Cuando abrí los ojos, descubrí que me había quedado completamente sola y busqué con la mirada a Farag y al capitán, que deambulaban como turistas despistados por las naves laterales. Se les veía muy interesados en los frescos de los muros, que representaban escenas de la vida de la Virgen, y por la decoración del suelo, de estilo cosmatesco, pero, como yo ya conocía todo eso, me dirigí hacia el presbiterio para examinar de cerca la peculiaridad más notable de Santa María in Cosmedín: bajo un baldaquino gótico de finales del siglo XIII, una enorme bañera de pórfido color salmón oscuro, servía de altar a la iglesia. Es de suponer que algún rico bizantino -o bizantina- de la época romana imperial se había dado sus buenos baños perfumados dentro de aquel futuro tabernáculo cristiano.
Nadie me llamó la atención por pisar el presbiterio; y es que, en aquella iglesia, salvo a las horas de misa y del rosario, jamás había ni un sacerdote, ni un sacristán, ni ninguna de esas garbosas ancianas que, por unas pocas liras dejadas en el cestillo, pasaban la tarde en su iglesia parroquial tan estupendamente como mis sobrinos pasaban las noches de los sábados en las discotecas de Palermo. Santa María in Cosmedín podía permanecer tranquilamente solitaria porque apenas entraba, de vez en cuando, algún que otro visitante perdido. Y eso que su pórtico siempre estaba lleno de turistas.
Examiné la bañera detenidamente e, incluso, por lo que pudiera pasar, tiré con fuerza de sus cuatro grandes argollas laterales, también de pórfido, pero no ocurrió nada fuera de lo normal. Farag y Glauser-Róist tampoco habían tenido éxito. Parecía que los staurofílakes no hubieran pasado nunca por allí. Mientras estaba inspeccionando el trono episcopal del ábside, mis compañeros volvieron a mi lado.
– ¿Algo significativo? -preguntó la Roca.
– No.
Con aire grave, nos dirigimos a la sacristía, donde encontramos a la única persona viva de aquel lugar: el viejo vendedor de la chirriante tienda de regalos llena de medallitas, crucifijos, tarjetas postales y colecciones de diapositivas. Era un anciano sacerdote vestido con una sotana mugrienta, sin afeitar y con el pelo canoso despeinado. Dondequiera que viviese aquel clérigo, la higiene brillaba por su ausencia. Nos observó torvamente cuando entramos, pero, de repente, cambió la expresión y exhibió una amabilidad servil que me desagradó.
– ¿Son ustedes los del Vaticano? -inquirió mientras salía de detrás del mostrador para plantarse frente a nosotros. Su olor corporal era repugnante.
– Soy el capitán Glauser-Róist y estos son la doctora Salina y el profesor Boswell.
– ¡Les estaba esperando! Estoy a su servicio. Mi nombre es Bonuomo, padre Bonuomo. ¿En qué puedo ayudarles?
– Ya hemos visto la iglesia -le informó la Roca-. Ahora quisiéramos ver todo lo demás. Creo que hay también una cripta.
El clérigo frunció el ceño y yo me sorprendí: ¿una cripta? Era la primera vez que lo oía. No sabia que hubiera tal cosa en Santa María.
– Si -afirmó el anciano, disgustado-, pero aún no es la hora de visita.
¿Bonuomo [25]…?, mejor sería decir Mal-uomo. Pero Glauser-Róist ni se inmutó. Se limitó a mirar fijamente al sacerdote sin mover ni un músculo de la cara y sin parpadear, como si el viejo no hubiera hablado y él siguiera esperando la inexcusable invitación. Vi retorcerse al cura, torturado entre su obligación de obedecer y su mezquina incapacidad para saltarse el horario.
– ¿Hay algún problema, padre Bonuomo? -le preguntó, gélido y cortante, Glauser-Róist.
