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– Yo me encargaré de buscar albergue, aunque sea pobre -aseguró ben Yacún cuando ya Martín había decidido dormir a los pies de un castaño frondoso-. Aquí se nos reblandecerían los huesos.

Fue preguntando y acabó llamando a la puerta de un comerciante judío. Él mismo se ocupó de convocar a otros dos más de su religión y entre todos, por poco dinero, hicieron hueco en sus cámaras, más pobres que ricas, a los tres viajeros, e incluso encontraron un corral para los criados.

La iglesia de San Salvador rebosaba de gente cuando llegaron. Los soldados del rey y los canónigos les situaron en una posición de cierto privilegio, cerca del altar.

Al cabo de una larga espera, vieron cómo don Alfonso y doña Constanza caminaban hacia el ara muy lentamente, vestidos con trajes tan valiosos como Martín no había visto jamás; sonaban trompetas y darbucas, y más tarde los canónigos entonaron a voces el Te Deum. Seis obispos escoltaban al rey, cada cual más soberbio y más lujosamente ataviado. Detrás de ellos, los dos capitanes más famosos de don Alfonso, García Ordóñez y Sidi Díaz de Vivar; y a continuación, condes, escribanos, abades, dos legados del Papa de Roma, embajadores franceses…

Antes de abrir el arca, el obispo de San Salvador, don Pelayo, celebró con otros seis sacerdotes una misa muy larga, interrumpida por cantos de antífonas, rociadas de hisopos sobre los nobles, golpes de incensarios ante los reyes, genuflexiones, reverencias y lecturas. Luego, un joven canónigo pidió permiso al rey para descerrajar con martillo y escoplo de cantería el arca. Era casi tan larga como la mitad de un hombre y de un codo de alta por algo más de ancha. La recia madera de ciprés estaba cubierta de hilos de oro y de plata y adornada con piedras incrustadas de ágata y ónice, así como camafeos de marfil y nácar. Las figuras crucificadas del Buen Ladrón y del Malo, situadas en cada uno de los extremos, introducían sus brazos de plata por dentro de la madera y la cerraban con más solidez.

A Martín le había contado el rey, en la celda de San Facundo, que dentro de aquella arca se habían guardado las reliquias más valiosas de la cristiandad; que había sido traída desde Jerusalén a Toledo, a través de África.

Había más cofres llenos de huesos y de varios tesoros santos, escondidos tanto en Oviedo como en otras ciudades, pero ninguno tan preciado como aquél. En esos otros se conservaban reliquias innumerables, recogidas por toda España cuando los sarracenos asolaron sus tierras, trescientos cincuenta años antes.

Ahora, don Alfonso le hizo una seña para que se acercase y se situara cerca de él, entre los obispos, los alféreces y los condes. Una vez abierta el arca con un golpe seco y luego un chirrido, el obispo don Pelayo acercó las manos a su interior y comenzó a sacar las reliquias y a decir en voz alta lo que eran, después de leído su título escrito con letras muy pequeñas. Martín recordó de pronto la carta del papa Gregorio.

– Este hombre morirá en seguida por tocar esos objetos -susurró a los oídos del rey.

Don Alfonso se puso una mano en la boca para pedirle silencio, aunque le dirigió una mirada de comprensión.

Don Pelayo iba recitando lentamente sus hallazgos:

– ¡Un trozo de la cruz de Nuestro Señor!

– ¡Adoremus! -vocearon inmediatamente obispos y sacerdotes y, detrás de ellos, todos los demás asistentes.

– ¡Una cápsula con gotas de leche de su Madre Santísima!

– ¡Adoremus!

– ¡Una uña de san Juan Bautista! ¡Un trozo de pan de la última cena del Señor! ¡Una suela de la sandalia derecha de san Pedro! ¡Otro trozo de la cruz! ¡Una espina de los peces que Nuestro Señor multiplicó en Cafarnaún, la ciudad del consuelo! ¡Un fragmento de la túnica de Cristo que los soldados romanos se sortearon! ¡Otro de la sábana en que envolvieron el cuerpo de Nuestro Señor, con un trozo de su carne! ¡Un puñado de tierra sobre la que posó sus pies! ¡Tela de un vestido de la Santa Virgen María! ¡Humo de las pajas del pesebre del Dios Niño encerrado en una ampolla! ¡Dos espinas de la corona de Nuestro Señor! ¡Un denario de los que Judas cobró por traicionarle! ¡Cuero del apóstol san Bartolomé! ¡Una piedra de las que martirizaron a san Esteban, con mancha de su sangre! ¡Un poco del panal de miel que el Niño Jesús comía! ¡Sangre que manó del santo crucifijo en la ciudad de Baruth! ¡Una astilla de la mesa en la que trabajaba san José, también marcada con su sangre! ¡Un trozo de la vara de Moisés! ¡Una piedra del sepulcro del Señor…!

