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– Nada me agradará más que cumplir estos deseos vuestros, mi señor -dijo el prior Adalbero-. Soy yo tal vez el primero de esos hombres que huían de calamidades lejanas yque encontró junto a las reliquias de san Facundo y de san Primitivo gran caridad, aunque era desconocido y extraño.

Inclinó el dolorido cuello para besar con devoción la mano del emperador de todas las Españas, que mostró su halago y su reconocimiento por aquellas palabras del monje.

2

Ya ninguno lo conocía, pero tampoco el peregrino estaba muy seguro de que aquellos hombres fueran los mismos con los que había estado conversando amistosamente tantos años antes, en un día de lluvia.

Sólo cuando les habló de un mozárabe calvo y con turbante carmesí, el mismo que él llevaba ahora puesto, aunque con el color mortecino; de un hombre muy alto y delgado que conocía los placeres y las costumbres de los muslimes y que había estado describiéndolos, a la espera de que escampase: cómo comían con cucharas de oro, cómo se regocijaban con las bailarinas y bebían vino dulce en vasos de plata, a pesar de tenerlo prohibido por su Dios; sólo entonces tres de los eremitas forzaron su memoria y le aseguraron que sí lo recordaban.

– ¿Ha muerto aquel hombre? -preguntó uno de ellos.

– ¿Por qué había de morir, hermano? No tenía muchos más años que yo, ¿lo recuerdas…? Vivo y dichoso se encuentra; incluso me han dicho que es ahora uno de los más renombrados médicos de Granada.

– ¡Un médico cristiano!

– También me han dicho que ya no es cristiano, ésa es la verdad. Que ahora sigue la falsa fe del profeta Mahoma.

– ¡Sea anatema!

– Que Santiago se apiade de él -contestó devotamente Martín-. Nuestro Dios muchas veces se comporta cruelmente con nosotros, a pesar de las penitencias y de las oraciones con que le adoramos. Y no debe sorprendernos que algunos decidan volverle la espalda y marcharse a la herejía.

– ¡Pero será condenado a lo profundo del infierno!

– Quienes viven ya en el infierno, como yo mismo, poco han de temer adonde se les conduzca más tarde.

Martín de Châtillon descubrió en seguida que ellos, al contrario que él mismo, no se escandalizaban en vano: seguían siendo fieles y seguían esperando.

Habían agrandado el cobertizo en el que vivían, pegado al muro del monasterio; habían ampliado también el número de los cofrades, pues eran ya trece; se habían dotado de un prior elegido entre los más ancianos, que no era otro que el frisón que mejor recordaba ahora a su amigo Iscam; habían generalizado sus predicaciones entre los peregrinos que cruzaban El Bierzo y vivían de sus limosnas…, pero continuaban esperando. Aunque el obispo de Astorga había condenado tres veces a los monjes de la abadía que ellos confiaban heredar, la que tenían a sus espaldas, no había logrado todavía expulsarlos de ella.

En todo el reino se sabía que eran seguidores de la herejía del maléfico Prisciliano y que la predicaban entre los clérigos de la región y aun más allá, hacia occidente, en las entrañas de Galicia; que se entregaban a la magia y a los hechizos; que en las fiestas señaladas tenían tratos íntimos, dentro del convento, con mujeres pecadoras, después de la Eucaristía y como parte de la misma; que bailaban desnudos por la noche para santificar las cosechas y alejar las plagas; que ayunaban y se disciplinaban muchos más días de los que exigían los cánones; que celebraban las misas de otro modo; que permanecían muchas horas arrodillados delante de una luz siempre encendida en su iglesia y, en fin, que llevaban colgadas del cuello las representaciones de un falo erecto de hombre y de una serpiente pequeña.

