Glauser-Róist siguió andando en silencio durante unos instantes.
– Ese es mi trabajo -le espetó, por fin-: impedir que salgan a la luz los trapos sucios del Vaticano. La Iglesia es santa, pero, sin duda, sus miembros son muy pecadores.
El profesor y yo nos miramos significativamente y no volvimos a despegar los labios hasta que no nos hallamos en el Hipogeo. El capitán tenía las llaves y las claves de todas las puertas del Archivo Secreto y, viéndole avanzar con esa seguridad de un lugar a otro, se comprendía que no era la primera noche que se colaba solo en aquellas dependencias.
Por fin entramos en mi laboratorio -que ya no era, ni de lejos, aquel pulcro despacho que fue meses atrás- y me llamó la atención un grueso libro que descansaba sobre mi mesa. Caminé hacia él, atraída como un imán, pero Glauser-Róist, más rápido, me adelantó por la derecha y lo cogió entre sus manazas, sin dejarme verlo.
– Doctora, profesor… -empezó la Roca, obligándonos a tomar asiento apresuradamente para prestarle atención-. Tengo entre las manos un libro, una especie de guía de viaje, que nos va a llevar hasta el Paraíso Terrenal.
– ¡No me diga que los staurofílakes han publicado una Baedeker [15]! -comenté con sorna. El capitán me fulminó con la mirada.
– Algo parecido -repuso, girando el volumen para mostrarnos la portada.
Por un instante, Farag y yo nos quedamos en suspenso, sin decir nada, tan sorprendidos por lo que veíamos como un par de colegiales ante una ceremonia vudú.
– ¿La Divina Comedia de Dante? -me extrañé. O el capitán se estaba riendo de nosotros, o, lo que era peor, se había vuelto completamente loco.
– La Divina Comedia de Dante, en efecto.
– Pero… ¿la de Dante Alighieri? -preguntó Farag, más asombrado que yo, si cabe.
– ¿Acaso hay alguna otra Divina Comedia, profesor? -arguyó Glauser-Róist.
– Es que… -balbució Farag, mirándole con incredulidad-. Es que, capitán, reconozca que no tiene mucho sentido -se rió bajito, como si acabara de escuchar un chiste-. ¡Venga, Kaspar, no nos tome el pelo!
Por toda respuesta, Glauser-Róist se sentó sobre mi mesa y abrió el libro por la página que tenía una marca adhesiva de color rojo.
– Purgatorio -recitó como un escolar aplicado-. Canto 1, versos 31 y siguientes. Dante llega con su maestro Virgilio a las puertas del Purgatorio y dice:
Vi junto a nosotros a un anciano solitario,
digno al verle de tanta reverencia,
que más no debe a un padre su criatura.
Larga la barba y blancas las greñas
llevaba, semejante a sus cabellos,
que al pecho en dos mechones le caían.
Los rayos de las cuatro luces santas
llenaban tanto su rostro de luz,
que le veía como al Sol de frente.
El capitán nos miró, expectante.
– Muy bonito, sí -comentó Farag.
– Poético, sin duda -confirmé yo, cargada de cinismo.
– ¿Pero es que no lo ven? -se desesperó Glauser-Róist.
– Pero ¿qué es lo que quiere que veamos? -exclamé.
– ¡Al anciano! ¿Es que no lo reconocen? -ante nuestras miradas atónitas y nuestros gestos de total incomprensión, el capitán suspiró resignadamente y adoptó un aire de paciente profesor de escuela priMaría-. Virgilio obliga a Dante a que se postre frente al anciano respetuosamente y el anciano les pregunta quienes son. Entonces Virgilio se lo explica y le dice que, a petición de Jesucristo y de Beatriz (la amada muerta de Dante), le está mostrando a éste cómo son los reinos de ultratumba -pasó una página y volvió a recitar:
Ya le he mostrado la gente condenada;
y ahora pretendo las almas mostrarle
que se purifican bajo tu mandato.
Dígnate agradecer que haya venido:
busca la libertad, que es tan preciada,
como sabe quien a cambio dio su vida.
Tú lo sabes, pues por ella no fue amarga
tu muerte en Útica; allí dejaste
tu cuerpo que radiante será un día.
– ¡Útica! ¡Catón de Útica! -grité-. ¡El anciano es Catón de Útica!
– ¡Por fin! Eso era lo que quería que descubrieran -explicó Glauser-Róist-. Catón de Útica, el que dio nombre a los archimandritas de la Hermandad de los Staurofílakes, es el Guardián del Purgatorio en la Divina Comedia de Dante. ¿No les parece significativo? Ya saben que la Divina Comedia está compuesta de tres partes: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Cada una de ellas se publicó por separado, aunque formando parte del conjunto. Observen las coincidencias entre el texto del último Catón y el texto dantesco del Purgatorio -pasó hojas hacia delante y hacia atrás, y buscó sobre mi mesa la copia transcrita del último bifolio del Códice Iyasus-. En el verso 82, Virgilio le dice a Catón: «Deja que andemos por tus siete reinos», pues Dante debe purgar los siete pecados capitales, uno en cada círculo o cornisa de la montaña del Purgatorio: soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria -enumeró. Luego cogió la copia del bifolio y leyó-: «La expiación de los siete graves pecados capitales se realizará en las siete ciudades que ostentan el terrible privilegio de ser conocidas por practicarlos perversamente, a saber, Roma por su soberbia, Rávena por su envidia, Jerusalén por su ira, Atenas por su pereza, Constantinopla por su avaricia, Alejandría por su gula y Antioquía por su lujuria. En cada una de ellas, como si fuera un purgatorio sobre la tierra, penarán sus faltas para poder entrar en el lugar secreto que nosotros, los staurofílakes, llamaremos Paraíso Terrenal.»
– ¿Y la montaña del Purgatorio de Dante tiene en su cima el Paraíso Terrenal? -preguntó Farag, interesado.
– En efecto -confirmó Glauser-Róist-, la segunda parte de la Divina Comedia termina cuando Dante, después de purificarse de los siete pecados capitales, llega al Paraíso Terrenal, y desde allí ya puede alcanzar el Paraíso Celestial, que es la tercera y última parte de la obra. Pero, además, escuchen lo que el ángel guardián de la puerta del Purgatorio le dice a Dante cuando éste le suplica que le deje pasar:
Siete P, con la punta de la espada
en mi frente escribió: «Lavar procura
estas manchas -me dijo- cuando entres [16].»
¡Siete P, una por cada pecado capital! -siguió diciendo el capitán-. ¿Lo entienden? Dante se verá libre de ellas, una por una, a medida que vaya expiando sus pecados en las siete cornisas del Purgatorio y los staurofílakes marcan a los adeptos con siete cruces, una por cada pecado capital superado en las siete ciudades.
Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso Dante había sido un staurofílax? Sonaba un poco absurdo. Tenía la sensación de que navegábamos sobre aguas turbias y de que estábamos tan cansados que carecíamos de perspectiva.
– Capitán, ¿cómo está tan seguro de lo que afirma? -pregunté sin poder evitar que todas esas dudas se reflejaran en mi voz.
– Mire, doctora, conozco esta obra como la palma de mi mano. La estudié a fondo en la universidad y puedo garantizarle que el Purgatorio de Dante es la guía Baedeker, como usted ha dicho, que nos llevará hasta los staurofílakes y los Ligna Crucis robados.
– Pero ¿cómo puede estar tan seguro? -insistí, terca-. Podría ser una casualidad. Todo el material que Dante utiliza en la Divina Comedia forma parte de la mitología cristiana medieval.