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– ¡Por Dios Santo, Farag! -gemí-. ¿Cómo puedes blasfemar de esta manera cuando estamos a punto de morir?

Jamás pensé que Farag no fuera creyente. Sabía que no era lo que se dice un cristiano practicante, pero de ahí a no creer en Dios mediaba un abismo. Afortunadamente, yo no había conocido a muchos ateos en mi vida; estaba convencida de que todo el mundo, a su manera, creía en Dios. Por eso me horroricé al darme cuenta de que aquel estúpido se estaba jugando la vida eterna por decir esas cosas espantosas en el último minuto.

– Dame la mano, Ottavia -me pidió, tendiéndome la suya, que temblaba- Si voy a morir, me gustaría tener tu mano entre las mías.

Se la di, por supuesto, ¿cómo iba a negársela? Además, yo también necesitaba un contacto humano, por breve que fuera.

– Capitán -llamé-. ¿Quiere que recemos?

El calor era infernal, apenas quedaba aire y ya casi no veía, y no sólo por las gotas de sudor que me caían en los ojos, sino porque estaba desfallecida. Notaba un dulce sopor, un sueño ardiente que se apoderaba de mí, dejándome sin fuerza. El suelo, aquella fría plancha de hierro que nos había recibido al llegar, era un lago de fuego que deslumbraba. Todo tenía un resplandor anaranjado y rojizo, incluso nosotros.

– Por supuesto, doctora. Empiece usted el rezo y yo la seguiré.

Pero, entonces, lo comprendí. ¡Era tan fácil…! Me bastó echar una última mirada a las manos que Farag y yo teníamos entralazadas: en aquel amasijo, húmedo por el sudor y brillante por la luz, los dedos se habían multiplicado… A mi cabeza volvió, como en un sueño, un juego infantil, un truco que mi hermano Cesare me había enseñado cuando era pequeña para no tener que aprender de memoria las tablas de multiplicar. Para la tabla del nueve, me había explicado Cesare, sólo había que extender las dos manos, contar desde el dedo meñique de la mano izquierda hasta llegar al número multiplicador y doblar ese dedo. La cantidad de dedos que quedaba a la izquierda, era la primera cifra del resultado, y la que quedaba a la derecha, la segunda.

Me desasí del apretón de Farag, que no abrió los ojos, y regresé frente al ángel. Por un momento creí que perdería el equilibrio, pero me sostuvo la esperanza. ¡No eran seis y tres los eslabones que había que dejar colgando! Eran sesenta y tres. Pero sesenta y tres no era una combinación que pudiera marcarse en aquella caja fuerte. Sesenta y tres era el producto, el resultado de multiplicar otros dos números, como en el truco de Cesare, ¡y eran tan fáciles de adivinar!: ¡los números de Dante, el nueve y el siete! Nueve por siete, sesenta y tres; siete por nueve, sesenta y tres, seis y tres. No había más posibilidades. Solté un grito de alegría y empecé a tirar de las cadenas. Es cierto que desvariaba, que mi mente sufría de una euforia que no era otra cosa que el resultado de la falta de oxígeno. Pero aquella euforia me había proporcionado la solución: ¡Siete y nueve! O nueve y siete, que fue la clave que funcionó. Mis manos no podían empujar y tirar de los mojados eslabones, pero una especie de locura, de arrebato alucinado me obligó a intentarlo una y otra vez con todas mis fuerzas hasta que lo conseguí. Supe que Dios me estaba ayudando, sentí Su aliento en mí, pero, cuando lo hube conseguido, cuando la losa con la figura del ángel se hundió lentamente en la tierra, dejando a la vista un nuevo y fresco corredor y deteniendo el incendio del subterráneo, una voz pagana en mi interior me dijo que, en realidad, la vida que había en mi siempre se resistiría a morir.

Arrastrándonos por el suelo, abandonamos aquel cubículo, tragando bocanadas de un aire que debía ser viejo y rancio, pero que a nosotros nos parecía el más limpio y dulce de cuantos hubieramos respirando nunca. No lo hicimos a propósito, pero, sin saberlo, cumplimos también con el precepto final que el ángel le había dado a Dante: «Entrad en el Purgatorio, mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir.» No miramos hacia atrás y, a nuestra espalda, la losa de piedra se volvió a cerrar.

