– Ray Larner, FBI. You must be officers Jalm and Halm from Stockholm. [8]
– Paul Hjelm -respondió Jalm.
– Kerstin Holm -dijo Halm.
-So he's started now? -preguntó Larner con una sonrisa de lamento-. A pair of fresh eyes is probably what this case needs [9]
-It's basically a matter of adding our information to your vast archive of knowledge [10] -contestó Kerstin con una modestia ligeramente aduladora.
Larner asintió con un pesado movimiento de cabeza.
– Como ya sabéis, he dedicado una buena parte de mi vida profesional a perseguir a ese tipo. Aun así, sigo sin saber qué es lo que hace. Es el más misterioso de todos nuestros asesinos en serie. Con la mayoría de ellos no solemos tardar mucho en establecer un cuadro de posibles motivos y un perfil psicológico, pero K se desvía de casi todos los criterios habituales. Bueno, ya habéis visto mi informe.
Asintieron. Larner llamaba K al Asesino de Kentucky, igual que los oscuros integrantes de FASK con los que Chávez había contactado por internet. Fans of American Serial Killers. Los dos se estremecieron al pensar en esas siglas.
La cinta se puso en marcha con un carraspeo para, acto seguido, empezar a escupir equipajes en una continua pero lenta corriente. Pasaron tres cuartos de hora antes de que aparecieran sus dos pequeñas maletas -que probablemente podrían haber pasado como equipaje de mano- deslizándose despacio por la cinta, una al lado de la otra. Durante toda la espera, un relajado Ray Larner estuvo conversando con sus invitados sin mostrar ni una sola vez el menor síntoma de impaciencia. O había contado con este tiempo en su jornada laboral, o se trataba de un rasgo distintivo de su personalidad, la misma característica que le había permitido dedicar toda una vida al mismo caso: una paciencia inagotable que seguramente escondía una determinación de hierro.
Hablaron del calor en Nueva York en esos días finales de verano; del Community policing, el nuevo y exitoso método para combatir la delincuencia en la ciudad; de la estructura del cuerpo policial sueco y de sus, en ocasiones, extrañas prioridades; del mal tiempo otoñal de Estocolmo, y, aunque muy por encima, también del Asesino de Kentucky. En cuanto la conversación se aproximaba a lo que no consideraba oportuno tratar en espacios públicos, Larner la reconducía por otros derroteros con la elegancia de un práctico que, sorteando los escollos, pilota una embarcación por un archipiélago.
Durante toda la conversación, Hjelm se dedicó a estudiar a Larner. El lenguaje corporal indicaba siempre algo distinto de lo que decía el oscuro traje oficial del FBI. Era como si su actitud relajada, controladamente alegre, y sus movimientos ágiles y precisos pidieran perdón por la vestimenta. Hjelm se entretenía reflexionando sobre la discrepancia entre el aspecto esperado y el real. Para empezar no había contado con que Larner pudiera ser negro, lo cual, naturalmente, escondía toda una serie de prejuicios. Pero tampoco había imaginado que tuviera tan buen ánimo, tras todos los contratiempos que había sufrido con el bueno de K: la caza infructuosa hacía veinte años, o la persecución del líder del Commando Cool, Wayne Jennings -a todas luces inocente-, que terminó con la muerte de éste y con el consiguiente juicio y posterior degradación de Larner. Luego el retorno, y todo volvió a empezar… Sin embargo, Larner daba la impresión de contemplar el espectáculo con una sonrisa indulgente. Parecía estar en posesión del don divino de saber separar el trabajo y la vida privada; de alguna forma, irradiaba una vida privada feliz.
Como era de esperar, fue Jerry Schonbauer quien se encargó de las dos maletas. En sus manos parecían un par de neceseres.
