– He escuchado que algunos hombres santos, después de muertos, eligen el lugar de su sepultura impidiendo que sean movidos en cualquier forma. Ni con hombres ni con bueyes. Tal vez don Ramírez ha elegido este sitio, en medio de estas montañas de Dios.
Cuando terminó de hablar, vencido por el peso, cayó de rodillas y dejó en el suelo su carga. Estaban cruzando un pequeño campo de malvaviscos que crecían en un claro del bosque. No habían florecido aún.
– ¿No crees que eso pueda suceder? -preguntó.
– No sé -dijo Oria-. Él siempre me pidió que cuando muriera lo enterrase en su propia iglesia, delante del altar de san Lorenzo.
– Pero no podemos volver a Pamplona…
Bebió un sorbo de agua de la calabaza que le tendía Oria. Estaban los dos sentados, abrumados e indecisos, junto al cuerpo rígido del sacerdote. Y oyeron entonces feroces aullidos en la parte más alta de la montaña. Martín se puso rápidamente en pie.
– ¡Son lobos! -gritó. Conocía bien sus voces.
Tomó de la mano a la mujer y se lanzó corriendo ladera abajo. Ni siquiera se detuvo a volver la cabeza, porque a su espalda oía cada vez más cerca los ladridos de las fieras, que se enredaban en los árboles y se multiplicaban por el eco. Incluso el sonido de sus patas parecía haberse adueñado de todo el bosque. Sólo cuando llegaron al fondo del valle, en donde comenzaba su curso un arroyo, cesaron los aullidos. Se detuvieron a recobrar el aliento, a apaciguar su corazón. Y sólo en ese momento recordó Martín que su amigo y maestro había quedado arriba, muerto y abandonado. Se echó a llorar como cuando el prior de la granja monástica lo amenazaba con separarlo para siempre de su madre. Como el día en que el ferrero lo arrancó violentamente de Richelde, a la que estaba besando a escondidas. Oria también lloraba, pero encontró fuerzas para acercarse al arroyo, humedecer sus manos y luego limpiar con ellas el sudor que le caía al peregrino sobre los ojos.
No se oían desde allí los ladridos de los lobos. Tampoco se veían sus lomos relampagueando entre los árboles. No muy lejos, en cambio, distinguieron la silueta de la espadaña del monasterio de San Millán. Decidieron llegar hasta él para pedir ayuda.
Sólo tres monjes vivían allí; los acogieron con tanta caridad como pocas palabras. Carecían de vino y tampoco disponían de mucha comida, pero les ofrecieron lo suficiente para reanimarlos. Uno de ellos incluso lavó los pies del peregrino y se prestó a unir con cuerda de cáñamo los jirones de su saya, que estaba casi partida en dos. Escucharon silenciosos y horrorizados la historia de la persecución de los lobos y el penoso destino del hombre santo cuyo cuerpo había quedado en la espesura. Rezaron por él en la cueva sobre la que habían colocado las piedras y arcos del edificio.
Al amanecer del día siguiente, dos de ellos acompañaron a Martín a recuperar el cadáver de don Ramírez, pero no estaba en donde lo habían dejado.
Después de buscarlo mucho, el mayor de los monjes encontró algunos huesos descarnados, todavía enrojecidos por el color de la sangre y con la marca de los dientes de los lobos. La cabeza estaba separada del resto del cuerpo, en el límite del campo de malvaviscos, y también parcialmente devorada. Sobre un matorral de violetas, un trozo de la mandíbula inferior, con algunos dientes incrustados y restos de la barba del sacerdote, había manchado de rojo las florecillas partidas. El peregrino lo recogió con los dedos y lo guardó en la faltriquera. Luego, fueron recuperando todos los demás despojos que estaban sembrados por la ladera; los juntaron sobre el manto de uno de los monjes, que cargó con ellos a la espalda, y regresaron al monasterio para enterrarlos en una de las pequeñas cuevas laterales que usaban como sagrado cementerio.
