Выбрать главу

Aquella información formaba parte de la biblia de todo policía. Iba unida al hecho de que la mayoría de las víctimas conocen a sus asesinos, y ello estaba relacionado con la circunstancia de que la mayoría de asesinatos son cometidos por un pariente próximo de la víctima. Tal vez Juliet Spence hubiera envenenado a Robin Sage por un horrible accidente, cuyas consecuencias acarrearía durante toda su vida. No era la primera vez que alguien proclive a la vida natural recogiera una raíz, una seta, flores o frutos, y terminara matándose o matando a otro, como resultado de un error de identificación. Pero si St. James estaba en lo cierto, si Juliet no hubiera podido sobrevivir a la más ínfima ingestión de cicuta, si no era posible relacionar los síntomas de fiebre y vómitos a envenenamiento por cicuta, debía existir una relación entre Juliet Spence y el hombre que había muerto a sus manos. Si ese era el caso, la relación superficial parecía ser Maggie, la hija de Juliet.

La escuela de segunda enseñanza, un edificio de ladrillo carente de interés asentado en el triángulo creado por la articulación de dos calles convergentes, no se encontraba lejos del centro de Clitheroe. Eran las once y cuarenta cuando entró en el aparcamiento y se introdujo con cuidado en el espacio que había entre un Austin-Healey antiguo y un Golf convencional de cosecha reciente, con un asiento de niño detrás. Una pegatina casera que rezaba «Cuidado con el crío» estaba pegada a la ventanilla trasera del Golf.

A juzgar por la desolación de los largos pasillos con suelo de linóleo y las puertas cerradas que daban a ellos, aún se estaban dando clases. Las oficinas de la administración se encontraban en el interior, a izquierda y derecha de la entrada, una frente a otra. En algún momento se habían pintado letreros negros en el cristal opaco que comprendía la mitad superior de las puertas, pero los años habían reducido las letras a manchas, de un color similar al del hollín mojado, y apenas se podían distinguir las palabras «directora», «tesorera», «sala de descanso de los docentes», y «subdirectora», en tipografía grecorromana pomposa.

Escogió la directora. Al cabo de unos minutos de conversación repetitiva en voz alta con una secretaria octogenaria a la que había sorprendido cabeceando sobre una labor de punto, que aparentaba ser la manga de un jersey apropiado para la talla de un gorila adulto, le condujeron al estudio de la directora. «Señora Crone» estaba grabado sobre una placa que descansaba sobre su escritorio. Un nombre desafortunado [7], pensó Lynley. Pasó los momentos previos a su llegada pensando en todos los motes posibles que le habrían aplicado sus alumnos. Se le antojaron infinitos, tanto en variedad como en connotaciones.

Resultó ser la antítesis de todos, con una falda ceñida, casi quince centímetros por encima de las rodillas, y una chaqueta de lana demasiado larga, provista de hombreras y botones enormes. Llevaba pendientes dorados en forma de disco, un collar a juego y zapatos cuyos altísimos tacones dirigían la vista inexorablemente a un sobresaliente par de tobillos. Era la clase de mujer que obligaba a mirarla de arriba abajo más de dos veces, y Lynley se obligó a no desviar los ojos de su cara. Se preguntó cómo era posible que la junta de administración de la escuela hubiera elegido a semejante criatura para el cargo. No podía tener más de veintiocho años.

Consiguió formular su petición sin conceder más de un tiempo mínimo a imaginarla desnuda, y se perdonó aquel instante de fantasía atribuyéndolo a la maldición de ser hombre. En presencia de una mujer hermosa, siempre había experimentado aquella reacción instintiva de verse reducido, siquiera un momento, a piel, huesos y testosterona. Gustaba de creer que su reacción a los estímulos femeninos no tenía nada que ver con quién era y a qué consagraba su lealtad, pero le fue fácil imaginar la reacción de Helen ante aquella batalla sin importancia ni consecuencias contra su lujuria, así que se lanzó a una explicación mental de su comportamiento, con expresiones como «pura curiosidad», «estudio científico», «por el amor de Dios, Helen, no exageres», como si ella estuviera presente, de pie en una esquina, observando en silencio y adivinando sus pensamientos.