– ¿Qué os parece el siguiente plan? -preguntó Larner retóricamente-. Primero os llevamos al hotel, para que podáis refrescaros después del viaje, luego comemos en mi restaurante favorito y después empezamos a trabajar. Pero antes de nada -añadió haciendo un gesto con la cabeza a Schonbauer, que echó a andar con las maletas en dirección a la salida que se divisaba en la lejanía-, una visita guiada por el aeropuerto de Newark.
Abandonaron la cinta de equipajes para meterse en el verdadero vestíbulo de llegadas del aeropuerto. Hjelm se detuvo unos instantes bajo las bóvedas monumentales con los ojos abiertos como platos: «¡Qué altura!», pensó, y la escena se le antojó familiar. Luego echó a correr para alcanzar a Holm y a su galante guía, Larner. Caminaron un kilómetro, quizá más, atravesando un paisaje interior que nunca parecía cambiar, en el que incluso la incesante corriente de viajeros daba la impresión de ser estática.
Al final se detuvieron delante de una pequeña puerta en medio del mar de gente. Larner sacó un llavero, metió una llave en la cerradura y abrió. Un cuarto de limpieza, de los grandes. Tubos fluorescentes en el techo bajo, paredes blancas, limpias, baldas con productos de limpieza meticulosamente organizados, trapos, escobas, cubos, toallas. Rodearon las estanterías y fueron a parar a una estancia un poco más amplia. Allí había una silla y una mesa de trabajo con unos acartonados bocadillos encima, nada más. A través de una minúscula ventana desfilaban los gigantescos cuerpos de los aviones que aterrizaban y despegaban.
Aquí había pasado la última hora de su vida Lars-Erik Hassel.
Y vaya hora.
Hjelm y Holm miraron a su alrededor. No había mucho que ver. Un espacio aséptico en el que morir de forma aséptica.
Larner señaló la silla.
– La original la tenemos nosotros, naturalmente -explicó-. Aparte de los líquidos corporales del señor Hassel no había ningún otro rastro. Nunca lo hay.
– ¿Nunca? -repitió Kerstin Holm.
– Cuando empezamos no existía la posibilidad de realizar análisis de ADN, claro -respondió Larner, encogiéndose de hombros-. Pero a juzgar por los seis asesinatos de la nueva serie, no creo que se nos pasara por alto nada. Jamás deja rastro alguno. Como si fuese sobrehumano. K.
Lo último sólo era una letra, pero el tono de voz lo elevó a alturas astronómicas.
– Nueve -le corrigió Kerstin Holm.
Larner la contempló con detenimiento al tiempo que asentía pesadamente con la cabeza.
Hjelm se quedó un momento más. Quería estar solo. Se sentó en la silla y recorrió la estancia con la mirada. Qué estéril le resultó todo, estéril y eficiente a la manera norteamericana. Cerró los ojos e intentó percibir algo, una mínima parte del dolor horrible, mudo, que esas paredes habían encerrado. Procuró lograr algún tipo de contacto telepático con lo que aún quedaba del sufrimiento de Lars-Erik Hassel.
No lo consiguió.
Estaba allí, pero lejos del alcance de las palabras.
Todo fue muy rápido. El agente del FBI Schonbauer los condujo con mano experta a través de un caos circulatorio de dimensiones insólitas mientras Larner, a su lado, se quedaba traspuesto. Hjelm y Holm iban en el asiento de atrás sintiéndose muy pequeños. Atravesaron el enorme Holland Tunnel por debajo del Hudson River y salieron a Canal Street, para casi enseguida girar a la izquierda y entrar en el Soho. Subieron por la Octava Avenida y al cabo de un rato llegaron a un pequeño hotel cerca de Chelsea Park, de nombre Skipper's Inn. Puesto que encontrar un sitio para aparcar equivalía a una de las utopías de Swift, Schonbauer los dejó en la acera; Larner pasaría a buscarles en una hora y media. El edificio, un vestigio decimonónico de una curiosa forma alargada, se hallaba encajado entre dos modernas construcciones, brillantes como perlas de cristal, al más puro estilo de Manhattan.