7
Ni siquiera durante su infancia, en aquellos años de pestes y de derrotas, había visto Martín una niebla tan espesa. Caminaba confuso, porque en muchos momentos no podía adivinar desde qué parte de aquellos grises celajes enviaba el sol su luz. Él mismo se había ocupado de dibujar un itinerario, siguiendo las indicaciones dictadas por el prior de San Millán, que lo devolvería al camino principal. Debía rodear una montaña alta y luego buscar un valle que se curvaba hacia el norte. Allí encontraría poco después un arroyo, siguiendo el cual tropezaría con un río mayor, aunque no caudaloso. Sus aguas, en fin, lo conducirían a una aldea muy pequeña llamada Bureba, por donde pasaba el gran camino… Había encontrado ya un río, pero no estaba seguro de que fuese el Oja que le había señalado el monje. Desgraciadamente, los ríos no sabían hablar para decir su nombre.
Al contrario que muchas otras personas con las que había hablado, a él le gustaban los ríos. Eran en general elementos amistosos. No sólo conducían siempre a tierras llanas y hospitalarias, no sólo ofrecían agua y peces sin cicatería, sino que en sus orillas se encontraba con seguridad algún tipo de alimentos, aunque fuesen los tiernos tallos de los juncos, las agrias moras y las guindas silvestres.
A pesar de su carga de tristeza, caminaba ágil y rápido. Saltaba sobre las rocas, se colgaba de las flexibles ramas de los sauces, lanzaba piedras planas a la agitada corriente para que bailasen sobre ella. Al mismo tiempo lloraba y cantaba, como si estuviera loco. Cosidas a un cinturón de tela que se había anudado sobre el vientre, por debajo de la saya que le llegaba a las rodillas, llevaba escondidas unas cuantas monedas de plata que Oria le había regalado. Exactamente la mitad de las que poseía, además de tres dinares de oro que entregó a los monjes como limosna por su hospitalidad y por los oficios de difuntos en honor de don Ramírez.
Dos días enteros habían discutido los tres eremitas sobre la conveniencia de acoger cerca de ellos a la hermana del sacerdote muerto. No seguían en el cenobio regla alguna, ni la de san Fructuoso ni la de san Agustín ni la de san Benito ni cualquier otra que gobernase los grandes monasterios.
El venerable Millán les había dejado dichas unas cuantas normas para su santificación y su cumplimiento era suficiente para conducirlos sanos y salvos a la vida eterna. Se abstenían de carne, se levantaban dos veces por la noche a rezar los salmos ante su sepulcro, no hablaban entre ellos desde la caída del sol, caminaban descalzos y acogían a todo aquel que se presentase en demanda de caridad, fuese cristiano, musulmán o hereje, fugitivo o expatriado, campesino o noble. La tradición les exigía también no sólo rechazar todo trato con mujeres, sino procurar apartarse de su sola visión, aun de lejos; y, desde luego, de los conjuros de su voz. En consecuencia, no era posible aceptar a su lado a Oria, incluso reconociendo que había pasado toda su vida al lado de un santo sacerdote y que conocía la devoción y la piedad.
Y ello a pesar de los grandes ruegos de la mujer por establecerse junto a las reliquias de don Ramírez, ya que no sabría hacer otra cosa en la vida y tampoco quería ser una pesada carga para aquel joven muchacho peregrino que tantos pesares había padecido por culpa suya. Por lo demás, nada le atraía de Compostela, adonde se dirigía tan sólo por voluntad del sacerdote. Por su gusto, se hubiera quedado en Pamplona, aun como criada de algún gran señor o como motilona o andera de algún convento.
– No me importa que vengas a mi lado hasta que encontremos un santo refugio para ti, Oria -había insistido Martín-. No va a faltarte asistencia. Cualquiera que te vea querrá que permanezcas a su lado.
Ella rechazaba aquella amenaza de separarla de su hermano, aunque su hermano estuviese ya conversando con los ángeles del cielo.
El menor de los tres ermitaños, que era también el más ilustrado, encontró finalmente una buena solución acorde con sus propias tradiciones y normas. Por antiguos escritos se sabía que san Millán había elegido aquel agreste retiro después de haber pasado veinte años como solitario pastor, tañendo la cítara para espantar sus sueños y sus soledades entre la verdura de los prados y a la sombra de los árboles; después de haber aprendido la santidad de boca del santísimo Félix, que moraba en el castillo de Bilibio; y después de haber construido muchos altares por aquellas montañas y de haber enseñado a cuantos se acercaban a él. Con más de sesenta años cumplidos se ocultó en aquella caverna en que ahora estaban ellos y sólo permitió que lo acompañaran cuatro personas de probada santidad, dijo el monje joven.