¿Y la tripulación? Al mismo tiempo que llevaba a cabo las comprobaciones de emergencia, gritaba a mis hombres para que me informaran de cómo estaban.
De Ted Burrage, cuyo puesto estaba en el morro dañado, no obtuve respuesta. Lo mismo de Lofty Skinner, que había ido sentado detrás de mí; lo mismo de Sam Levy, cuyo puesto estaba detrás de Lofty. Col Anderson respondió que estaba bien. En mi segundo intento, Lofty respondió. Dijo que estaba con Kris ayudando a Sam, que parecía seriamente herido.
Dejamos atrás la costa alemana, y continuamos volando, sobre el oscuro mar del Norte, tratando de llegar a casa. Como el motor de babor no funcionaba a toda su potencia, el avión estaba perdiendo altura. Tenía que mantenerlo a medio gas para que no se recalentara. Pronto me di cuenta de que un amerizaje forzoso era inevitable. Cuando el aparato se estrelló en el mar, Sam y yo todavía estábamos a bordo, pero de algún modo conseguimos salir y trepar a un bote neumático. Creo que los demás se tiraron en paracaídas antes del impacto. Flotamos durante varias horas en el mar agitado antes de que nos rescataran.
Mientras me recuperaba en el hospital de convalecientes, pensaba una y otra vez en todas esas incidencias.
Todavía tenía serias molestias y momentos de agudos dolores, pero los médicos dijeron que me estaba recuperando. Por las noches soñaba con aquellos acontecimientos perturbadores. En una pesadilla, me veía arrastrándome dentro de un largo tubo de metal en el que apenas tenía espacio. A medida que avanzaba, el calor se hacía más y más insoportable. Llegaba a un punto en que el tubo giraba bruscamente hacia abajo y luego se iba curvando hacia atrás, de modo que entonces tenía que arrastrarme boca arriba. Después, en el tubo empezaba a entrar agua, que se convertía en siseante vapor al tocar el ardiente metal frente a mí. No podía respirar ni mover la cabeza. Estaba atrapado. Me despertaba. Era la última semana de junio. Las noticias de la radio decían que las tropas de Hitler estaban invadiendo la Unión Soviética.
Un teniente de la Royal Navy fue traído al hospital. Tenía un brazo amputado a la altura del codo y ambas piernas escayoladas. Un día lo pusieron en la terraza que daba a la huerta, sentado en una tumbona junto a mí.
—Iba embarcado en el crucero Gloucester —me dijo con una voz que parecía un suspiro.
Tenía la garganta y los pulmones dañados por haber aspirado gases calientes. Yo le dije que podía esperar hasta que le fuera más fácil hablar, pero él estaba resuelto a describirme todo lo que había ocurrido. Le sugerí que se tomara su tiempo para contarme su historia; ambos íbamos a disfrutar de una larga estancia en el hospital. No había necesidad de apresurarse.
—Estábamos frente a la costa de Creta —suspiró él— proporcionando cobertura a las tropas que estaban evacuando la isla. Fuimos atacados por aire. Bombarderos en picado y cazas. En aquellas aguas también había submarinos. Yo era oficial de artillería y respondíamos con todas nuestras armas. Pero entonces algo explotó debajo de nosotros y en un par de minutos el barco se escoró. Creo que debió de alcanzarnos un torpedo. El capitán nos dio la orden de abandonar el barco. Yo estaba a punto de subirme a uno de los botes salvavidas cuando estalló la santabárbara. Después de eso no recuerdo mucho más.
Le conté lo que hasta ese momento yo había podido recordar de mi propia historia. Y mientras lo hacía pensaba ¡que habíamos perdido Creta! ¡Eso significaba que también habíamos perdido Grecia! Recordaba que, en un intento de apoyar la lucha de los griegos contra italianos y alemanes, Churchill había enviado a Grecia las tropas inglesas que estaban en Egipto. ¿Cuánto tiempo hacía de eso? ¿Qué precio habríamos pagado por ello?