Maggie Spence estaba en clase de Latín, dijo la señora Crone. ¿No podía esperar hasta la hora de comer, apenas un cuarto de hora?

No era posible, de hecho, y aunque hubiera podido, Lynley prefería establecer contacto con la muchacha en total intimidad. A la hora de comer, rodeada de compañeros, existía, la posibilidad de que les vieran. Deseaba ahorrar a la chica cualquier mal rato. No resultaría fácil para ella, teniendo en cuenta que su madre había estado en el punto de mira de la policía antes, y ahora lo volvía a estar. ¿Conocía la señora Crone a su madre, por cierto?

La había conocido el día de los Discursos [8], en Pascua del año anterior. Una mujer muy agradable. Firme partidaria de la disciplina, pero cariñosa con Maggie, dedicada a todos los intereses de la niña. A la sociedad le serían muy útiles algunos padres más como la señora Spence detrás de la juventud de nuestra nación, ¿no cree, inspector?

En efecto. Estaba completamente de acuerdo con la señora Crone. Sobre lo de ver a Maggie…

¿Sabía su madre que él iba a venir?

Si la señora Crone desea telefonearla…

La directora le observó con atención y examinó su tarjeta de identidad con tal minuciosidad, que por un momento pensó que iba a morderla para averiguar si era de oro. Podían utilizar el estudio, le informó, pues ella ya salía hacia el comedor, donde permanecería mientras los alumnos comían. Esperaba que el inspector dejara tiempo libre a Maggie, advirtió al marchar, y si la niña no estaba en el comedor a las doce y cuarto, la señora Crone enviaría a alguien en su busca. ¿Estaba claro? ¿Se habían comprendido mutuamente?

Por supuesto.

Aún no habían pasado cinco minutos cuando la puerta del estudio se abrió y Lynley se levantó cuando Maggie Spence entró en la habitación. Cerró la puerta a su espalda con cuidado innecesario, y giró el pomo para comprobar que lo había hecho en un silencio perfecto. Le miró desde el otro extremo del estudio, con las manos enlazadas a la espalda y la cabeza gacha.

Lynley sabía que, en comparación con la juventud actual, su introducción al sexo (orquestada entusiásticamente por la madre de un amigo suyo, durante unas vacaciones en Lent, ya en el último curso de Eton) había sido relativamente tardía. Acababa de cumplir los dieciocho. Sin embargo, pese a los cambios de las costumbres y la propensión hacia el libertinaje juvenil, consideró difícil creer que aquella muchacha estuviera envuelta en experimentaciones sexuales de cualquier tipo.

Parecía demasiado niña. En parte, era debido a la estatura. Apenas rebasaba el metro cincuenta. Y en parte, a su postura y proceder. Se erguía un poco de puntillas, con sus medias azul marino algo abombadas en los tobillos, y removía los pies, doblaba los tobillos hacia fuera y daba la impresión de esperar un palmetazo de un momento a otro. El resto era apariencia personal. Tal vez las normas de la escuela prohibían el uso del maquillaje, pero nada debía impedirle tratar a su cabello de una manera más adulta. Era espeso, el único atributo que compartía con su madre. Caía hasta su cintura en una masa ondulante, y lo llevaba retirado de la cara y sujeto con un gran prendedor ámbar en forma de arco. No usaba cola de caballo, flequillo ni trenzas. No hacía el menor esfuerzo por emular a una actriz o una estrella del rock.

– Hola -dijo Lynley, y descubrió que hablaba con la misma dulzura que habría empleado con un gatito asustado-. ¿Te ha dicho la señora Crone quién soy, Maggie?

вернуться

[7] «Vieja fea», «bruja». (N. del T.)

вернуться

[8] Día que se dedica al reparto de premios en las escuelas, y en el que suelen menudear los discursos. (N. del T.)