– Incluso se atreven a decir, ¡Dios los condene para toda la eternidad! -explicó llorando el prior-, que los santísimos huesos venerados en Compostela no pertenecen al apóstol Santiago, el hermano de Cristo, sino al fundador de su iglesia, al que llaman santo y mártir, el cual había nacido allí mismo, al lado de una gran piedra muy sagrada. Y se burlan de los peregrinos que encuentran contándoles que van a rezar ante un obispo al que todos los otros consideran hereje, al que como tal cortaron la cabeza en tierras de los germanos y al que los concilios siguen todavía condenando sin descanso ni provecho…, en vez de hacerlo ante el sepulcro del apóstol hermano del Señor.

Martín había esperado que aquellos hombres de los que tanto alivio había obtenido al lado de Iscam, cuando la tormenta los detuvo en su marcha, le devolvieran la esperanza y la alegría ahora que tanto las necesitaba. Pero habían decidido renunciar al vino y no les gustaba sentarse a la puerta de su refugio con los peregrinos, sin prisa para escuchar sus historias.

Mostraron caridad con él apenas lo vieron, le lavaron los pies y le ofrecieron agua, pan y lecho para una sola noche, pero se habían ido muy pronto de su lado, salvo el prior frisen, que estaba ciego y raramente abandonaba el convento, según le dijo.

– Son tantos los que pasan por aquí… -se excusó-. Unos se detienen de nuevo a saludarnos, otros pasan de largo o siguen caminos diferentes, algunos no vuelven jamás… ¿Cuánto tiempo hace que estuviste con nosotros? ¿Había perdido yo entonces la luz de mis ojos?

Mucho tiempo hacía, muchas nieves habían caído y se habían convertido en agua y en barro, algún dolor quedaba, dijo el peregrino.

Martín de Châtillon había esperado lleno de tristeza a que partiera su amigo Iscam con el médico algebrista granadino.

Estuvo medio día cabalgando a su lado por el camino de Braga, todavía no convencido del todo de su decisión de no acompañarlos hasta Andalucía, pero después de la comida de la hora sexta regresó finalmente a Compostela.

Durante la última cena juntos, don Cresconio había prendido en él la curiosidad por conocer ciertos lugares santísimos que no estaban lejos del sepulcro y que muchos peregrinos visitaban también. No sólo la ciudad de Iria Flavia, en donde todavía vivía el obispo con su corte, sino el lugar preciso en que habían desembarcado el cuerpo del apóstol, el monte en el que sus discípulos habían tropezado con un horrible dragón, la playa donde todavía estaba la barca de piedra en que la madre de Cristo había acudido a alentar sus predicaciones; en fin, el horizonte exacto en el cual el sol se ocultaba bajo las aguas feroces, en el verdadero final de la tierra.

Una semana más tarde regresó a la ciudad, que se aprestaba ya para un invierno parco en peregrinos y lleno de nuevos empujes a las obras de la basílica. Estaba rezando dentro de ella, más para guarecerse de la lluvia infinita que empapaba calles y plazas que por auténtico fervor, pues ya había rezado varias veces todo lo que sabía rezar, cuando vio a su lado a cuatro peregrinos que susurraban sobre los preparativos de su viaje de vuelta a Poitiers.

No le costó trabajo que lo admitieran a su lado, pues era casi compatriota de ellos. Se trataba de tres monjes de una abadía cercana a la ciudad de la princesa santa Radegunda y de un capellán muy joven de la misma capital, establecido en el palacio de un noble, que peregrinaba para purgar un pecado secreto.

Poseían dos caballos viejos y cansados, que solían compartir entre todos; las riquezas que Martín les mostró ya dentro del hospital en que se albergaba los convencieron en seguida de la utilidad de su compañía. Iscam no sólo le había dejado la buena mula torda de los infanzones de Castrojeriz, sino también casi todo el dinero y las reliquias; Abul Abbás había comprado para su nuevo secretario mozárabe, y por poco dinero, ya que estos animales eran baratos en Galicia, un caballo fuerte y todo cuanto precisaba para viajar en su comitiva.

Cargados con la ligereza de los pecados perdonados y de las promesas cumplidas, con una bolsa de las conchas de Venus y con otros recuerdos valiosos comprados en las plazas de Compostela, emprendieron el peregrino y sus compañeros de Poitiers el regreso por el mismo camino que los había llevado junto al sepulcro.