– Yo no entiendo mucho de vuestras doctrinas -dijo la cautiva mora-, pero cumpliré lo que mandes.
– Ven aquí -dijo Adalbero. Sin embargo, fue él quien comenzó a caminar hacia ella sobre el estiércol húmedo. Tendió las manos, como si buscase apoyo en la oscuridad, y las dejó puestas en torno a los dos pechos de Zulema, apenas defendidos por una camisa muy ligera. Ella no se movió ni soltó la estaca. El monje siguió hablando mientras apretaba con los dedos e intentaba recoger toda la calidez que descubría en aquella carne dura-. Mi penitencia ha sido muy cruel para ti y sólo Dios me perdonará si tú me perdonas y si te doy satisfacción de tal injusticia… Debo reparar mi pecado, señora.
Soltó de su asidero la mano derecha y la bajó a través del costado de la mujer para colocarla luego entre sus piernas. El pelo era allí tan espeso y rizado como en su cabeza. Y tan húmedo como si estuviera sudando, a pesar del frescor de la noche. Ella dobló ligeramente el cuerpo hacia atrás, hizo presión con el pubis; dejó caer la estaca; con la mano ahora libre se agarró a la cintura del cillerero y lo atrajo hacia sí. La otra mano que hasta entonces no había utilizado iba tirando hacia arriba del hábito del monje.
– ¿Me perdonas, guapa mora? ¿Dejarás que te consuele de tan injusto castigo? -le decía él en la misma oreja que le estaba lamiendo.
Pero la mujer no respondió. Empezó a ronronear una especie de canto cadencioso y gutural cuyo significado Adalbero no alcanzaba a comprender. Notó que, sin despegarse de él, lo iba empujando por la zona blanda del corral, paso a paso, chocando sus rodillas con las de ella, hasta que llegaron a un pequeño cobertizo de espadañas, tan bajo que el tejadillo le golpeó en la frente. A su cobijo cayeron juntos los dos. Sobre los haces de juncos esparcidos por el suelo se reflejaban los guiños de las estrellas del Camino Celeste.
6
Oria lloraba a veces, sobre todo en aquellos anocheceres en que el mundo parecía lúgubre y vacío. Ni siquiera quería consolarse con la proximidad de otros peregrinos, cuando los hallaban en el camino o en los albergues; aunque cantaran a su lado, relataran historias mágicas, bailaran o repartiesen vino. No se quejaba de hambres, de frío o de fatigas; lloraba dulcemente, como podría llorar un pájaro si alguien hubiese visto llorar alguna vez a los pájaros.
Martín intentaba alegrarle esos crepúsculos que a ella le resultaban baldíos, cantando también, recitándole las hazañas de Roldan o las artes que había aprendido en la granja de los cerdos, y mostrándole cómo bailaban los campesinos junto al Indra. Todo era vano e inútil, aun cuando a veces lograse arrancar de sus labios una sombra de sonrisa. Oria se sentía perdida y triste fuera de su casa.
– Pero qué va a ser de nosotros, Martín; qué va a ser de nosotros -le preguntaba a diario.
A don Ramírez no parecía inquietarle el futuro; no le molestaba especialmente ni le había herido en exceso la maliciosa calumnia del conde gascón que se había quedado con su iglesia; tampoco la complicidad culpable de su obispo. Por eso soportaba mejor aquel exilio fugitivo. Si en cierto modo había encontrado una esperanza que consideraba perdida para siempre -la de llegar a Santiago-, en cambio su fe estaba exánime.
Recordaba todavía que una fría noche, mientras le caldeaban la espalda los grandes pechos de su hermana Oria, había venido un ángel a visitarlo. Con gesto lacrimoso le había anunciado parte de su destino, el tramo más desgraciado de su destino. Jamás conseguiría salir de Pamplona, le había dicho; nunca verían sus ojos los milagrosos sepulcros de Santiago, de san Martín, de san Millán, de san Prisciliano, de san Facundo y san Primitivo; nunca podría arrodillarse ante las más renombradas reliquias de la cristiandad… Pero el ángel le había mentido: eso era lo más doloroso y lo que había hundido su fe en un abismo.
