Martín temió que los alcanzaran allí mismo los perseguidores del rey. Decidió apresurar la marcha sin más demoras. Mandó a los dos villanos de Sahagún que dejaran sus ropas al rey y a su vasallo a fin de que nadie pudiera reconocerlos si los veían; que quemaran las de ellos, salvo lo justo para cubrirse las propias vergüenzas, y enterrasen las cenizas. Dejó su caballo a don Alfonso y a don García el de Munio.
Él y su amigo montaron dos mulas: la que hasta entonces llevaba tan sólo su equipaje y otra de los facundinos, a quienes mandó regresar a su pueblo, con la tercera mula y el caballo enfermo, si se recuperaba, por el camino principal y con orden de no decir nada a nadie que quisiera preguntarles. Perderían la cabeza si hablaban. Dio a uno su sombrero de peregrino y al otro una saya nueva que llevaba en las alforjas para que no los quemase el sol. Entre Munio y él consiguieron encajar en las sillas a los dos hombres exánimes.
– Es mejor que marchemos hacia el norte, para coger el río más arriba, después de las murallas de Cea -dijo Munio-. Luego podemos bajar por entre las choperas, junto al agua, o en una balsa… El camino es más largo, don Alfonso, pero también hay más bosques y no pensarán los castellanos que huimos por ese lado. ¿Te parece a ti bien, Martín?
– Tú serás nuestro guía -respondió el peregrino.
Don Alfonso los miró sin decir nada, pero hizo un gesto de asentimiento que era también de gratitud.
Empezaron a trotar las cabalgaduras sobre el pedregal que se extendía por encima del cauce seco del arroyo; hacia el norte, en línea perpendicular a la que todos ellos habían traído hasta allí, unos desde el oriente y otros desde el occidente. El rey apoyaba las manos en el arzón de su silla, como si quisiera hundirse en él. También García Ordóñez llevaba la espalda encorvada. El sol todavía golpeaba la llanura con toda su furia.
4
Al tullido ben Yacún la pierna se le había endurecido de tal modo con el castigo de los años que más parecía una rama de árbol seca que un miembro humano.
Lo primero que Martín de Châtillon le había dicho cuando lo conoció en la vieja casa de Hasday fue que un buen amigo suyo, médico algebrista en Granada, sin duda podría sanársela. Ben Yacún había estudiado ya los libros de Abul Abbás sobre la disposición de los huesos y su movimiento, y había llegado al convencimiento de que tal curación era imposible, pues su viejo mal estaba causado por los tendones, los que como cuerdas hacían moverse a los huesos, y no por los huesos mismos.
Hasday explicó entre risas que conocía al médico facundino desde su juventud toledana, cuando ya su cojera provocaba burlas, y que nadie nunca había corrido tanto y tan de prisa como él. ¿Qué otro judío había logrado que el abad de San Facundo lo eximiese del pago del censo? ¿A qué otro judío le permitían pasearse por las cámaras secretas del monasterio, entrar en los largos dormitorios de los monjes, sentarse a beber vino en la cocina, bajar a los pasadizos subterráneos e incluso ser bien recibido por las dueñas de San Pedro, que ni siquiera a los sacerdotes cristianos daban permiso para cruzar los umbrales de su cenobio?
– Nadie corre más que él en todo el reino -añadió divertido el mercader- y ningún secreto vuela por el aire antes de entrar en su casa. ¿Para qué necesita que lo cure tu amigo?
– Así es, así es -dijo ben Yacún-. Las miserias de los hombres se asientan en mi casa como el oro en la de Hasday. De no haberse interpuesto su natural prudencia, esta nueva casa suya sería tan grande y lujosa como el palacio del rey.
Los siervos del banquero les habían preparado dos cancines asados a la manera de las gentes del desierto, aquellos antepasados a quienes todos tenían olvidados ya; degollados y desangrados según la ley de Moisés, aunque no tanto a causa de la ley misma como por su gusto y porque ben Yacún conocía los riesgos de mantener la sangre dentro de los cuerpos de los animales muertos. Previamente habían abierto el apetito con jugosos y tiernos puerros asados que le había regalado al médico alguno de sus enfermos.
