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Combatir los maleficios de la obsesión con el antídoto de la obsesión voluntaria; proyectar la película donde habían quedado grabados los símbolos representativos de su capital espiritual; escrutar con furia inquisitiva todos los espectros de su universo mental; revolver apasionadamente entre esos testimonios inmateriales de su existencia, hasta descubrir una figura lo suficientemente absorbente para colmar todo el dominio de su conciencia, sin dejar intersticio alguno. Pasó revista febrilmente. El odio al japonés y el sentimiento del deber eran excitantes irrisorios, que ningún escenario lo suficientemente nítido contenía. Pensó en sus superiores, en sus amigos, que habían depositado en él toda su confianza y le aguardaban en la otra orilla. Eso tampoco era lo bastante real, sino únicamente lo suficiente para arrastrarle a sacrificar su propia vida. Hasta la euforia del éxito resultaba ahora estéril. Quizá debiera representarse la victoria bajo una forma más palpable que la de la aureola semiiluminada, cuya pálida irradiación ya no encontraba ningún elemento material al que acogerse.

Una imagen atravesó súbitamente su mente, una imagen que resplandeció con luz pura lo que dura un relámpago. Incluso antes de identificarla, intuyó que era lo suficiente importante como para encarnar una esperanza. Se esforzó por reconocerla y brilló de nuevo. Se trataba de la alucinación de la noche anterior: la hoja de diseño bajo el proyector, con las innúmeras representaciones de la vigueta sobre las que se superponían rectángulos oscuros, esa hoja dominada por un título en letra redonda, que componía interminablemente una palabra en caracteres grandes y relucientes: «destrucción».

Ahora la alucinación ya no se extinguía. A partir del momento en que, reclamado por su instinto, se hizo amo victorioso de su espíritu, sintió que sólo ésta era lo bastante consistente, completa y poderosa como para ayudarle a sublimar las repugnancias y temblores de su mísera carcasa. Era embriagadora como el alcohol y tranquilizadora como el opio. Se dejó invadir por ella y puso gran cuidado en no dejarla escapar.

En medio de ese estado de hipnosis voluntaria, divisó sin asombro varios soldados japoneses sobre el puente del río Kwai.

VI

Shears advirtió la presencia de los soldados japoneses y cayó en un nuevo estado de zozobra.

El tiempo transcurría también para él a un ritmo implacablemente lento. Había conseguido recomponerse tras la inquietud que le había causado la evocación de las cargas. Dejó a los partisanos en su puesto y subió un poco por la pendiente. Se detuvo en un punto que ofrecía una vista de conjunto del puente y el río Kwai. Detectó y examinó con ayuda de los prismáticos las pequeñas olas que se formaban en torno a los pilares. Le pareció ver emerger y desaparecer un trozo de materia oscura, siguiendo el juego del remolino. Llevado por los reflejos, por la necesidad, por el deber, empezó a reflexionar sobre una eventual intervención personal con el fin de remediar ese revés del destino. «Siempre se puede hacer algo, siempre hay una acción que se puede intentar», afirmaban los mandos de la Unidad 316. Por primera vez desde que iniciara la práctica de esa profesión, a Shears no se le ocurrió nada y maldijo su impotencia.

La suerte estaba echada en lo que a él concernía. Algo similar le ocurría a Warden, que desde las alturas sin duda pudo constatar también esa perfidia del río Kwai, sin poder hacer nada al respecto. ¿Y Joyce? ¿Se había dado cuenta del cambio? ¿Quién le podía asegurar que contaría con la voluntad y los reflejos que requieren las situaciones extremas? Shears, que en el pasado había tenido ocasión de evaluar la magnitud de los obstáculos a superar en casos similares, se reprochó amargamente no poder ocupar el lugar de Joyce.

Pasaron dos horas eternas. Desde el punto en que se encontraba, se distinguían los alojamientos del campamento. Shears observó el ir y venir de los soldados japoneses en uniforme de gala. Había toda una compañía situada a unos cien metros del río, a la espera del tren, para rendir honores a las autoridades encargadas de inaugurar la línea. Quizá los preparativos de dicha ceremonia sirvieran para desviar la atención de los japoneses. Él se agarraba a esa esperanza, pero una patrulla japonesa proveniente del puesto de guardia fue en dirección al puente.

Los hombres, precedidos por un sargento, tomaron posiciones sobre el tablero del puente, en dos filas a ambos lados de la vía. Caminaban a paso lento, con aspecto indiferente y el fusil apoyado descuidadamente sobre el hombro. Su misión era echar una última ojeada antes de que pasara el tren. De vez en cuando, uno de ellos se detenía y se asomaba por la barandilla. Era evidente que sus movimientos venían determinados por la conciencia profesional y las instrucciones recibidas. Shears creyó ver en su exploración una carencia absoluta de convencimiento, lo que probablemente era cierto. No cabía la posibilidad de ningún accidente en el puente sobre el río Kwai, un puente que habían visto construir ante sus propios ojos en ese valle perdido del mundo.

– Miran sin ver -se repetía a sí mismo mientras seguía su avance.

Cada uno de los pasos de los soldados retumbaba en su cabeza. Se esforzó por no quitarles ojo ni un momento, espiando los menores movimientos de su recorrido, al tiempo que en su corazón se esbozaba inconscientemente una vaga plegaria dirigida a un dios, un demonio o cualquier otra potencia misteriosa, en caso de que existiera. A cada segundo calculaba mecánicamente su velocidad y la fracción de puente barrida. Sobrepasaron la mitad del puente. El sargento, apoyado contra la barandilla, se dirigió al soldado más a mano, señalando hacia el río con el dedo. Shears se tuvo que morder la mano para no gritar. El sargento comenzó a reír. Probablemente comentaba la bajada de nivel. A continuación, se marcharon.

Shears había acertado: miraban pero sin ver. Tuvo la sensación de que acompañándoles con la mirada había ejercido una especie de influencia sobre la capacidad de percepción de los japoneses, un fenómeno de sugestión a distancia. El último hombre abandonó el puente. Nadie había sospechado nada…

Pero volvieron. En esta ocasión recorrieron el puente en sentido inverso, con la misma apariencia de desenvoltura. Uno de ellos se asomó, con toda la parte superior de su cuerpo, por encima de la sección de riesgo y retomó seguidamente su puesto en la patrulla.

Atravesaron todo el puente. Shears se secó el sudor de la cara. Entonces, se alejaron.

– No han visto nada -repitió mecánicamente en voz baja, para convencerse mejor del milagro.

Los acompañó celosamente y no los perdió de vista hasta que volvieron a unirse a su compañía. Antes de dejarse arrastrar por una nueva esperanza, un extraño sentimiento de orgullo le atravesó la mente.

– En su lugar -murmuró-, yo no hubiera sido tan negligente. Cualquier soldado inglés habría descubierto el sabotaje… En fin, el tren no puede estar lejos.

Como si de una respuesta a este último pensamiento se tratara, oyó entonces unas voces roncas dando órdenes en la orilla enemiga y, acto seguido, se produjo un tumulto entre los soldados. Shears dirigió su mirada a lo lejos. En el horizonte, del lado de la llanura, una pequeña nube de humo negro delataba al primer convoy japonés que atravesaba Tailandia, el primer tren cargado de tropas, munición y eminentes generales japoneses, a punto de pasar por el puente sobre el río Kwai.