Выбрать главу

– ¿Para qué perder el tiempo con las joyas de la corona, cuando puedes ver el matadero? -siguió Lynley-. El crimen no paga, pero la muerte les impulsa a correr para deshacerse de unas cuantas libras.

– ¿No es eso irónico para un hombre que ha peregrinado cinco veces, como mínimo, a Bosworth Field [5] el veintidós de agosto? -preguntó Deborah con malicia-. ¿Un viejo pasto de vacas en el trasero del mundo, donde bebes del pozo y juras al fantasma de Ricardo que habrías combatido por los York?

– Eso no es muerte -dijo Lynley con cierta dignidad, y alzó el vaso para saludarla-. Es historia, muchacha. Alguien ha de ocuparse de dar ejemplo.

La puerta que daba a la cocina se abrió, y Josie Wragg apareció con los primeros.

– Aquí, salmón ahumado -murmuró-, aquí, paté, aquí, cóctel de gambas. -A continuación, ocultó la bandeja y las manos tras la espalda-. ¿Hay suficientes panecillos?

Formuló la pregunta a todos en general, pero examinó subrepticiamente a Lynley, aunque todo el mundo se dio cuenta.

– Sí -contestó St. James.

– ¿Quieren más mantequilla?

– No creo. Gracias.

– ¿El vino es bueno? El señor Wragg tiene una bodega llena, si ese se ha picado. Ocurre a veces, ¿saben? Han de ir con cuidado. Si no se guarda bien, el corcho se seca y agrieta, el aire entra y el vino se pone salado, o algo por el estilo.

– El vino es bueno, Josie. También probaremos el burdeos.

– El señor Wragg es un experto en vino. -Se agachó para rascarse el tobillo, y luego miró a Lynley-. Usted no ha venido de vacaciones, ¿verdad?

– No exactamente.

La muchacha se incorporó y volvió a esconder la bandeja a la espalda.

– Eso pensaba yo. Mamá dijo que era un detective de Londres, y al principio pensé que había venido para decirle algo sobre Paddy Lewis, que ella no me contaría, claro, por temor a que yo se lo dijera al señor Wragg, cosa que yo no haría, desde luego, aunque eso significara que fuera a huir con él, quiero decir con Paddy, y dejarme con el señor Wragg. Al fin y al cabo, sé lo que es el amor verdadero. Usted no es de esa clase de detectives, ¿verdad?

– ¿A qué clase te refieres?

– Ya sabe. Como en la tele. Los que se contratan.

– ¿Un detective privado? No.

– Eso pensé cuando le vi. Después, le oí hablar por teléfono hace unos momentos. No es que le estuviera escuchando, pero su puerta estaba un poco abierta, yo iba a llevar toallas limpias a las habitaciones, y le oí por casualidad. -Sus dedos arañaron la bandeja y la aferraron con más fuerza antes de proseguir-. Es la mamá de mi mejor amiga, ¿sabe? No quería hacerle daño. Es como cuando alguien hace conservas, pone lo que no debe y mucha gente se pone mala. Digamos que compran las conservas en la fiesta parroquial. Cerezas o moras. Está bien, ¿no? Se las llevan a casa y las esparcen sobre las tostadas a la mañana siguiente, o con los panecillos del té. Después, se ponen malos, pero todo el mundo sabe que fue un accidente. ¿Lo ve?

– Naturalmente. Podría ocurrir.

– Pues eso es lo que ha ocurrido aquí. Solo que no fue durante una fiesta, y tampoco eran conservas.

Nadie habló. St. James daba vueltas a su copa de vino, sujetándola por el pie. Lynley había parado de desmenuzar su panecillo, y Deborah paseaba la mirada entre los hombres y la muchacha, a la espera de que uno contestara. Como no lo hicieron, Josie continuó.

– Es que Maggie es mi mejor amiga, y nunca había tenido una. Su mamá, la señora Spence, es muy reservada. La gente lo considera extraño, y quiere extraer deducciones de ello, pero no hay nada que extraer. Debería recordar eso, ¿no cree?

Lynley asintió.

– Muy prudente. Estoy de acuerdo.

