Y a continuación empezaron a aparecer en su cuerpo las terribles heridas del fuego de san Antón, purulentas llagas que se le clavaron en brazos, piernas y muslos, que le producían convulsiones de día y sueños infernales por la noche. Nadie sabía curar aquella enfermedad y las misas que el peregrino pagó a los sacerdotes que no habían huido del valle tampoco resultaron ventajosas.
En un intento desesperado por salvarla, le propuso conducirla hasta Granada, para que la curase su amigo Abul Abbás. Adosinda se entregaba a visiones tan espantosas que ni siquiera habían sido escritas en el libro del Apocalipsis, pero no podía moverse. No podía siquiera subirse a la mula.
La encontró silenciosa y muerta una mañana de primavera, cuando crecía el río y empezaban a brotar las hojas de los árboles.
Envolvió el cuerpo en la misma piel de oso que los cobijaba durante el sueño, lo cargó en la acémila y lo llevó hasta el otro valle, donde se mantenían en pie la pequeña iglesia de Peñalba y las ruinas de una antigua abadía, en el centro de un caserío negro, desesperadamente agarrado a la montaña. Allí pagó un talento de oro al sacerdote para que la enterrase junto al muro oriental, dentro del claustro medio abandonado, y para que celebrase por la salvación de su alma siete misas al año hasta el día de su muerte.
Regresó a su casa, recogió algunas reliquias de Adosinda para que no se perdiera para siempre su amor, llenó las alforjas de la vieja mula con lo más valioso y lo menos pesado que poseía y se puso de nuevo en camino.
El tiempo de la dicha había sido muy corto.
Después de haberse despedido del dueño de la fragua, un hombre tan sordo que en tanto tiempo apenas había podido conversar con él de otra cosa que de sus industrias comunes, encontró medio escondido en el tronco de un árbol, cerca del río, a uno de aquellos fantasmas ambulantes que habían estado predicándole el final del mundo desde el mismo día en que había llegado al valle.
Se llamaba Genadio y era ya amigo suyo. Se plantó frente a él, desnudo como siempre, a pesar del frío, alzó los brazos al cielo y se puso a gritar una oración en recuerdo de la dulce Adosinda, la que tantas veces le había dado de comer:
– ¡Lágrimas allí no valen! ¡Arrepentimientos allí no aprovechan! ¡Oraciones allí no se oyen! ¡Promesas de futuro allí no se admiten! ¡Tiempo de penitencia allí no queda! ¡Porque se ha acabado la postrera etapa de la vida y no hay día alguno fértil para el perdón!
Martín se acercó a él, le colocó un pie en el pecho, empujó y el anacoreta Genadio cayó rodando al río. Él se echó a llorar y así fue como se detuvo, al caer la noche, ante el refugio de los monjes que seguían esperando la herencia de la abadía.
– Esa muerte fue el castigo de Dios por haber creído que una mujer podía salvarte, peregrino -dijo el prior ciego.
– Dime, monje santo, ¿por qué todos saben cuál es la verdad de las cosas? ¿Por qué todos quieren enseñarme cómo es Dios? ¿Por qué todos quieren decirme la razón de que ese mismo Dios se la haya llevado a ella y yo siga aún vivo? ¿Por qué todos saben enumerar las culpas que justifican la desaparición de mi madre? ¿Qué pecado he cometido yo para ser castigado a nacer en pecado? ¿Por qué siguen moviéndose las estrellas, y por qué nunca se termina el camino? ¿Eres tan sabio y tan santo como para responderme a estas preguntas?
– ¡Ay, hombre necio y soberbio! -respondió el prior-. ¡Dios castigará tu impiedad y nunca, nunca podrás salir del infierno! ¡Jamás encontrarás misericordia en él!
3
El tiempo había también dejado huella profunda de su paso más allá del cuenco verde y fecundo de El Bierzo. Si en aquella tierra se habían levantado algunas iglesias, y nuevos monasterios crecían al lado de las ruinas de los antiguos, el mismo camino a Compostela se había ensanchado en su curso por la montaña, se había enriquecido con puentes y pequeños hospitales cuyos dueños aprovechaban con avaricia las necesidades de los peregrinos; templos nuevos y grandes devociones crecían por todas partes en sus orillas.
