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Ellos se miraron atónitos, como si regresaran de un sueño. Inclinaron la cabeza hasta tocar las piedras del pavimento y luego se besaron ruidosamente entre lágrimas.

Así los dejó Martín. Al salir a la huerta, vio que no era el lignum crucis lo que portaba, sino el trozo de la caña con que habían azotado a Cristo atado a la columna. Es decir, una caña del río Carrión que su amigo Iscam había mandado engarzar e insertar en un precioso relicario de plata; la misma que había salvado a aquella aldea de la plaga de langostas. Pensó que tal vez era efectivamente santa. En cualquier caso, se había referido a otra reliquia distinta y era ésa la que había apaciguado a los monjes.

Comenzó entonces a correr por la huerta gritando lo mismo:

– ¡Lignum crucis! ¡Lignum crucis! ¡Adorad el lignum crucis y detened esa furia, hermanos míos! ¡Luzca la paz de Dios entre nosotros, amén!

Ben Yacún cojeaba a toda prisa detrás de él, incrédulo ante lo que sus ojos estaban viendo: los combatientes se detenían, besaban devotos la reliquia y acababan besándose entre ellos. Luego, los que se mantenían en pie regresaban a la iglesia de la abadía. Algunos retornaron con baldes de agua para intentar apagar la hoguera. Don Roberto pasó junto a ellos, doliéndose de la espalda, con la preciosa capa persa desgarrada y sucia. Les sonrió triste y afectuoso.

– Deja que mire tu herida, reverendo abad -pidió ben Yacún.

– No es más que un simple golpe… O unos cuantos. Ocúpate de los otros, por favor. Algunos te necesitarán más.

– ¿Quieres que te ayude? -preguntó Martín.

– Debes de ser el único que puede hacerlo. Sí.

6

Quiso el mismo rey en persona calmar las tensiones del monasterio, que estaban incluso desbordándose por toda la ciudad.

Cuando entró en Sahagún, sin embargo, otros ocho monjes habían escapado ya del santo cenobio y habían pedido refugio en pequeñas abadías que continuaban fieles a los antiguos ritos mozárabes; algunas, en las montañas y valles de El Bierzo; otras, cercanas a la frontera con el reino de Toledo. Contaban que incluso uno, maestro muy respetado, había obtenido asilo en una habitación de los demonios, en una mezquita sarracena al sur de Coimbra.

Antes de abandonar la abadía, aquellos hombres apóstatas o piadosísimos, según se los describían a Martín los de una u otra facción, no escondieron su lengua ni guardaron para sí el veneno que en ella acumulaban. Tres de ellos hasta se atrevieron a pasar una semana recorriendo las iglesias rurales, todas ellas propiedad de San Facundo, para adoctrinar a los ignorantes párrocos y sublevados.

Mucho habían luchado ellos por engrandecer el reino de León, decían, por sostener a don Alfonso y mantener la piedad antigua; ahora, el monarca les imponía monjes extranjeros que pretendían sólo borrar las sagradas tradiciones tan fecundamente cultivadas junto a las tumbas de los mártires del Cea, y taparlas con grandes rigores en la nueva regla. Esos párrocos sembrarían la maléfica cizaña entre sus feligreses, entre las monjas y entre sus mismos compañeros. También difundirían la maldad los capellanes de los condes y de los caballeros.

Ben Yacún pensaba que detrás de tanta agitación no se escondía tan sólo una cuestión de gustos por la manera de cantar o de recitar las misas, ni siquiera los frecuentes fantasmas de la herejía entre los cristianos. El papa Hildebrando, antiguo monje cluniacense muy poderoso y conspirador, ahora llamado Gregorio, quería desde Roma someter para siempre al rey de León y de Castilla, como había hecho ya con otros monarcas y emperadores.

Entre otros muchos géneros de presiones, como veladas amenazas de excomunión y petición de más oro para la silla de San Pedro, le había mandado una carta reprobando y declarando nulo su matrimonio con la reina doña Beatriz, después de que hubiese muerto doña Inés, primera esposa del rey. Nada más que porque era prima suya de tercera clase y prima también lejana de la anterior reina.