Ahora el camino era amplio y ventilado. Un largo pasillo, con algún que otro escalón para salvar el desnivel, nos iba acercando a la superficie. Nos hallábamos rendidos, maltrechos; la tensión que habíamos sufrido nos había dejado al borde de la extenuación. Farag tosía de tal manera que parecía a punto de romperse por la mitad; el capitán se apoyaba en las paredes y daba pasos inseguros, mientras que yo, confusa, sólo quería salir de allí, volver a ver grandes extensiones de cielo, notar los rayos del sol en mi cara. Ninguno de los tres era capaz de decir ni media palabra. Avanzábamos en completo silencio -excepto por las toses intermitentes de Farag-, como avanzan sin rumbo los supervivientes de una catástrofe.

Por fin, al cabo de una hora, u hora y media, Glauser-Róist pudo apagar la linterna porque la luz que se colaba a través de los estrechos lucernarios era más que suficiente para caminar sin peligro. La salida no debía estar muy lejos. Sin embargo, pocos pasos después, en lugar de llegar a la libertad, arribamos a una pequeña explanada redonda, una especie de rellano de un tamaño aproximado al de mi pequeña habitación del piso de la Piazza delle Vaschette, cuyos muros estaban literalmente invadidos por los signos griegos de una larguísima inscripción tallada en la piedra. A simple vista, leyendo palabras sueltas, parecía una oración.

– ¿Has visto esto, Ottavia? -La tos de Farag se iba calmando poco a poco.

– Habría que copiarlo y traducirlo -suspiré-. Puede ser una inscripción cualquiera o, quizá, un texto de los staurofílakes para aquellos que superan la entrada al Purgatorio.

– Empieza aquí -indicó con la mano.

La Roca, que ya no parecía tan roca, se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda contra el epígrafe, y extrajo de la mochila una cantimplora con agua.

– ¿Quieren? -nos ofreció, lacónico.

¡Que si queríamos…! Estábamos tan deshidratados que, entre los tres, dimos cuenta completa del contenido del cacharro.

Apenas recuperados, el profesor y yo nos plantamos frente al principio de la inscripción, enfocándola con la linterna:

Pasan caran hghsasqe, adelfoi mou, otan peirasmois peripeshte poikilois,

ginwskvntes ote to dokimon umwn ths pistewskatergaxetai upomonhn

– Pasan caran hghsasqe, adelfoi mou… -leyó Farag en un correctísimo griego-. «Considerad, hermanos míos…» Pero ¿qué es esto? -se extrañó.

El capitán sacó de su mochila una libreta y un bolígrafo y se los dio al profesor para que tomara nota.

– «Considerad, hermanos míos -traduje yo, utilizando el dedo índice como guía, pasándolo por encima de las letras-, como motivo de grandes alegrías el veros envueltos en toda clase de pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce constancia

– Está bien -murmuró sarcástico el capitán, sin moverse del suelo-, consideraré un gran motivo de alegría haber estado a punto de morir.

– «Pero que la constancia lleve consigo una obra perfecta -continúe-, para que seáis perfectos y plenamente íntegros, sin deficiencia alguna.» Un momento… ¡Yo conozco este texto!

– ¿Si…? Entonces ¿no es una carta de los staurofílakes? -preguntó Farag, decepcionado, llevándose el bolígrafo a la frente.

– ¡Es del Nuevo Testamento! ¡El principio de la Carta de Santiago! El saludo que Santiago de Jerusalén dirige a las doce tribus de la dispersión.

– ¿El Apóstol Santiago?

– No, no. En absoluto. El escritor de esta carta, aunque dice llamarse Iacobos [22], no se identifica a sí mismo, en ningún momento, como Apóstol y, además, como puedes comprobar, utiliza un griego tan culto y correcto que no hubiera podido salir de la mano de Santiago el Mayor.

– Entonces ¿no es una carta de los staurofílakes? -repitió una vez más.

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[22] Iacobos, en griego, es Santiago