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Iscam roncaba por las noches.
– En cuanto se cierran mis ojos y se me apaga el espíritu, viene una legión de diablos a asentarse dentro de mí. Luchan entre ellos para ver cuál es el dueño de mi alma, recitan en voz alta todos mis pecados y se burlan de las buenas obras que he hecho; que tampoco han sido muchas… Los bramidos que lanzan son eso que tú escuchas entre sueños. Pretenden sin duda apoderarse también de ti… ¿Qué puedo hacer yo? Ni siquiera el exorcista de Albelda consiguió expulsar a tanta multitud de espíritus inmundos. Y eso que era hombre experimentado y muy santo.
Pero Martín de Châtillon no tenía con quien atravesar el río oscuro de la noche entre las montañas de la Oca. Cuando se despertó sobresaltado por los ruidos de su compañero, estaba anunciándose ya el amanecer. Debía de hacer mucho frío fuera del atrio de la iglesia y no conocía a nadie que pudiese en aquel pueblo remediar su soledad: le habían rechazado los francos, y los del castillo ni siquiera se habían asomado a la puerta cuando llamó.
De la sombría fortaleza plantada sobre una masa de rocas y envuelta en brumas le llegó la voz de un centinela. Respondió el canto borroso de un gallo.
El obispo Gómez, al que pertenecía el castillo, apenas moraba en él, como ya le habían advertido los francos; prefería las diversiones de la guerra o el nuevo palacio que se había hecho construir en la ciudad de Burgos, al otro lado de los montes. Mantenía en el castillo a sus guardias con la orden de que nadie, salvo príncipes u obispos, entrase en él.
Intentó el peregrino cerrar de nuevo los ojos y tal vez se dejó al fin seducir por el sueño. Pues por unos instantes vio cómo dos ángeles, de brazos tan fuertes como los del caminero que le había dado gallina para la cena, derribaban el muro detrás del cual estaba Oria escondida; pero ella, en vez de obedecer el gesto de llamada de los servidores de Dios, construyó otro muro de fuego rojo donde estaba el de piedra y ése no consiguieron derribarlo los ángeles.
Al regresar a la vigilia vio que Iscam había reavivado la hoguera y estaba asando un trozo de tocino clavado en el extremo de un palo. Pero no llegaba el sol, aunque era pasada su hora. La luz parecía perdida detrás de un lienzo espeso que envolvía la montaña. El mismo castillo episcopal era una sombra gris, destacada entre los fantasmas de los árboles.
– Con este tiempo no podremos continuar el camino -dijo-. ¿Piensas acompañarme?
– Si no me lo niega tu generosidad… Llevo más de un mes dando vueltas por estos parajes. He visitado Logroño y Estella. En todas partes he escuchado grandes portentos de Compostela. Allí hay dinero, gente, mucha caridad y diversión. Intentaré encontrar asiento en esa ciudad.
– ¿Cuál es tu oficio, hermano? Yo únicamente sé cuidar cerdos.
– Eso no es un oficio, sino una condena. Aunque provechosa -dijo Iscam enarbolando el trozo humeante de tocino-. Entre los muslimes no podía probar el cerdo en público, aunque yo fuera cristiano, porque me amenazaban con cortarme el cuello. Y cuando me vine con los monjes de Albelda, no me daban de comer más que nabos, peces salados, gachas de harina y huevos. Bueno, y un recorte de gallina los domingos… ¿Crees tal vez que estoy tan flaco a causa de mis penitencias?
Partió en dos el trozo de lardo y ofreció una parte a Martín, que ya había hundido su cuchillo en la hogaza.
– Incluso los peregrinos rechazan mi compañía -dijo-. ¿Porqué?
– Será por ese raro sombrero infiel que llevas.
– Tuve una enfermedad y he perdido el pelo.
– También los monjes van rapados -dijo Martín.
– El Señor les ayuda a soportar el frío en el cráneo.
– Si fueras buen cristiano, también a ti te ayudaría.
– Y también se echan encima la cogulla cuando sopla el viento. O cuando quieren dormir en secreto durante los oficios… Yo no soy buen cristiano, porque escapé de un monasterio. ¿Crees que Dios podrá perdonarme?