– Bien, entonces… -Inclinó la cabeza y esperó un momento, como si fuera a hacer una reverencia. En cambio, se alejó de la mesa en dirección a la puerta de la cocina-. Querrán empezar a comer, ¿verdad? La receta del paté es de mamá. El salmón ahumado está muy fresco. Si quieren cualquier cosa…

Su voz se desvaneció cuando la puerta se cerró tras ella.

– Esa es Josie -dijo St. James-, por si no habíais sido presentados. Una enérgica defensora de la teoría del accidente.

– Ya me he dado cuenta.

– ¿Qué dijo el sargento Hawkins? Supongo que es la conversación que Josie escuchó.

– En efecto. -Lynley pinchó un trozo de salmón y recibió una agradable sorpresa cuando descubrió, como Josie había afirmado, que era muy fresco-. Quería repetir que siguió las órdenes de Hutton-Preston desde el primer momento. La comisaría de Hutton-Preston se vio implicada por mediación del padre de Shepherd, y en lo que a Hawkins concierne, desde aquel momento todo se precipitó. De modo que apoya a Shepherd y no le complace en absoluto que estemos husmeando.

– Muy razonable. Al fin y al cabo, es el responsable de Shepherd. Lo que recaiga sobre la cabeza del policía local no quedará muy bien en el historial de Hawkins.

– También quería informarme de que el obispo del señor Sage había quedado completamente satisfecho con la investigación, la encuesta y el veredicto.

St. James levantó la vista de su cóctel de gambas.

– ¿Asistió a la encuesta?

– Es evidente que envió a alguien. Por lo visto, Hawkins considera que si la investigación y la encuesta cuentan con la bendición de la Iglesia, también deberían contar con la bendición del Yard.

– ¿No colaborará, pues?

Lynley pinchó más salmón con el tenedor.

– No es una cuestión de colaboración, St. James. Sabe que la investigación fue un poco irregular, y la mejor forma de defenderla, a él y a su hombre, es permitirnos demostrar que sus conclusiones fueron correctas. Pero no tiene por qué gustarle. A ninguno de ellos les gusta.

– Menos les gustará cuando investiguemos el estado de Juliet Spence aquella noche.

– ¿Qué estado? -preguntó Deborah.

Lynley explicó lo que el agente les había contado sobre la indisposición de la mujer la noche que el vicario murió. Explicó la ostensible relación entre el agente y Juliet Spence.

– Debo admitir, St. James -concluyó-, que tal vez me hayas arrastrado hasta aquí para nada. Da mala espina que Colin Shepherd se encargara personalmente del caso, con la única ayuda de su padre y un vistazo rutinario del DIC de Clitheroe al lugar de los hechos. Pero si ella también estaba enferma, la teoría del accidente adquiere más peso del que habíamos imaginado en un principio.

– A menos que el agente mintiera para protegerla y ella no estuviera enferma -apuntó Deborah.

– Es una posibilidad, por supuesto. No podemos descartarla, aunque sugiere complicidad entre ambos. Pero si ella carecía de motivos para asesinar al hombre, lo cual es discutible, como sabemos, ¿cuál demonios sería el móvil mutuo?

– Si buscamos culpabilidades, es necesario algo más que descubrir motivos -dijo St. James. Apartó su plato a un lado-. Hay algo peculiar en su indisposición de aquella noche. No encaja.

– ¿Qué quieres decir?

– Shepherd nos dijo que había recaído varias veces. Ardía de fiebre, también.

– Que no son los síntomas de un envenenamiento por cicuta.

Lynley jugueteó un momento con el último trozo de salmón, exprimió un limón por encima, y por fin renunció a comer. Después de su conversación con Colin Shepherd, había estado a punto de desechar la mayoría de las preocupaciones de St. James respecto a la muerte del vicario. De hecho, pensó que toda la aventura se reducía a un intento por su parte de calmar la inquietud creada por la discusión con Helen aquella mañana. Pero ahora…

– Sigue -dijo.

St. James enumeró los síntomas: exceso de salivación, temblores, convulsiones, dolor abdominal, dilatación de las pupilas, delirios, paro respiratorio, parálisis total.

– Actúa sobre el sistema nervioso central -concluyó-. Un solo bocado puede matar a un hombre.

вернуться

[5] Campo de batalla donde Ricardo III fue derrotado y asesinado por Enrique VII, primer monarca de la casa Tudor, en 1485. (N. del T.)