Tres días, por consiguiente, permanecieron Martín e Iscam acogidos a la caridad del monasterio. En el primero de ellos asistieron a una nueva procesión por dentro y por fuera de las murallas del pueblo, rezando detrás de las reliquias que habían ofrecido; vieron en el segundo cómo los saltamontes gigantes habían desaparecido de los campos y volado hacia el sur, adonde no había cultivos; en el tercer día recogieron cuatrocientos sueldos de plata, un capote de pieles de conejo, unamula negra y dos pequeños vasos de oro. Fue el pago por las tres reliquias que Iscam aceptó venderles.
Regalaron el asno a Mutarraf y a su hijo Munio y salieron de madrugada, Martín montado en su nueva cabalgadura, hacia la ciudad de León.
10
– No viajaría yo muy seguro por estos montes con el dinero encima. Fue buena idea dejarlo en León -dijo el mozárabe Iscam. Movió la cabeza en semicírculo, de izquierda a derecha, oteando un paisaje agreste y solitario.
– Tampoco sin él estoy yo muy tranquilo. ¿Crees acaso que los ladrones huelen el dinero?
– Oyen su tintineo, sin duda. Los buenos ladrones pertenecen a esa raza de hombres que pueden oír el silencio del dinero. Como los reyes, los condes, los obispos, los capitanes, los emires… Por eso se afanan tanto éstos para no perder el mando sobre todos nosotros.
– Para nosotros, vale tanto nuestro dinero en la bolsa de los salteadores como en las arcas de los judíos de León -dijo Martín.
– En eso te equivocas, hermano. El oro sigue siendo tuyo. Algún día te faltará y te pondrás muy contento sabiendo que en un agujero rabudo de León tienes cuanto precisas.
– ¿Y si escapan ellos con los dinares?
– ¡Jamás se ha oído tal cosa de un judío! Como tampoco que lo pierdan, lo olviden o lo malgasten. Podrán matarlos, hundirlos en el mar, reducirlos a ceniza, pero nunca quitarles el dinero. Y volverás de un viaje al final de la tierra, mil años después de haber partido: ellos o sus hijos o sus nietos estarán ahí esperándote y les bastará con reconocerte para entregarte lo que es tuyo. Por esa razón siguen en pie los reinos, se suceden los reyes unos a otros, se conquistan las tierras, crece el número de las iglesias y se multiplican los caminos. Porque ellos saben que no hay otra cosa salvo el dinero que haga mover al mundo.
– Son los santos los que mueven el sol y las estrellas -dijo Martín-; son ellos los que hacen que corran los ríos y vuelen los pájaros y crezca el trigo y se mantengan firmes los árboles y se inventen las canciones…
– Así es; y tienes mucha razón -Iscam hundió una mano en la alforja, sacó dos manzanas, ofreció una a su compañero y se puso a morder la otra después de haberla frotado sobre la saya. Luego, continuó-: Pero ¿sobre qué se apoyan los santos, hermano Martín? ¿Quién los sostiene, quién los coloca en los altares, quién mantiene su culto? Pues aunque ellos no coman ni se vistan ni necesiten albergue, apenas suben a los cielos tiene que correr el dinero para justificar su gloria: hace falta oro para guardar sus reliquias, oro para pagar a los canteros que construyen sus iglesias, oro para mantener a los monjes que rezan ante ellos, para comprar la cera de los cirios, para fundir el bronce de las campanas, para llenar de mirra los incensarios, para ofrecer banquetes a los obispos y a los reyes, sin cuyo permiso ellos tampoco existirían… No, Martín: nadie puede llegar a santo si no encuentra dinero sobre el que sostenerse. Con lo cual, tú y yo hemos dado ya nuestro primer paso. Los hermanos ben Saruq de Judea aguardarán a que nos llamen los ángeles, si es preciso, para que toda la cristiandad nos conozca.
– Como réprobos vendedores de reliquias falsas; así es como nos conocerán -dijo Martín sonriendo y masticando la fruta al mismo tiempo-. Tú has puesto título a cosas que no lo valen, como aquella vieja herradura, las espinas, las cañas… Ése tiene que ser el más grande de los pecados.
