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Parecía algo decepcionado por aquella admisión final. Como mucha gente, daba por sentado que el trabajo policial implicaba intriga y misterio, cuando no peleas a puñetazos, tiroteos y largas persecuciones en coche, en las que camiones y autobuses chocaban entre sí cuando los malos efectuaban arriesgadísimas maniobras entre el tráfico urbano.

– ¿Éstas son todas sus llamadas? -preguntó Barbara-. ¿Las de toda su estancia?

– Todas las llamadas de larga distancia -la corrigió Treves-. No hay registros de las llamadas locales que hizo, por supuesto.

Barbara se encorvó sobre el escritorio y empezó a examinar el listado página a página. Vio que las llamadas de larga distancia habían sido pocas y muy espaciadas durante los primeros días de la estancia de Querashi, y a un solo número de Karachi. Durante las últimas tres semanas, sin embargo, las llamadas internacionales se habían incrementado, hasta triplicarse en los últimos cinco días. La inmensa mayoría se habían hecho a Karachi. Sólo había telefoneado cuatro veces a Hamburgo.

Reflexionó sobre esta circunstancia. Entre los mensajes telefónicos dejados para Haytham Querashi durante sus ausencias del Burnt House, no había ninguno de un país extranjero, porque sin duda la competente Belinda Warner habría informado de ello a su superiora, la tarde en que había investigado las papeletas telefónicas. Por lo tanto, o siempre localizaba a la persona a quien llamaba, o no dejaba el mensaje de que le devolvieran la llamada cuando no la encontraba. Barbara observó la duración de cada una de las llamadas y vio confirmada esta última interpretación: la llamada más larga había durado cuarenta y dos minutos, y la más corta trece segundos, tiempo insuficiente para dejar a alguien un mensaje.

Pero lo que Barbara consideraba intrigante era la acumulación de llamadas tan cerca del día de su muerte, y estaba claro que debía localizar a los titulares de esos números. Consultó su reloj y se preguntó qué hora sería en Pakistán.

– Señor Treves -dijo, como paso previo a sacarse de encima al hombre-, es usted una absoluta maravilla.

El hotelero se llevó una mano al pecho, la viva imagen de la humildad.

– Es una satisfacción para mí ayudarla, sargento. Pídame lo que quiera, lo que sea, y me esforzaré al máximo. Y con absoluta discreción, por supuesto. Puede confiar en eso. Sea información, pruebas, recuerdos, testimonios visuales…

– En cuanto a eso… -Barbara decidió que era el mejor momento para extraer al hombre la verdad sobre su paradero la noche en que Querashi murió. Pensó que debía hacerlo sin que se diera cuenta-. El viernes pasado por la noche, señor Treves…

Fue al instante toda atención, con las cejas enarcadas y las manos enlazadas bajo el tercer botón de la camisa,

– ¿Sí, sí? ¿El viernes pasado por la noche?

– Vio marchar al señor Querashi, ¿verdad?

En efecto, dijo Treves. Estaba en el bar sirviendo coñacs y oportos. Vio a Querashi bajar la escalera, reflejado en el espejo. Pero ¿no había informado ya a la sargento al respecto?

Por supuesto que sí, se apresuró a tranquilizarle. Se refería a las demás personas que había en el bar. Si el señor Treves estaba sirviendo coñacs y oportos, parecía lógico concluir que los estaba sirviendo a otros huéspedes. ¿Era así? Y en tal caso, ¿alguno de los demás salió al mismo tiempo que Querashi, tal vez con la intención de seguirle?

– Ah.

Treves apuntó un índice hacia el cielo, mientras asimilaba las preguntas. Dijo que las únicas personas que habían abandonado el bar cuando Querashi salió del Burnt House fueron la pobre señora Porter con su andador, muy lenta para seguir a pie a nadie, y los Reed, una pareja anciana de Cambridge que había ido al Burnt House para celebrar su cuarenta y cinco aniversario de bodas.

– Tenemos una oferta especial para cumpleaños, bodas y aniversarios -confesó-. Me atrevería a decir que querían tomar champán y chocolatinas.

En cuanto a los demás huéspedes, se quedaron en el bar y el salón hasta las once y media. Podía dar fe de todos y cada uno, afirmó. Estuvo con ellos toda la noche.

Estupendo, pensó Barbara. Se quedó complacida al comprobar que acababa de proporcionarse una coartada sin darse cuenta. Le dio las gracias, dijo buenas noches y subió la escalera con el listado de llamadas bajo el brazo.