– Si tuviera conmigo a mi maestro don Ramírez, él te daría la respuesta -dijo Martín-. Llevo en la mochila reliquias suyas; podíamos rezar para que nos inspire…, pues yo nunca he podido conocer las intenciones de Dios. ¿Por qué te escapaste?
– Es un cuento muy largo -dijo Iscam, masticando con furia su desayuno-. Por hambre, entre otras cosas. Y porque no veía la luz del sol. Siempre en silencio, siempre muerto de frío, hasta la tinta se helaba, o sudando en verano sobre los códices… Desde el alba hasta el ocaso copiando manuscritos, escribiendo documentos, raspando y falsificando otros, dando imperecedera gloria a la abadía de Albelda. Que con mi trabajo y el de otros como yo llenaba las arcas de denarios y compraba iglesias y más iglesias y rebaños por toda Castilla. Con el pellejo de los corderos fabricaban pergaminos, pero la carne la vendían a buen precio en los mercados o se la comían a escondidas los monjes más poderosos. Iglesias, campos, viñas, palomares, rebaños, molinos…, qué sé yo. Y casullas greciscas de seda y cálices de oro y dalmáticas persas… Tesoros más grandes que los de un rey. Todo eso a cambio de una olla de nabos y un jergón de bálago lleno de chinches, de pulgas y de cucarachas.
– ¿No eres sacerdote?
– Sólo subdiácono, y con mucho esfuerzo. Hubiera tenido que esperar tres o cuatro años a ordenarme sacerdote. Pero tampoco eso habría cambiado mi suerte. Soy mozárabe, criado en tierra de moros. Mozárabes: así nos llaman. Medio herejes, quieren decir.
– Entonces, no es pecado escapar de la abadía. Incluso creo que algunos santos han hecho algo semejante.
Iscam apartó los ojos de su comida. Eran tan negros y brillantes que parecían fuera de sitio en su rostro pálido y lechoso. La barba era también muy oscura, rala y sedosa como la del peregrino, pero enredada en pequeños bucles.
La niebla no sólo se negaba a separarse de los montes, sino que parecía querer hundirse en ellos. Apenas se distinguía la fortaleza, fundida en la grisura. Martín echó al fuego una rama que arrancó de la valla del atrio y volvió a sentarse frente a él. Se frotó las manos, friolento.
– Pareces muy pobre para llevar buenas reliquias. ¿Por qué no las vendes y te compras un buen capote y una saya nueva?
Martín le contó su intento de hacerlo entre los monjes borrachos de Nájera y cómo el camarero, después de verlas y venerarlas, le pidió un certificado que garantizase su origen. El cual él no poseía, ya que los huesos del perro que sin duda había acompañado a Santiago en sus predicaciones los recuperó él mismo de entre los despojos del banquete de quienes lo devoraron… No fueron regalo de algún abad notorio, como él dijo a los de Nájera, sino azar de su vida.
– En estos tiempos no es fácil encontrar a nadie tan tonto que compre reliquias sin su título -dijo Iscam-. Aunque siempre es posible, claro. Pero nadie las rechazará si les presentas ese documento. Y si no las vendes muy caras. En este camino son más necesarias las reliquias que la fe. Sobre todo para las iglesias y abadías que desean vivir a costa de los peregrinos y atraer a los nobles.
Martín afirmó con la cabeza. Ya había discutido la cuestión con don Ramírez y con Oria; incluso tenían decidido que el propio sacerdote pamplonés firmase tales certificados en cuanto hallasen papel y tinta; pero ahora paseaba por los prados del Señor y no podría ayudarle.
– Seguramente yo puedo echarte una mano.
– ¿Tienes algún amigo abad u obispo?
– ¡San Miguel me libre de ello! -dijo Iscam, lanzando un escupitajo al fuego-. Pero tengo buena mano para imitar sus escrituras.
Decidieron esperar un día o dos más a cruzar los montes de la Oca, y a ser posible hacerlo al lado de otros peregrinos más fuertes o ricos que ellos. A los dos les habían contado los muchos peligros que acechaban en ellos e incluso que san Indalecio había tenido que regresar del cielo para buscar entre la niebla a dos piadosos peregrinos de Aquitania que se habían perdido después de que los bandidos los dejaran maltrechos entre las hayas.