– No -gimió el viejo, girando sobre si mismo y guiándonos hasta las escaleras que descendían hacia la cripta. Una vez allí, se detuvo frente a la puerta y, en un panel situado a la derecha, accionó varios interruptores-. Ya tienen luz. Lamento no poder acompañarles; no puedo abandonar la tienda. Avísenme cuando terminen.
Con estas secas palabras, se esfumó de nuestro lado, detalle que yo le agradecí de todo corazón porque respirar continuamente el desagradable olor acre que desprendía me estaba revolviendo el estómago.
– ¡De nuevo al centro de la tierra! -exclamó jocoso Farag, iniciando el descenso lleno de entusiasmo.
– Espero volver a ver algún día la luz del sol… -mascullé, siguiéndole.
– No lo creo, doctora.
Me volví a mirarle con mala cara.
– Por lo del fin del milenio -me aclaró, tan serio como siempre-. Ya sabe… El mundo será destruido cualquier día de estos. Quizá mientras estamos en la cripta.
– ¡Ottavia! -se apresuró a contenerme Farag-. ¡Ni se te ocurra iniciar una discusión!
No pensaba hacerlo. Hay tonterías que no merecen respuesta.
Aquel fatuo sacerdote nos había engañado con lo de la luz. Apenas llegamos al final de la escalera, nos encontramos inmersos en la más completa oscuridad. Lamentablemente, habíamos descendido lo suficiente como para que regresar resultara bastante incómodo. Debíamos estar varios metros por debajo del nivel del Tíber.
– ¿Es que no hay luz en este agujero? -dijo la voz de Farag, a mi derecha.
– No hay luz en la cripta -anunció Glauser-Róist-. Pero ya lo sabía, así que no se preocupen. Estoy sacando la linterna.
– ¿Y el padre Bonuomo no podía haberlo dicho antes de invitarnos a bajar? -me extrañé-. Además, ¿cómo iluminan a los turistas o a los curiosos?
– ¿No se ha dado cuenta, doctora, de que no hay ningún cartel anunciando el horario de visitas?
– Ya lo había pensado. De hecho, he venido muchas veces a esta iglesia y no sabia que tuviera una cripta.
– También es extraño que no tenga ningún tipo de iluminación -continuó Glauser-Róist, encendiendo por fin la linterna que derramó un intenso haz de luz sobre el lugar en el que nos encontrábamos-, y que un sacerdote de la Iglesia se atreva a poner trabas a una orden directa de la Secretaria de Estado, y que ese mismo sacerdote no acompañe durante la visita a unos enviados del Vaticano.
El capitán enfocó hacia el fondo de la cripta y en ese momento entendí mejor que nunca el sentido original de la palabra (derivada de crupth, kripte, que quiere decir «esconder», «ocultar»). Lo primero que divisé fue un pequeño altar al fondo, en la nave central, y es que aquel lugar tenía la forma perfecta de una iglesia, en miniatura y como hecha a escala, pero con su división en tres naves mediante columnas de capitel bajo e, incluso, sus correspondientes capillas laterales, completamente a oscuras.
– ¿Está insinuando, capitán -quiso saber Boswell-, que el padre Bonuomo puede ser un staurofílax?
– Digo que puede serlo tanto como el sacristán de Santa Lucía.
– Entonces, lo es -afirmé muy convencida, adentrándome en la iglesita.
– No podemos estar seguros, doctora. Es sólo una intuición y con una intuición no vamos a ninguna parte.
– ¿Y cómo es que conocía usted la existencia de este lugar casi clandestino? -pregunté con curiosidad.
– Porque busqué en Internet. Se puede encontrar casi cualquier cosa en Internet. Aunque eso usted ya lo sabe, ¿verdad, doctora?
– ¿Yo? -me extrañé-. ¡Pero si yo apenas sé manejar el ordenador!
– Sin embargo, fue en Internet donde encontró toda la información sobre los Ligna Crucis y el accidente de aviación de Abi-Ruj Iyasus, ¿no es cierto?