Como decía Charlot, la vida vista en primer plano es una tragedia, en un plano general, una comedia. Pálida, sentada ignominiosamente en el bidé, indudablemente no parecía una reina, pero cuando, de repente, brotó de mi cuerpo una especie de muñeco diminuto, negrusco, embadurnado de sangre, sentí por primera vez la solemnidad de la muerte.
Por la noche, mi padre salió a tirar mi muñeco al canal. La única mala acción de su vida.
Ya basta. No recuerdo nada más, no quiero decir nada más, tampoco he soñado jamás con estas cosas ni sé por qué las cuento. He regresado mil veces a nuestro satélite, donde he cursado mis estudios, y nunca he buscado esas casas.
La sonrisa altiva de Gattamelata, mano de hierro en guante de terciopelo, maestro de la doblez, se ha soldado firmemente con los nervio» por el examen escrito de latín, aún en vigor en la universidad de una ciudad pecadora pero conservadora.
El estudio me apasionaba, el teatro, que creía que iba a ser mi vida, cada vez menos. Le guardaba, de una manera misteriosa, rencor. Es raro cómo cambia uno de pasiones. Durante años seguí yendo al teatro, como espectadora, pero más por deber que por placer, por no perderme las funciones importantes que había que ver. Al final sólo me daban sueño, un sueño enfermo que una vez estuvo a punto de hacerme caer de mi asiento en la sala de butacas. Me desperté inmediatamente y el ridículo de la situación me turbó. Sin hacerme muchas preguntas, dejé de ir.
No quería ver gente, sobre todo a la que había conocido «antes». Me abrí un poco en la universidad, donde todos eran nuevos, pero cuando regresaba a casa me encerraba en mí misma.
Don Juan, en vez de quedarse en el infierno para seguir su cena eterna y sus pendencias con el Comendador, tuvo una ocurrencia digna de él. Fue a ver al fiscal de la República para acusar a mi padre de haberle sustraído «la mujer y el hijo». El magistrado, que conocía a los dos, supo cómo comportarse.
Son terribles los mentirosos de buena fe, y peligrosos, convencidos como se sienten de que todos sus castillos en el aire están realmente hechos de muros sólidos, con magníficas almenas, torreones, terraplenes, que pueden aislar a voluntad gracias a su puente levadizo. Nosotros, sin fantasías de ese tipo, nos quedamos atónitos preguntándonos si acaso no cometíamos un error impugnando el recurso de apelación de un pobre diablo que seguía proclamando a gritos su inocencia, tergiversando las circunstancias, insinuando una pequeña duda al jurado, esa pequeña «duda razonable» suficiente para que lo absolvieran.
No podía quedarme en mi ciudad, me habían quemado la tierra bajo los pies, quitado los amigos que ya no quería ver, con los que ya no me entendía.
Mi natural inclinación a la melancolía se acentuaba; una melancolía ambiental, la llamaría, que ya no soportaba la romántica niebla, el chapoteo del agua en los canales, el sonido apagado de las campanas, sobre todo cuando llamaban a Vísperas, por la tarde, con la ciudad ya a oscuras.
En casa todos estaban en ascuas, así que, cuando dije que me quería ir a Roma siguiendo los pasos de un famoso profesor con el que estaba preparando la tesis, y al que habían contratado en aquella ciudad para concluir su carrera, no topé con objeciones inobjetables.
Me encontraron alojamiento en la casa de una especie de tía y partí hacia una vida nueva, si no con la bendición, por lo menos con el forzado permiso de mi padre y mi madre.
«¡A Moscú, a Moscú!»
La ironía, afable pero urticante, con que mi padre parafraseaba la veleidosa aspiración de las tres hermanas a hacerse moscovitas, había sido vencida.
Yo sí me iba a Roma, y además con su ayuda económica. Seguramente cambiaría de vida, al revés que Olga, Masha e Irina, las cuales, ya fuera en Moscú o en el pueblo de provincias, serían siempre unas tristes solteronas o unas nerviosas malcasadas.