Don Alfonso tuvo que repudiarla y casarse otra vez, por consejo o mandato del Papa, con una princesa borgoñona llamada Constanza, la cual le ayudó en seguida a traer de Francia más caballeros para su corte, más maestros para su palacio, más soldados para sus guerras y más monjes para sus abadías y prioratos. Ella misma se hizo tan devota de san Facundo y san Primitivo, que empezó a construirse un palacio cerca del monasterio, en la parte más baja del barrio de San Martín.

– ¿Y qué gana nuestro rey con ese sometimiento? Ya es suya la mitad de España, le han jurado vasallaje los navarros, muchos reyes moros le pagan buenas parias, no sólo el de Toledo… Es emperador de toda la cristiandad… ¿Por qué esa humillación ante un cluniacense sentado por sus conspiraciones en la silla de San Pedro?

Martín no podía comprender el pensamiento de los poderosos. Ben Yacún, que era más viejo y los conocía mejor, había reflexionado con mayor hondura sobre sus ambiciones. Y había otro hombre en Sahagún que aún sabía más que él. Hasday recibía secretos no sólo de su hermano el banquero de León, sino de muchos comerciantes que recorrían medio mundo y tocaban el dinero en todas partes, de silenciosos espías, de capitanes traidores y de sacerdotes de distintos dioses a los que no solían guardar siempre la fidelidad jurada.

Según él, don Alfonso perdía algo con ese sometimiento al Papa, pero obtenía mucho más. Todo el camino que llevaba a Santiago empezaba a abundar en grandes iglesias, puentes, hospitales, ricas abadías, milagros, fortalezas; germinaban los santos y los sabios. Eran ya raros los peregrinos que seguían los montañosos senderos del norte, junto al mar, los cuales habían cambiado por el que todo el mundo llamaba ya Camino Francés. Y el que no traía dinero, portaba reliquias; el que no llevaba libros, ofrecía enseñanzas.

Rincones y aldeas de esa calzada se convertían en grandes ciudades, crecía el comercio, se multiplicaban los artesanos de todo género y país. Los mejores canteros habían bajado a vivir junto a ella. El reino se iba poblando cada día más y con mejores gentes.

– Y por otro lado, para defender esta santa vía, el Papa ha ordenado a otros príncipes que ayuden a don Alfonso en su guerra contra los muslimes, dándoles la cruz de guerreros de Dios y prometiéndoles la salvación eterna. Si antes los sarracenos emprendían sus batallas enarbolando el brazo del santo profeta Mahoma, ahora los cristianos llevan siempre con ellos al Hijo del Trueno en su caballo, con la espada y la cruz… Soldados de todos los reinos veis frecuentemente pasar por el nuestro, de tal modo que muy pronto oiremos sin duda cómo don Alfonso ha conquistado Toledo y Zaragoza, Valencia e incluso Badajoz y Sevilla. ¿No vale eso quitar a unos monjes y poner a otros? ¿No vale eso abandonar a una mujer y tomar a otra? ¿No vale eso ordenar que los escribanos cambien la forma de sus letras y los abades la expresión de su canto?

– ¿Ni aun con el riesgo de que caiga la desolación y la muerte sobre todas las almas del reino? -objetó Martín.

– Nuestro santo profeta Isaías escribió: «El pueblo no se ha vuelto contra quien lo golpeaba.» No temas a los ruidos pasajeros, a los perros que ladran, a las gallinas que cacarean y a las murmuraciones de la gente. Tú mismo has comprobado con cuánto afecto han recibido todos al rey, como cuando era mozo y corría por Sahagún como un cazador de liebres. Siempre el que tiene el poder tiene de su lado a los más: también lo dijo uno de nuestros profetas.

– El sabio Salomón, sin duda -afirmó ben Yacún. Valían quizá por todas aquellas promesas y aquellos primeros beneficios del Papa los nuevos dictados del rey, como Hasday sospechaba.