Pintura interior, reparaciones externas, sustituir el papel pintado, acabado de las molduras, extirpar todo un patio trasero de malas hierbas, limpiar alfombras antiguas… La lista parecía interminable. Y además de ser la única persona encargada de remozar una casa descuidada desde que había ido a la escuela secundaria, lo cual ya era bastante deprimente, planeaba la vaga sensación de intranquilidad que experimentaba cada vez que un proyecto se concretaba.

Otro problema era su madre. Había vivido en Greenford durante los dos últimos meses, a cierta distancia de Londres, pero bien conectado mediante la Línea Central. Se había adaptado a Hawthorn Lodge bastante bien, pero Barbara todavía se preguntaba hasta qué punto tentaría al destino si vendía la vieja casa de Acton y se establecía en un barrio más presentable, en una casita de bohemio que llevaba la inscripción: «Una nueva vida. Paso a las esperanzas y los sueños», y en donde no habría sitio para su madre. ¿Acaso no vendía una casa demasiado grande para financiar lo que tal vez sería la larga estancia de su madre en Greenford? ¿No había tenido la idea de vender la casa con el propósito de disimular su egoísmo? ¿O aquellos ocasionales remordimientos de conciencia que acompañaban su búsqueda de libertad no eran más que un pretexto para concentrar su atención, para no tener que enfrentarse a lo que las separaba?

Has de vivir tu vida, se decía con tenacidad más de una docena de veces al día. No es ningún crimen hacerlo, Barbara. Pero se le antojaba un crimen, cuando el proyecto rebasaba sus fuerzas. Fluctuaba entre redactar listas de todo lo que debía hacer, aun sin la esperanza de lograrlo, y temer el día en que el trabajo concluiría, la casa se vendería y tendría que seguir adelante completamente sola.

En sus escasos momentos de introspección, Barbara admitía que la casa le proporcionaba algo a lo que aferrarse, un último vestigio de seguridad en un mundo donde carecía de parientes a los que pudiera vincularse por una mínima dependencia sentimental. Pese a que no lo había conseguido durante años (la larga enfermedad de su padre y el deterioro mental de su madre lo habían impedido), vivir en la misma casa y en el mismo barrio le proporcionaba una apariencia de seguridad. Abandonar y lanzarse hacia lo desconocido… A veces, consideraba Acton mucho más preferible.

No hay respuestas sencillas, habría dicho el inspector Lynley, solo vivir mediante las preguntas, pero pensar en Lynley provocó que Barbara se removiera inquieta en su silla y se obligara a leer el primer párrafo de la tercera página perteneciente al informe de Hillier.

Las palabras carecían de significado. No podía concentrarse. Ya que había conjurado la presencia de su superior, tendría que lidiar con ella.

¿Y cómo? Se retorció, dejó el informe entre los demás documentos y carpetas que se habían amontonado durante su ausencia y hundió la mano en el bolso para buscar cigarrillos. Encendió uno y lanzó el humo hacia el techo, con los ojos entornados a causa del picor acre del humo.

Estaba en deuda con Lynley. Él lo negaría, por supuesto, con una expresión de tal perplejidad que ella dudaría por un momento de sus deducciones, por escasas que fueran; los datos eran abrumadores, y no le gustaba nada la posición en que la colocaban. ¿Cómo pagarle, si él nunca lo permitiría, mientras sus circunstancias estuvieran tan poco equilibradas? Jamás aceptaría la palabra deuda como una realidad entre ellos.

Maldito sea, pensó, ve demasiado, sabe demasiado, es demasiado listo para dejarse coger in fraganti. Giró la silla hacia un armario, sobre el cual se erguía una foto de Lynley y lady Helen Clyde. Le miró con el ceño fruncido.

– Estoy hecha un lío -dijo, mientras tiraba ceniza al suelo-. Lárguese de mi vida, inspector.

– ¿Ahora, sargento, o le da igual más tarde?

Barbara giró en redondo. Lynley estaba de pie en la puerta, con el abrigo de cachemira colgado al hombro y Dorothea Harriman, la secretaria de su superintendente de división, aleteando detrás de él. «Lo siento», indicó Harriman con los labios a Barbara, en tanto realizaba movimientos exagerados y decididamente afligidos con los brazos. «No le vi llegar. No pude advertirte.» Cuando Lynley miró hacia atrás, Harriman agitó los dedos, le dedicó una sonrisa radiante y desapareció con un centelleo de cabello rubio muy lacado.

Barbara se levantó al instante.

– Está de vacaciones -dijo.

– Igual que usted.

– Entonces, ¿qué hace…?

– ¿Y usted?

La mujer chupó con fuerza el cigarrillo.

– Entré a dar un vistazo. Pasaba por aquí.

– Ah.

– ¿Y usted?

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[3] En 1975 seis irlandeses fueron condenados por una matanza (21 muertos) en el ayuntamiento de Birmingham. En 1987 se reabrió el caso ante la evidencia de irregularidades en la investigación. (N. del E.)