Ya conocía la ciudad y también la amaba con esa inquietud, con ese miedo a perderla, a no llegar a poseerla por entero que, precisamente, son inherentes al amor. Ya deseaba que llegara el día en que la pasión se transforma en tranquilo afecto, el día en que me sintiera parte de ella lo bastante para poder quejarme, como todos los genuinos habitantes, de sus defectos e incomodidades.
Así pues, pensé que lo que yo necesitaba era una gruta de eremita donde enclaustrarme o una ciudad grande donde esconderme.
Mimetizada como un camaleón sobre la hoja de un árbol, finalmente me sentía libre. De los vínculos, de las trampas, de las murmuraciones que siempre te siguen en tu ciudad natal, que debería tener la obligación, como una madre, de amarte.
Los dos supplí [18] que constituían mi comida me parecían lo más exquisito que había probado jamás; encontrarme sola en una calle, una plazoleta, un callejón equivalía a una aventura en la jungla.
«Roma no acaba nunca», suspiraba cojeando sobre el empedrado Leopardi, quien no sentía el menor aprecio por la ciudad; para mí, en cambio, esas palabras me sonaban como una promesa: siempre habría algo que descubrir, una inscripción que descifrar, un fantasma que desanidar. En resumidas cuentas, una fiesta ininterrumpida, la tarta de los cuentos de la que siempre queda un trocito. Para las personas que disfrutan con la soledad, estar en un lugar en el que nadie puede situarte con exactitud constituye una dicha singular: puede que todo el placer de los viajes resida en eso.
A veces me turbaba una especie de remordimiento; pero era un remordimiento esnob por haber preferido la belleza abierta y fácil de Roma a la de Venecia, ciudad más fría, más cerrada, donde de hecho, a pesar de las grandes alabanzas que se le prodigan, nadie querría vivir.
Entre la plaza Navona y la Via Giulia, en la Via del Mascherone, hay una lápida con una inscripción acongojante, dedicada a un poeta que solamente conocen los especialistas:
«El poeta Guglielmo Federico Waiblinger partió de su Alemania natal y vino a esta Roma Inmortal donde encontró la patria de sus sueños. Solamente aquí fue feliz. Murió en esta casa a los 27 años el 17 de enero de 1830».
Realmente aquí fue feliz.
Hasta los años cincuenta, Roma tenía gustos y necesidades, si no elementales, simples.
Los talleres de los artesanos compartían aún el sol y la sombra con los edificios del centro, que no precisaba llamarse «histórico». Los panaderos convivían con los merceros y también con los joyeros. Por todas partes había charcuterías, verdulerías y carnicerías. Algún matarife de cerdos tenía aún doble licencia y, en verano, se convertía en vendedor de sombreros de paja y artículos de playa, por el antiguo prejuicio, extendido no obstante la llegada de las neveras, de que el cerdo era nocivo en los meses cálidos.
Los romanos eran poseedores de dos brazos y dos piernas, pues todavía no se habían transformado en ese pueblo de milpiés y de diosas Kalí que necesita de millares de zapaterías y tiendas de blusas, que a saber por qué han de hallarse todas pegadas.
Estaban las porteras [19] de Ciociaria con sus soñolientos maridos, que te decían, si llegabas cuando estaban comiendo en su chiscón: «¿Si gustas?». Siempre me quedaba atónita, preguntaba por el menú y a veces aceptaba, hasta que me explicaron que no era más que una fórmula de antigua cortesía campesina, a la que había que responder con la correspondiente contraseña: «Gracias, ya he comido».
Las rosticcerie [20], aunque también algunas madres de familia las aprovechaban, eran el reino de los hombres y las mujeres solos.
Allí conocí los famosos suppli, que me asombraron por la longitud de sus cables telefónicos, el bocadillo de mozarela rebozado, con una anchoa de sorpresa dentro, las flores de calabaza con un buen chorro de aceite. Los pollos giraban sobre asadores en escaparates y siguieron siendo un plato festivo hasta que desde las instancias superiores se nos recomendó consumirlos más en provecho de la economía nacionaclass="underline" en efecto, a partir de ese momento se convirtieron en un plato vulgar y dejaron de gustarnos.