– ¿Puedo hablar con usted en privado? -dijo-. Quiero decir, fuera del pub -se apresuró a añadir, y dedicó una mirada a St. James-. Espero que sus amigos se nos unan.
Realizó la petición con dignidad considerable. Tal vez le había sorprendido descubrir que más de una clase de individuo podía sentirse cómodo bajo el título de inspector detective, pero tampoco estaba dispuesto a comportarse como un Uriah Heep [6] cualquiera en un esfuerzo por mitigar el desdén con que había hablado al principio.
Lynley cabeceó en dirección a la puerta del salón de los huéspedes, al otro lado del pub. Townley-Young les precedió. El salón estaba más helado que el comedor, si ello era posible, y carecía de las estufas eléctricas distribuidas estratégicamente para mitigar el frío.
Deborah encendió una lámpara, enderezó su pantalla y repitió la operación con otra. St. James quitó un periódico desdoblado de una butaca, lo tiró sobre el aparador donde Crofters Inn guardaba el material de lectura -ejemplares atrasados de Country Life en su mayoría, cuyo aspecto insinuaba que se harían pedazos en caso de ser abiertos con precipitación- y se sentó en una butaca. Deborah escogió como asiento una otomana cercana.
Lynley observó que Townley-Young dedicaba un vistazo a la pierna tullida de St. James, una rápida mirada de curiosidad que luego exploró la sala, en busca de un lugar donde acomodarse. Eligió el sofá sobre el cual colgaba una deleznable reproducción de Los comedores de patatas.
– He venido para solicitar su ayuda -empezó Townley-Young-. Me enteré durante la cena de que usted había aparecido en el pueblo. Esa clase de noticias se propagan como el rayo en Winslough. Decidí acercarme y comprobarlo por mí mismo. Supongo que no habrá venido de vacaciones.
– No exactamente.
– ¿Es por el caso Sage?
El ser camaradas de clase no constituía una invitación a la divulgación de secretos profesionales, en opinión de Lynley, de manera que contestó con otra pregunta.
– ¿Tiene algo que decirme sobre la muerte del señor Sage?
Townley-Young pellizcó el nudo de su corbata verde.
– No directamente.
– ¿Entonces?
– A su manera, era un buen tipo, supongo. No estábamos de acuerdo en lo concerniente al ceremonial.
– ¿Iglesia no ritualista frente a iglesia ritualista?
– Exacto.
– Pero no será ese el móvil del crimen, imagino -continuó preguntando Lynley.
– ¿El móvil…? -La mano de Townley-Young abandonó la corbata. Habló en tono gélido-. No he venido a confesar, inspector, si se refería a eso. Sage no me gustaba mucho, ni tampoco la austeridad de sus oficios. Ni flores, ni cirios, a palo seco. Yo no estaba acostumbrado a eso, pero no era un mal vicario, y los feligreses le consideraban un hombre bondadoso.
Lynley cogió el coñac y dejó que la copa balón se calentara en la palma de su mano.
– ¿Usted formaba parte del comité que le entrevistó?
– Sí. Me opuse.
Las mejillas rubicundas de Townley-Young adquirieron un tono aún más intenso. Que el señor feudal no hubiera impuesto su voluntad en el seno de un comité del que debía ser el miembro más importante, revelaba bien a las claras qué lugar ocupaba en el corazón de los lugareños.
– Me atrevería a decir que no sintió mucho su fallecimiento.
– No era un amigo, si va por ahí. Aunque la amistad hubiera sido posible entre nosotros, solo llevaba dos meses en el pueblo cuando murió. Me doy cuenta de que dos meses equivalen a dos décadas en ciertos ambientes de nuestra sociedad actual, pero la verdad, no soy de la generación que tutea a sus miembros a los pocos momentos de conocerlos, inspector.
Lynley sonrió. Como su padre había muerto catorce años antes y su madre era muy propensa a saltarse las barreras tradicionales, olvidaba en ocasiones que las generaciones anteriores solían considerar el tuteo una demostración de intimidad. Siempre le pillaba desprevenido y le divertía toparse con aquella característica en su trabajo. La importancia de los nombres, pensó.
