– Y aunque no fuera el caso -continuó Lynley sus pensamientos con una inconsciente, aunque típica, corrección gramatical-, espero que, a medida que se acerque el día de abandonar Acton, la perspectiva se amplíe. Una cosa es tener un sueño, ¿no?, y otra muy distinta convertirlo en realidad.
La mujer se desplomó en la silla y le miró.
– Joder -dijo-. ¿Cómo coño le aguanta Helen?
Lynley sonrió un momento y se quitó las gafas, que devolvió al bolsillo.
– En este momento, no lo hace.
– ¿No hay viaje a Corfú?
– Temo que no, a menos que se vaya sola. Lo cual, como ambos sabemos, ha sido muy capaz de hacer antes.
– ¿Por qué?
– Perturbé su equilibrio.
– No me refería a entonces, sino a ahora.
– Entiendo.
Lynley giró la silla, pero no hacia el armario y la foto de Helen, sino hacia la ventana, donde las plantas superiores de la espantosa construcción posterior a la guerra que era el Ministerio del Interior casi imitaban el color del cielo plomizo. Juntó los dedos bajo la barbilla.
– Temo que nos peleamos por una corbata.
– ¿Una corbata?
Para aclarar la frase, Lynley señaló la que llevaba.
– Anoche colgué una corbata del pomo de la puerta.
Barbara frunció el ceño.
– ¿La fuerza de la costumbre, quiere decir, como apretar la pasta de dientes por la mitad del tubo? ¿Algo que crispa los nervios de la otra persona cuando las estrellas del romance empiezan a palidecer?
– Ojalá.
– Entonces, ¿qué?
Lynley suspiró. Barbara no sabía si deseaba seguir hablando.
– Da igual -dijo-. No es mi problema. Lamento que no funcionara. Me refiero a las vacaciones. Sé que los dos lo deseaban.
El inspector jugueteó con el nudo de la corbata.
– Dejé mi corbata en el pomo exterior de la puerta antes de acostarnos.
– ¿Y qué?
– No me paré a pensar que ella podía darse cuenta, y además, es algo que acostumbro a hacer en ciertas ocasiones.
– ¿Y qué?
– En realidad, ella no se dio cuenta, pero preguntó cómo era que Denton nunca nos interrumpía por las mañanas desde que estábamos… juntos.
Barbara vio la luz.
– Ah, ya lo entiendo. Denton ve la corbata. Es una señal. Sabe que hay alguien con usted.
– Bien… Sí.
– ¿Y usted se lo dijo? Jesús, qué idiotez, inspector.
– Lo hice sin pensar. Flotaba como un colegial en ese estado estúpido de euforia sexual en que nadie piensa. Ella dijo: «Tommy, ¿cómo es que Denton no ha entrado nunca con el té de la mañana las noches que me he quedado?». Y yo le dije la verdad.
– ¿Que utilizaba la corbata para advertir a Denton de que Helen estaba en el dormitorio?
– Sí.
– ¿Y que ya lo había hecho con otras mujeres en el pasado?
– Dios, no. No soy tan idiota. Aunque, de haberlo dicho, habría dado igual. Ella dio por sentado que llevo años haciéndolo.
– ¿Y no es verdad?
– Sí. No. Bueno, en los últimos tiempos no, por el amor de Dios. O sea, solo con ella, lo cual no implica que no lo haya hecho con otras. Pero no ha habido nadie más desde que ella y yo… Oh, maldita sea.
Desechó el resto con un ademán.
Barbara asintió con solemnidad.
– Ya me estoy haciendo una buena idea de cómo se cavó la tumba.
– Ella afirma que es un ejemplo de mi misoginia intrínseca: parece que mi criado y yo intercambiamos risitas lascivas después de desayunar, acerca de quién ha gemido en voz más alta en mi cama.
– Cosa que nunca ha hecho, por supuesto.
Lynley giró la silla hacia ella.
– ¿Por quién me toma, sargento?
– Por nadie. Solo por usted. -Investigó en el agujero de su rodilla con mayor interés-. Habría podido renunciar al té de la mañana, por supuesto. Quiero decir, después de que empezó a pasar las noches con mujeres. De esa forma, nunca habría necesitado una señal. O podría haber preparado el té usted mismo y subirlo en una bandeja a su habitación. -Apretó los labios al pensar en Lynley deambulando por su cocina (en el caso de que supiera dónde estaba), intentando encontrar la tetera y encender el fuego-. Habría sido una especie de liberación para usted, señor. Hasta puede que, a la larga, se hubiera atrevido con las tostadas.
