Dos noches después, el 1 de junio, volví a Alemania. Una vez más, el Mando de Bombardeo reunió una fuerza de mil bombarderos; esta vez, el objetivo era la ciudad industrial de Essen, en el corazón del valle del Ruhr. Semanas después, en el mismo mes, regresamos a Essen; es decir, la bombardeamos dos veces seguidas. Llamamos a esa operación «volver sobre los escombros»; aunque creíamos que después de la primera vez allí no habría quedado piedra sobre piedra, al regresar, los cañones antiaéreos alemanes nos dispararon con terrible ferocidad. La moral del pueblo alemán estaba intacta, el deseo de vengarse de nosotros se definía más claramente con cada ataque. Entonces nosotros los arrasábamos de nuevo y volvíamos a casa. ¿Qué estábamos consiguiendo?
Ya estaba llegando al final de mi período de servicio, el que había empezado al estallar la guerra. Aún llevé a cabo otra misión de vuelo. Tenía que volar a Emden, un puerto de la costa norte de Alemania muy fácil de localizar por su posición única: mira hacia el sur en una bahía interior. Aun así, con unblanco tan compacto e identificable, el ataque terminó siendo otro «fracaso» del Mando de Bombardeo. La mayoría de las bombas —se descubrió después— cayeron en campo abierto entre el objetivo y Osnabrück, a más de ciento veinte kilómetros de lo previsto. Nueve aviones británicos fueron derribados para nada. Después del ataque, aterricé mi avión a salvo en Tealby Moor. Al día siguiente me fui de permiso. Una semana después, cuando regresé al escuadrón, me encontré con que mi tripulación, que aún tenía varias misiones por delante, había sido dispersada.
Pocos días después fui asignado al Grupo de Instrucción 19, que tenía su base cerca de Liskeard, Cornwall. Como todos los pilotos que completaban su ciclo, debía instruir a nuevos pilotos durante algunos meses. A eso le seguiría un segundo ciclo de actividad. Viajé a Cornwall lleno de recelo. En las semanas siguientes iba a cumplir con las tareas propias de la instrucción, pero yo no servía para eso. Algunas personas nacen para enseñar y otras no. Durante esas semanas, el único consuelo que tuve fue saber que no era el peor instructor de la unidad.
Sin embargo, dentro de mí rondaban preocupaciones más profundas que el entrenamiento de pilotos. Las experiencias recientes me habían hecho reflexionar sobre la forma en que estábamos combatiendo en la guerra aérea, qué estábamos tratando de conseguir con ella y si era o no la forma adecuada de llevarla a cabo.
Empecé a cuestionar mi propia capacidad y motivación. Sospechaba que un proceso mental como éste formaba parte de la razón por la cual las tripulaciones eran retiradas del frente: después de treinta misiones, la mayoría de las tripulaciones estaban acabadas. Un tiempo en las unidades de instrucción ofrecía la posibilidad de sobreponerse, de recuperar la moral, de pensar las cosas. Entonces, al menos en teoría, se regresaba a los vuelos operativos no sólo renovado sino también enriquecido con la experiencia. La veteranía era la clave de la supervivencia. Las bajas en las nuevas tripulaciones eran terribles. En el verano de 1942 se sabía que el número promedio de misiones a las que un integrante de la tripulación de un bombardero podía sobrevivir era de sólo ocho. Después de tres, uno era un veterano. Pocos hombres completaban treinta misiones.
Mientras trabajaba con los nuevos pilotos, no podía quitarme estos hechos de la cabeza. Sabía que la mayoría de los pilotos que estaba instruyendo pronto estarían muertos.
Así pues, ése era el peso que llevaba sobre mis espaldas. Encima, mis propios miedos estaban creciendo. Cuando estaba volando, yo no pensaba en eso. El miedo siempre estaba presente, pero una vez que la misión había empezado, en cuanto el avión estaba en ruta y todo funcionaba bien y teníamos el objetivo a la vista, podía enfrentar el peligro con calma. Lejos de la acción, había demasiado tiempo para pensar.