– ¿Reliquias falsas? -gritó Iscam. Se quitó el sombrero, que llevaba encajado encima del turbante, y golpeó con él la grupa de su mula-. ¿Por qué han de ser falsas nuestras reliquias? ¿Por qué más falsas que las demás? Desconoces el verdadero misterio de la fe y sus grandes beneficios, hermano Martín. No importa que las cosas sean como realmente son, imaginando que de verdad sean de una manera precisa, sino que los hombres crean en ellas: para amarlas o para despreciarlas, eso es lo mismo. Sin duda que tú nunca has visto al diablo, como tampoco yo lo he visto, pero los dos lo tememos y procuramos vivir lejos de él. En una pequeña iglesia de la ciudad de Cuenca, ya en la frontera con el reino de Toledo, guardan los mozárabes una pezuña de Satanás; la gente le tiene tanta veneración como los sevillanos al corazón de san Isidoro. Yo pude verla: me pareció la pezuña de una cabra, pero servía para apartar del pecado a cuantos escupían sobre ella. Ahí tienes una creencia que provoca la salvación. Y lo mismo ha ocurrido en Sahagún. La caña que Cristo tuvo en su mano ahuyentó a las langostas. Ellos lo creyeron, hasta el abad y el legado del Papa; luego es verdad. ¿Sabes tú por ventura más que un abad y más que un enviado de San Pedro? Aunque tú mismo recogieras esa caña de las aguas del río Carrión… El beneficio de la fe no reside en lo que se cree, sino en el hecho de creer. Y su misterio es el resumen de todos los misterios que no podemos abarcar: cómo es el rostro de Dios, por qué nos vigila y nos castiga, para qué nos hizo, por qué elige a unos y desdeña a otros, cómo envía hambres y pestes sobre los pobres mientras ensalza a los pecadores más encarnizados, qué le movió a que nos juntásemos tú y yo, viniendo cada uno de una parte de la tierra, y para qué, al fin y al cabo… Todo eso es lo que la fe resuelve. Basta creer para ser dichoso. Nuestras reliquias, por lo tanto, ayudan mucho a que la gente sea feliz.
– Entonces, no es pecado venderlas, quieres decir. Aunque sean falsas.
– ¿Quién lo sabe, hermano, quién lo sabe? No hay más pecado que aquel que hace daño a los otros. De todas maneras, ya conoces que apenas lleguemos a Compostela serán perdonados todos nuestros pecados, incluso aquellos que ni siquiera conocemos. Con tal seguridad, podemos pecar todo cuanto nos apetezca; podemos pecar aunque no tengamos ganas de hacerlo. Ésa quizás es la razón de que a lo largo de este camino interminable hayamos encontrado a tantos pecadores y de tan distintos géneros; sin contar a los que no hemos conocido. Y ésa es la razón de que esté cada día más frecuentado y más lleno de esperanza. Pues al final de nuestro viaje nos veremos a nosotros mismos como niños recién nacidos. Veremos lo invisible. Allí donde la tierra termina todo quedará borrado y olvidado, en el momento en que abracemos el santísimo sepulcro del Dios Santiago. Seremos otros, nuevos, distintos: los que nunca hemos sido.
Martín escuchaba con la cabeza baja, asintiendo a lo que explicaba el mozárabe. Con palabras distintas, venía a repetir lo mismo que había oído de labios de su maestro don Ramírez. Así pues, ésa era la verdad. En Compostela, sería como si nadie hubiese comido carne en viernes, como si no hubiese fornicado, como si no se hubiese burlado de los sacerdotes, como si no hubiese querido matar a su padre, como si no hubiese reverenciado al diablo… Aquello que se cree es aquello que existe.
Nueve días habían pasado desde que salieran de la ciudad de León y casi todos habían transcurrido sobre páramos o montes. Iscam no conocía aquellas tierras y poco había escuchado sobre ellas. Por esa razón prefería cabalgar despacio y detenerse mucho con cualquier excusa: descansar junto a una iglesia, sestear a la orilla de un río, conversar en las ciudades más pobladas. Lo cual satisfacía mucho al peregrino, que tampoco se sentía presa de ningún afán.