Lanzó una risita, más parecida a un resoplido, entre sus dientes apretados. Se tapó la boca y le miró por encima de la mano, medio avergonzada por tomarse a risa la situación, y medio divertida al pensar en Lynley, en mitad de una frenética y decidida seducción, colgando subrepticiamente una corbata en el pomo de la puerta, de tal forma que su enamorada no se diera cuenta y le preguntara por qué lo hacía.
Tenía el rostro impasible. Sacudió la cabeza. Pasó los dedos sobre los restos del informe de Hillier.
– No sé -dijo muy serio-. No creo que jamás aprenda a hacer tostadas.
Ella lanzó una carcajada. Él rió por lo bajo.
– Al menos, en Acton no tenemos ese tipo de problemas -rió Barbara.
– Lo cual explica, en parte, por qué no se decide a marchar.
Menuda intuición, pensó ella. Pasaría por una grieta aunque llevara una venda en los ojos. Se levantó de la silla y se acercó a la ventana. Introdujo los dedos en los bolsillos posteriores de sus tejanos.
– ¿No es por eso que está aquí? -preguntó Lynley.
– Ya le dije por qué. Pasaba por aquí.
– Estaba buscando una distracción, Havers. Igual que yo.
La mujer miró por la ventana. Vio las copas de los árboles del parque de St. James. Completamente desnudos, agitados por el viento, parecían bocetos recortados contra el cielo.
– No lo sé, inspector -dijo-. Parece el típico caso de ir con pies de plomo. Sé lo que quiero hacer. Me asusta hacerlo.
Sonó el teléfono del escritorio de Lynley. Barbara se dispuso a contestar.
– Déjelo -dijo el inspector-. No estamos aquí, ¿recuerda?
Los dos lo contemplaron mientras continuaba sonando, como hace la gente cuando espera que su voluntad colectiva ejercerá una pequeña influencia sobre las acciones de los demás. Enmudeció por fin.
– Pero supongo que usted es capaz de establecer la relación -prosiguió Barbara, como si el teléfono no les hubiera interrumpido.
– Es algo acerca de los dioses. Cuando quieren volverte loco, te conceden lo que más deseas.
– Helen.
– Libertad.
– Vaya par de chiflados.
– ¿Detective inspector Lynley?
Dorothea Harriman se había detenido en la puerta, vestida con un elegante traje negro, alegrado por ribetes grises en el cuello y las solapas. Un sombrerito cuadrado oscilaba sobre su cabeza. Parecía ataviada para aparecer en el balcón del palacio de Buckingham el Domingo del Recordatorio [4], si hubiera sido convocada para codearse con la realeza. Solo faltaba la amapola.
– ¿Sí, Dee? -contestó Lynley.
– Teléfono.
– No estoy.
– Pero…
– La sargento y yo no estamos localizables, Dee.
– Pero es el señor St. James. Telefonea desde Lancashire.
– ¿St. James? -Lynley miró a Barbara-. ¿No se habían ido de vacaciones Deborah y él?
Barbara alzó los hombros.
– ¿No nos habíamos ido todos?
7
Lynley atacó la cuesta de la carretera de Clitheroe, en dirección al pueblo de Winslough, a última hora de la tarde. Un sol tenue, que iba palideciendo a medida que el día viajaba hacia la noche, taladraba la niebla invernal que flotaba sobre la tierra. Sus haces estrechos se reflejaban en los viejos edificios de piedra -la iglesia, la escuela, las casas y las tiendas que se alzaban en una apretada exhibición de la robusta arquitectura propia de Lancashire- y cambiaban el color de los edificios, un oscuro canela tintado de hollín a ocre. La carretera estaba húmeda bajo los neumáticos del Bentley, como daba la impresión de ocurrir siempre en el norte al llegar aquella época del año, y charcos de agua producidos por el hielo y la escarcha, que se formaban, fundían y volvían a formarse cada noche, brillaban a la luz. El cielo se reflejaba sobre su superficie, al igual que las formas de los setos y los árboles.