Mi nuevo amigo había oído de boca de compañeros que aún estaban sirviendo en el mar que uno de los acorazados alemanes había sido hundido. Un gran triunfo, decía.
—Es posible que se tratara del Tirpitz o del Bismarck. De algún modo consiguió llegar al Atlántico, pero la marina le ha dado caza y lo ha hundido. ¡Nosotros perdimos el Hood, pero los alemanes no han salido indemnes!
¿Habíamos perdido el Hood para lograr ese triunfo? Más tarde supimos que el acorazado alemán hundido era el Bismarck.
Yo estaba confundido y deprimido por esas noticias. Las cosas habían tomado un sesgo horrible: la guerra se extendía por todas partes. En los días anteriores a mi derribo, los acontecimientos no parecían tan terribles. Al principio, cuando Hitler había empezado su expansión a través de toda Europa, la guerra había castigado duramente a Inglaterra. Pero bajo el liderazgo de Churchill habíamos luchado con dureza, y empezaron a cambiar las cosas. Habíamos ganado la batalla de Inglaterra y se había desvanecido la amenaza de invasión. Estábamos bombardeando con éxito la industria bélica germana. Los italianos habían demostrado ser unos aliados incompetentes. Estábamos causando problemas a los submarinos alemanes. Incluso el Blitz[2] había cesado durante los meses de abril y mayo. Ahora, todo volvía a ir a peor.
Mientras tanto, yo libraba mis propias batallas. Tenía una pierna rota y la rodilla dañada. Había sido herido considerablemente en el pecho y tenía una fractura de cráneo, tres costillas fracturadas y serias quemaduras en brazo y mano izquierdos. No había muerto, y los médicos parecían dar por descontada mi recuperación, pero en general yo sentía que estaba hecho polvo.
Mi principal preocupación era recobrar la salud, regresar a mi escuadrón y volver a incorporarme a la lucha contra los alemanes. Cada día me sometía a fisioterapia y tomaba mis medicamentos, y me cambiaban las vendas en quemaduras y heridas. Cada día me sentaba o estaba recostado en la terraza cubierta mirando las hileras de coles y zanahorias en la huerta, y tratando de oír alguna noticia en la radio. Cada día llegaban al hospital nuevos heridos en acto de servicio, o eran trasladados a algún otro sitio.
Un día, mientras estaba boca abajo en la camilla, le pregunté a la jefa del servicio de fisioterapia cuándo podría volver a mi escuadrón. Ella estaba detrás de mí, inclinada, trabajando mi muslo izquierdo.
—Gracias a Dios, ésa es una decisión que no está en nuestras manos —me respondió.
—Eso significa que usted sabe algo, ¿verdad?
—Absolutamente nada. ¿Cree acaso que nos darían información que no estuviéramos autorizados a facilitar a nuestros pacientes?
—Supongo que no —dije. Y no hice más preguntas, pero estaba deseando regresar a mi unidad.
Mi inactividad me dejaba mucho tiempo para pensar. Un tema que me preocupaba mucho era la suerte que había corrido mi tripulación. Había visto a Sam Levy: él también estaba en el hospital, pero nos habían separado. Sam me dijo que se recuperaría, pero eso fue todo lo que supe de él. A los otros hombres se los daba oficialmente por perdidos, ese terrible eufemismo que inspira esperanza y terror en la misma medida. La única certeza que tenía era que no habían escapado del avión conmigo. Sin embargo, no sabía si habían muerto al estrellarnos o habían saltado cuando les di la orden de hacerlo. Lo que me preocupaba era el silencio que siguió a mi orden. Podía significar, por supuesto, que habían hecho lo que les decía. Por otra parte, el intercomunicador podría haber fallado o ellos podrían haber decidido sencillamente desobedecerme, pensando que tenían más posibilidades si permanecían en el avión hasta que éste se estrellara en el mar. Fuera cual fuese la verdad, el ministro del Aire ya habría enviado cartas a los familiares.
2
Bombardeo alemán de Gran Bretaña entre 1940 y 1941. En términos militares, un