Después de cada anuncio, la multitud dibujaba sobre su cuerpo la señal de la cruz y gritaba con más o menos fuerza, según la admiración que provocaba:

– ¡Adoremus!

Así continuó la ceremonia durante un buen rato: don Pe-layo sacando y enseñando al rey minúsculos fragmentos encerrados en aquella arca inagotable. Emocionados todos, llorando muchos de los presentes.

Pero no era ésa toda la riqueza que la iglesia de Oviedo poseía. Cuando hubo terminado don Pelayo, condujo a don Alfonso y a sus próximos a la sacristía para enseñarles una hidria de mármol blanco, de las seis que hubo en las bodas de Cana de Galilea y en las que milagrosamente el agua se convirtió en vino; una cruz con piedras labradas por los ángeles y otra de roble que cayó del cielo sobre las manos del rey don Pelayo, el santo sudario con manchas de sangre, un calcáneo de santa María Magdalena, los cuerpos de san Eulogio, santa Leocricia, san Julián, parte del de santa Eulalia de Mérida, santa Florentina y varios más, así como huesos de otros setenta u ochenta santos y santas, apóstoles y mártires.

– Hablaremos de todo esto en León -dijo el rey a Martín cuando salía de aquella cámara, rodeado de tanta gente que apenas podía caminar-. Ahora debo ocuparme de los obispos y de todos estos príncipes… Recuerda los tesoros que has visto y vete a mi palacio dentro de tres o cuatro días. Tengo muchas preguntas que hacerte.

7

Apenas abrió Sara la puerta de su casa de León, el merino se puso a gritar hacia el médico ben Yacún y hacia el padre de ella, que estaban sentados en el jardín, mirando el río y cascando alfónsigos entre dos piedras pequeñas; hablaban con alegres voces de los santos tesoros que el de Sahagún había visto.

Martín levantaba los brazos al cielo, hacía giros con la cabeza y le bailaba todo el cuerpo, como si estuviese poseído por una legión de demonios; luego, tomó entre la suyas las manos húmedas de la muchacha, las apretó, las besó.

– ¡Yo sí he encontrado un tesoro, alabado sea Dios!-decía cantando el peregrino. Advirtió ella entonces que no eran demonios, sino ángeles felices los que se asomaban a su ojos.

Si el tesoro del que hablaba era el hombre que estaba a su lado y al que volvía los ojos, aquellos ángeles habían vuelto loco a su huésped. Sara vio cómo Martín pasaba el brazo por encima de los hombros de un mendigo alto y harapiento, extremadamente delgado y con la cabeza calva llena de heridas sangrantes. La única nobleza de aquel hombre residía en sus ojos, que miraban con una mezcla de resignación, de afecto y de soberbia.

Martín lo empujó suavemente delante de él, pasó a un lado de la hija del banquero y llegó hasta los escaños que ocupaban ben Yacún y ben Saruq, sin dejar de repetir sus alabanzas al cielo.

– Éste es mi amigo Iscam de Gormaz, resucitado de entre los muertos -les dijo-. Mi hermano peregrino.

Los dos judíos se quedaron tan sorprendidos y atónitos como la misma Sara. Uno y otro habían escuchado alguna vez aquel nombre, pero estaba muy lejos de sus inquietudes presentes y no alcanzaban a comprender semejante convulsión en Martín. Hizo éste que el mendigo se sentase en un banco de piedra, se acomodó él mismo a su lado y empezó a contar aquel suceso que tan feliz le hacía. En ese instante reaparecía Sara con un gran cuenco de leche fresca que ofreció al recién llegado, el cual la bebió toda de un trago.