¿Por qué atacábamos constantemente áreas civiles cuando, en comparación, los ataques a objetivos militares eran tan poco frecuentes? ¿Por qué nunca atacábamos los astilleros donde se construían submarinos ni las bases donde se aprovisionaban? ¿Por qué entre nuestros objetivos nunca había fábricas de tanques o de aviones, refinerías de petróleo, oleoductos, astilleros, centrales eléctricas, bases militares, aeródromos de cazas, excepto cuando formaban parte de un objetivo general más amplio? No había duda de que ésos eran los verdaderos motores que movían la maquinaria bélica de Hitler.
¿Por qué estábamos tratando, noche tras noche, de demoler la moral de los civiles cuando cualquier persona corriente en Gran Bretaña sabía por experiencia propia que el efecto de los bombardeos en losciviles era que los hacía más y más decididos, y no lo contrario?
25
Acabado mi trabajo en la unidad de instrucción, me presenté en mi nuevo escuadrón, el número 52, cuya base estaba en Barkston Ash, Yorkshire. Muy poco después, se me asignó un Lancaster y una tripulación, y volví a volar en misiones de bombardeo.
Estábamos a finales del verano de 1942, y el Mando de Bombardeo estaba preparando una campaña contra Alemania. Había un nuevo comandante en jefe: el legendario, famoso y muy temido mariscal del aire Arthur Harris, Harris el Bombardero, para la prensa, pero Butch (apócope de Butcher[3]), para los hombres que volaban a su mando.
Harris reorganizó el Mando de Bombardeo e introdujo muchos cambios. Y, a pesar del mayor riesgo a que él nos exponía, la moral empezó a mejorar. Ahora sentíamos que en todo lo que hacíamos había un objetivo. No sólo aumentó rápidamente el tamaño de la flota de bombarderos, los aviones también fueron dotados de instrumentos electrónicos de navegación, de defensa y de localización del blanco más complejos. A algunos escuadrones de primera línea se les encomendó la tarea de señalar los objetivos. Para ello tenían que llegar a la zona de descarga de bombas antes que el resto de los aviones, encontrar los blancos y dejar caer señaladores o marcadores para guiarlos hasta el objetivo. Finalmente, toda pretensión de que tratábamos de desmantelar instalaciones militares o industriales fue abandonada. La política de la RAF quedó claramente definida en cuanto a las zonas que debían ser bombardeadas: despegábamos para destruir las casas, las escuelas, los hospitales, las oficinas y las tiendas de la población civil alemana.
En mi segundo período de servicio me dispuse a trabajar con una actitud de dura determinación, y, con la máxima determinación, aparté de mi mente cualquier duda que pudiera tener.
Poco a poco, el número de mis misiones completadas empezó a subir. Fui a Flensburg, Frankfurt, Kassel, Bremen y Frankfurt otra vez. En cada ataque tomaban parte por lo menos doscientos aviones; algunas veces, este número se dobló, o incluso más. Nuestra precisión para dar en el blanco estaba mejorando, el porcentaje de aviones perdidos en cada misión empezó a disminuir. Las ciudades que visitábamos eran castigadas con una ferocidad cada vez mayor. Se defendían cuando llegábamos; cuando nos marchábamos, parecían un fuego de brasas ardientes.
A mediados de septiembre de 1942, después de un ataque contra Osnabrück, me dieron un permiso de fin de semana. Pasé algunas horas dando vueltas por carreteras rurales con la motocicleta y luego regresé a la base. No había otro sitio donde quisiera estar. Dos noches más tarde, el Escuadrón 52 fue uno de los doce que atacaron Berlín. «La gran ciudad», la llamábamos nosotros. Su tamaño hacía que pareciese indestructible, pero cada vez que íbamos hacíamos todo lo posible por devastarla. Esa noche, cuando dejamos la gran ciudad detrás de nosotros, ardía al rojo vivo en la oscuridad y las nubes de humo se elevaban en el cielo iluminado por la luna.