Ahora, después del banquete, intentaban vaciar el ánfora de vino dulce que Martín aportaba al festejo. Había pagado por ella un precio muy elevado, casi obligando con el prestigio de su autoridad a que el vinatero de Málaga, que la llevaba al castillo de León, se la vendiera.
Todo honor era pequeño, a su juicio, para festejar al hermano de ben Saruq, que se había mandado hacer una buena casa toda entera de ladrillo a la entrada del barrio de San Martín, y aprovechaba la noche de plenilunio para abrírsela ceremoniosamente a sus amigos. De ladrillo y de cámaras en dos alturas. Abajo tenía dispuesto su almacén de telas moriscas y persas, objetos de culto, collares, diademas, brazaletes y otras joyas de princesas; en fin, toda suerte de tesoros traídos del sur y aun del oriente remoto para vender a los nobles leoneses. Detrás, un fresco patio rodeado de pequeños arcos y sembrado de flores, así como la cuadra y las habitaciones de los criados. Arriba estaban las cámaras personales, la suya, la de sus dos hijas, más otras dos para los invitados.
Sólo había en Sahagún otra casa de dos alturas, la del merino cristiano, que era un anciano tío del rey, aparte de los dos nuevos edificios del monasterio.
Hasday, más por fidelidad a la esposa cristiana muerta hacía mucho tiempo que por cuidado de sus negocios, había decidido establecerse para siempre en Sahagún; por lo menos, mientras nadie le obligase a marcharse de allí.
Muchas veces se había negado a participar en León en la prosperidad de su hermano ben Saruq, que continuamente lo llamaba y lo visitaba para convencerlo de la utilidad de ese cambio; había rechazado ofrecimientos de otros parientes de Toledo e incluso de Córdoba, donde las riquezas corrían como ríos caudalosos. Él había sido el primer hebreo que pagó su censo a los monjes de San Facundo, antes incluso que el médico ben Yacún, y los clérigos lo respetaban tanto como los burgueses y los campesinos. Vivía feliz.
Vivía feliz y era, junto a Martín de Châtillon y los familiares del rey, el vecino más conspicuo y de más dignidad de San Martín, barrio en el cual soñaba construir una sinagoga para las gentes de su religión, ahora que había concluido su propia casa.
Los monjes habían apoyado en un principio el poblamiento de aquellos campos yermos en los que empezaban a instalarse los extranjeros que deseaban probar fortuna en Sahagún, tentados por su prosperidad y por la predilección que el rey mostraba hacia la villa. Dispensaron a los moradores del pago de las rentas de los terrenos que sus casas ocupaban o lo habían aplazado durante cinco años.
Poco a poco se fueron trasladando también al lugar los que habían llegado antes, como Hasday y ben Yacún, y el abad comenzó entonces a mirar con alguna suspicacia el excesivo engrandecimiento del caserío. No podía vigilarlo con el mismo esmero que al resto de la villa, como a las casas pegadas a los muros de su monasterio. Y era precisamente allí donde solían prenderse las llamas del descontento hacia su autoridad, donde se abrían los manantiales de las protestas y donde se generaba la ira.
Algunos de aquellos vecinos libres o extranjeros habían formado incluso una Hermandad, que varias veces al año mandaba a sus representantes con súplicas intolerables y con heréticas soluciones a las habituales y necesarias subidas de tributos.
El nuevo barrio que crecía en Sahagún estaba situado al norte de la abadía, más allá del núcleo vecinal primitivo; y se alargaba desde la orilla del río hasta las suaves colinas del camino de Carrión, paralelo a los edificios del monasterio y a la calzada de los peregrinos pavimentada con cantos. De modo que entre San Martín y la abadía quedaban las calles de los villanos de más tradición, las casas de los altos servidores de los monjes, de los artesanos más antiguos y de los funcionarios reales, dos iglesias, el hospital y algunas huertas.