El mesonero de Molinaseca tardó un buen rato en reconocer en la figura esquelética, abatida, menesterosa y doliente de Martín al muchacho reidor y despreocupado que había dejado una mula enferma en su casa por compasión de sus malos andares. Había muerto el animal, efectivamente, aunque medio año más tarde de que lo hubiesen abandonado, y después de haberle servido a él de alguna utilidad; quizá también habían muerto algunos de los que habían comido su carne embuchada en tripas de cerdo.
En pago de deuda tan antigua y a la vista de su necesidad de alimento, el generoso mesonero regaló al peregrino dos piezas de cecina poco curada, pero muy sabrosa y de total garantía. De un oso joven cazado en las montañas del norte era la más grande de ellas.
No había calculado Martín de Châtillon que acababa de reanudar su penoso viaje, con ciegas ansias de regresar a su país, en mala época litúrgica y en medio de grandes convulsiones en el reino.
En un lugar confusamente definido del camino que ahora estaba pisando se había instalado la frontera entre dos reinos que antes eran uno solo y que empezaban a mirarse con inquietante suspicacia. A Martín apenas le habían llegado noticias borrosas; no sentía pasión alguna por ellas. Allá los reyes con sus reinos y los abades con sus pleitos; sin la palabra de Adosinda en sus oídos, nada había en el mundo que le interesase de verdad. Ni siquiera él mismo.
– Aquí estamos aún en tierra de nadie -dijo el mesonero-, lo cual sería muy provechoso si no vinieran a robarnos por los dos lados. O en tierra de todos, lo que provoca más codicia… Antes de morir, el rey don Fernando hizo de Galicia un reino para el tercero de sus hijos, don García, y otro de León para el segundo, don Alfonso. Y aun otro más, el de Castilla, para su primogénito don Sancho; aunque sobre ése no tenemos por ahora cuidados ni inquietud. Pero después de aceptar los tres hermanos el reparto, ahora cada uno quiere ser más que el otro y recluían tropas con disimulo por todas partes. Así que levanta mucho los ojos de tu cabalgadura, don Martín, y cuando veas gente armada por el camino échate a un lado y escóndete en un bosque. Antes de preguntarte quién eres pueden haberte robado hasta los ojos.
En lo alto de Foncebadón fue donde descubrió Martín que la santa Iglesia estaba celebrando su cuaresma, y que todos los obispos del reino, dueños de las almas y también de los cuerpos de los pobres, habían mandado que se cumpliera con especial rigor y piedad, para ver si de ese modo Dios Nuestro Señor olvidaba su cólera, se tornaba ciego a los grandes pecados de los hombres y hacía que granasen las cosechas y que volvieran los peces a sus ríos y a sus árboles los pájaros.
Se lo dijo un hombre al que habría matado si no hubiese perdonado su impiedad hacía mucho tiempo. Ese mismo tiempo que parecía no haber pasado por encima del monje Guacelmo, sino para hacerle menos pobre y más poderoso. No vagabundeaba ya por las soledades de las montañas, a la sombra rigurosa del monte Irago, sino que era el dueño de un pequeño hospital levantado cerca de la cumbre de Foncebadón, en el espacio que el peregrino había conocido marcado por una hilera de toscas cruces de piedra.
Él se había detenido a cortar su cecina y a saborear el buen vino del mesonero berciano en el mismo montón de cantos, a la sombra de la misma cruz de hierro. No porque fuese lugar acogedor y ameno, sino porque quería tropezar con el recuerdo de su amigo Iscam el mozárabe y con los días en que aún no conocía la tristeza.
Apareció el monje con el mismo cayado curvo de pastor, imposible casi de ver su rostro tapado por una barba negra muy espesa, gris en sus extremos, que se ensanchaba hacia los hombros. No se cubría los hirsutos pelos con la vieja zalea de lana rancia ni escondía el cuerpo bajo su pesado capote marrón: vestía un hábito negro con ancha cogulla que ahora le abrigaba los hombros.