– Tal vez no era sino un diablo con disfraz de ángel -había repetido cien veces el joven Martín de Châtillon-. Es frecuente que Satanás se complazca en sus máscaras para engañar a las almas piadosas.
Miró compasivamente a sus compañeros y una vez más pensó que no llegarían muy lejos. El sacerdote sobre todo, aunque no se entregase al alivio de las lágrimas. Pero si él se quedaba en el camino, ¿qué otra cosa podría hacer Oria sino permanecer a su lado? Él mismo no se sentía con valor para arrastrarla hasta Santiago.
Aunque ya asomaba la primavera, las viñas que se extendían a ambos lados del camino estaban todavía muertas y sin brotes, reseca y agrietada la tierra. Surcaban los cielos pájaros nerviosos y cantarines, muchos de ellos con briznas de yerba en el pico.
Don Ramírez llevaba bien envuelta al cuello la esclavina, a modo de bufanda, como si aún tuviese frío. Caminaba despacio y arrastrando los pies; las nubecillas de polvo habían tornado blanquecina su saya envejecida y negra. Hacía muchos días que Martín había cargado al hombro el zurrón y la calabaza de agua de su amigo. Oria se agarraba a veces al brazo de su hermano para ayudarlo en la marcha.
– Dios no puede permitir tal cosa. El Bien y el Mal están cada cual en un lado y jamás pueden mezclarse o confundirse. Aunque bien es cierto que a los humanos no se nos permite muchas veces distinguir la marca que los separa. Un demonio puede, en efecto, tomar las guisas de cualquier persona u objeto, pero nunca presentarse como un ángel. Eso nunca lo ha permitido Dios.
Sin embargo, don Ramírez había aceptado más con indiferencia que con resignación la condena que su obispo le había transmitido: la fe en los hombres había sido siempre más frágil en él que la fe en Dios. Sin juicio, audiencia, ni defensa previa; sin siquiera llamarlo a su palacio para considerar la situación. Peor aún: no había tenido la compasiva caridad de enviarle al deán o al arcediano en su nombre, sino a un sacerdote muy joven, de parecida edad a la de Martín. Muy aseado y limpio, con la barba rapada y borceguíes moriscos en sus pies. Si hubiese teñido por el camino el color de su saya, habría creído encontrarse con un juglar de la Provenza, de los que a veces cantaban y tocaban instrumentos delante de Santa María, y no con un ministro consagrado del Señor.
Le entregó un pergamino ya viejo y en él aparecía escrita la orden episcopal de abandonar su iglesia de San Lorenzo en el plazo de un mes. Aunque el sello era del obispo, la firma pertenecía al arcediano, que era un antiguo monje de Barbastro a quien él conocía. Pidió ayuda a su joven amigo, se lavó, echó sobre su cuerpo las mejores ropas que Oria pudo encontrar y salió corriendo en busca de aquel monje escapado del muslime.
Más de dos horas lo tuvo esperando en la antecámara y cuando lo llevaron a su presencia no se dignó levantarse del escritorio sobre el que probablemente estaba dictando sentencias tan injustas como la suya propia. Dejó de escribir, desde luego; tendió por encima de la mesa una mano para que se la besara; le sonrió con una apariencia de afecto remoto y de compasión.
Pero el asunto era grave, ciertamente. Tan grave, que el santo obispo había querido suspenderle para siempre de su función sacerdotal e incluso excomulgarlo, según los nuevos cánones llegados desde Roma. Gracias a su mediación amistosa, no obstante, había optado finalmente por desposeerle del ministerio en la parroquia de San Lorenzo y dejarle que saliese en paz de aquella ciudad a la que había acongojado con sus escándalos.
– ¡Si la reliquia es santa y verdadera, arcediano! Tú mismo te has postrado varias veces ante ella.
– No se trata de reliquias, don Ramírez. Aunque quepan algunas dudas, yo estoy convencido de que ese tizón quemado sobre el que se asienta el altar de tu iglesia recibió verdaderamente las grasas que caían del cuerpo del santísimo san Lorenzo. Y los muchos prodigios que ha obrado son prueba más que suficiente.
– ¿Cuál es mi crimen, entonces? -preguntó don Ramírez.