Ya en la habitación, se dirigió sin más hacia el teléfono. Descansaba sobre una de las dos mesitas de noche, junto a una lámpara polvorienta en forma de pina. Con el listado en el regazo, Barbara marcó el primer número de Alemania. Varios clics, y la comunicación se estableció. Un teléfono empezó a sonar al otro lado del mar del Norte.

Cuando dejó de sonar, tomó aliento para identificarse, pero en lugar de un ser humano, escuchó un contestador automático. Una voz masculina habló en un alemán atropellado. Entendió el número siete y dos nueves, pero aparte de eso y la palabra chüs al final, que tomó por la forma alemana de «adiós», no entendió ni jota del mensaje. Sonó la señal, y dejó su nombre, su número de teléfono y el ruego de que devolvieran la llamada, con la esperanza de que la persona que escuchara el mensaje supiera inglés.

Siguió con el segundo número de Hamburgo y habló una mujer, que dijo algo tan ininteligible como la voz del contestador automático. Al menos, esta vez era un ser humano real, y Barbara no estaba dispuesta a dejarlo escapar.

¡Dios, ojalá hubiera aprendido idiomas en el instituto! Lo único que sabía decir en alemán era Bitte, zwei Bier [7], lo cual no parecía muy adecuado a la situación. Puta mierda, pensó, pero se contuvo lo suficiente para decir:

– Ich spreche… Quiero decir… Sprechen vous… No, no es así… Ich bin ein llamando desde Inglaterra… ¡Joder! ¡Cojones!

Al parecer el estímulo fue suficiente, porque la respuesta llegó en inglés, y las palabras fueron sorprendentes.

– Al habla Ingrid Eck -dijo la mujer, con un acento tan pronunciado que Barbara casi esperó oír Das Deutschlandlied sonando al fondo-. Aquí la policía de Hamburgo. Wer ist das, bitte? ¿En qué puedo ayudarla?

¿Policía?, pensó Barbara. ¿La policía de Hamburgo? ¿La policía alemana? ¿Por qué cono llamaba desde Inglaterra un paquistaní a la policía alemana?

– Lo siento -dijo-. Soy la sargento detective Barbara Havers. New Scotland Yard.

– ¿New Scotland Yard? -repitió la mujer-. Ja! ¿A quién desea hablar en este lugar?

– No estoy segura -dijo Barbara-. Estamos investigando un asesinato, y la víctima…

– ¿Es una víctima alemana? -preguntó al instante Ingrid Eck-. ¿Hay algún ciudadano alemán implicado en un homicidio, por favor?

– No. Nuestra víctima es asiática. Paquistaní, en realidad. Un tipo llamado Haytham Querashi. Telefoneó a este número dos días antes de que le mataran. Intento localizar a la persona con quien habló. ¿Puede ayudarme?

– Oh. Ja. Entiendo.

Habló con alguien en un alemán muy rápido, y Barbara sólo entendió las palabras «Inglaterra» y mord. Contestaron varias voces, guturales como los carraspeos de media docena de hombres con las narices cargadas de mocos. Las esperanzas de Barbara aumentaron cuando oyó la pasión con que hablaban, pero murieron cuando la voz de Ingrid sonó de nuevo.

– Aquí Ingrid otra vez. Siento terror de no poder ser de ayuda.

¿Terror?, pensó Barbara, antes de corregir mentalmente, «Temo».

– Voy a deletrearle el nombre -dijo-. Los nombres extranjeros suenan raro cuando se oyen por primera vez, ¿verdad? Si lo viera escrito, tal vez usted lo reconocería. U otra persona, si pasa la voz.

Poco a poco, con al menos cinco pausas para hacer correcciones, Ingrid copió el nombre de Haytham Querashi. Dijo en su creativo y chapurreado inglés que lo haría correr por la comisaría, pero New Scotland Yard no debía abrigar grandes esperanzas de recibir una respuesta útil. Muchos centenares de personas trabajaban en la Polizeihochhaus de Hamburgo, en una u otra división, y era imposible saber si la persona que había hablado con el paquistaní vería el nombre. La gente empezaba sus vacaciones de verano, la gente estaba sobrecargada de trabajo, la gente se fijaba más en los problemas de Alemania que en los de Inglaterra…

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[7] «Dos cervezas, por favor» (N. del T.)