– Ha indicado que quería decirme algo relacionado de forma indirecta con la muerte del señor Sage -recordó Lynley a Townley-Young, quien parecía animado a extenderse sobre el tema del tuteo.
– Visitó los terrenos de Cotes Hall varias veces antes de su muerte.
– Temo que no le comprendo.
– He venido a hablarle sobre la mansión.
– ¿La mansión?
Lynley miró a St. James. Este levantó la mano apenas, en un gesto que podía traducirse como «a mí que me registren».
– Me gustaría que investigara lo que está ocurriendo allí. Se están cometiendo toda clase de tropelías. Hace cuatro meses que intento remozarla, y un grupo de gamberros me lo impide. Pintura derramada, un rollo de papel pintado estropeado, grifos abiertos, pintadas en las puertas.
– ¿Cree que el señor Sage estaba implicado? Parece impropio de un clérigo.
– Creo que alguien enemistado conmigo está implicado. Creo que usted, un policía, llegará al fondo del asunto y se ocupará de solucionarlo.
– Ah.
La imperiosa afirmación final encrespó a Lynley. Sus posiciones relativas en una sociedad clasista habían sido barridas por la exigente necesidad del hombre de resolver a toda prisa sus problemas personales. Se preguntó cuánta gente de la vecindad estaba enemistada con Townley-Young.
– El policía del pueblo es quien debe encargarse de esos problemas.
Townley-Young resopló.
– Se ha encargado del problema desde el primer momento -contestó Townley-Young con sarcasmo-. Ha investigado después de cada incidente. Y después de cada incidente, ha salido con las manos vacías.
– ¿No ha pensado en contratar a un guardia jurado hasta que terminen las obras?
– Pago mis jodidos impuestos, inspector. ¿De qué me sirve, si no puedo reclamar la colaboración de la policía cuando la necesito?
– ¿Y su vigilante?
– ¿La Spence? En una ocasión, ahuyentó a un grupo de gamberros, y con mucha eficacia, si quiere saber mi opinión, a pesar del escándalo que se armó, pero quienquiera que esté en el fondo de la actual racha de tropelías, las lleva a cabo con mucha más finura. Ni señales de haber forzado la entrada, ni rastro de ningún tipo, salvo los daños.
– Alguien provisto de llaves, diría yo. ¿Quién las tiene?
– Yo, la señora Spence, el policía, mi hija y su marido.
– ¿Alguno de ustedes desea que la casa no llegue a terminarse? ¿Quién vivirá en ella?
– Becky… Mi hija y su marido. Serán padres en junio.
– ¿La señora Spence les conoce? -preguntó St. James. Había estado escuchando, con la barbilla apoyada en la palma de la mano.
– ¿Si conoce a Becky y Brendan? ¿Por qué?
– Tal vez prefiera que no se trasladen. Tal vez el policía esté de acuerdo. Tal vez estén utilizando la casa. Nos han dicho que sostienen relaciones.
Lynley pensó que las preguntas apuntaban en una dirección muy interesante, si bien no era exactamente la que pretendía St. James.
– ¿Alguien ha pasado la noche allí en alguna ocasión? -preguntó.
– La casa está cerrada y las ventanas aseguradas con tablas.
– Es fácil quitar una tabla si alguien quiere entrar.
– Y si una pareja estuviera utilizando la casa para sus citas -añadió St. James, continuando con su línea de pensamiento-, no se tomaría su pérdida a la ligera.
– Me da igual quién la utiliza y para qué. Solo quiero que acabe de una vez. Y si Scotland Yard es incapaz…
– ¿Qué clase de escándalo? -preguntó Lynley.
Townley-Young le miró sin comprender.
– ¿Qué demonios…?
– Ha dicho que la señora Spence provocó un escándalo cuando ahuyentó a alguien de la propiedad. ¿Qué clase de escándalo?
– Disparó con una escopeta. Los padres de las bestezuelas pusieron el grito en el cielo. -Resopló de nuevo-. Esos padres del pueblo dejan que sus chicos hagan toda clase de perrerías, y cuando alguien intenta administrarles un poco de disciplina, parece que el Armagedón haya empezado.