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Ten la seguridad de que puedes venir a hablar conmigo siempre que lo desees. Durante el breve tiempo en que Joe ha estado trabajando con nosotros, todos hemos llegado a tomarle gran cariño.

Atentamente,

Alicia Woodhurst
Sociedad de la Cruz Roja británica, delegación de Manchester

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Extracto del capítulo 9 de la obra The Greatest Sacrifice. British Peacemakers in 1941 (El mayor sacrificio. Los pacificadores británicos en 1941), de Barbara Benjamin, Weidenfield &Nicolson, Londres, 1996:

... cuando el duque de Londres[5] surgió inesperadamente de su anónimo pasado para ocupar resueltamente el centro de la atención mundial durante algunos meses cruciales. Ningún hombre —fuera político, general o diplomático— hizo más para influir sobre la evolución y el desenlace de la guerra que el duque. «Si tropiezo con un hombre con convicciones, me doy cuenta de que mi deber inmediato es cambiárselas», dijo una vez, describiendo así algo que muy bien podría haberse aplicado a sí mismo. Aunque el duque de Londres aparentaba ser un hombre de convicciones inquebrantables, en los ámbitos políticos se consideró durante años que —debido a su hábito de cambiar de bando— era una persona en quien no se podía confiar.

Aquí podemos encontrar la clave de lo que en su momento muchas personas consideraron que había sido un inexplicable cambio de chaqueta, un cambio que iba a llegar a ser el más importante e históricamente significativo de los últimos cien años.

De no haber habido una guerra con la Alemania de Hitler, el duque podría haber permanecido para siempre al margen de la vida política, recordado quizá como un político complejo e innovador pero incoherente, e incapaz de desarrollar todo su potencial. El hecho de que la guerra llegara cuando llegó, hizo que él pasara a la historia. Él aceptó magníficamente el reto. Si la guerra hubiera continuado y el duque de Londres hubiera conducido la guerra hacia la victoria militar que siempre prometió, sólo es posible imaginar las terribles consecuencias. Sin embargo, debido a que el duque dio marcha atrás en su política, una paz verdadera y duradera llegó a ser algo inesperadamente posible.

El gran dilema histórico planteado durante el mandato del duque era éste: ¿Cuándo hay que luchar y cuándo hay que rendirse? Cuando en 1941 surgió la oportunidad de modificar el curso de la historia, hizo falta un hombre de talla que se arriesgara a aprovecharla o a rechazarla.

El duque de Londres, Winston Leonard Spencer-Churchill que era mitad inglés y mitad norteamericano, nació el 30 de noviembre de 1874; era el primogénito de lord Randolph Churchill. Su madre era Jennie Jerome, hija de un hombre de negocios de Nueva York. Siendo aún joven, se ganó una sólida fama y apoyo popular con sus coloridas y sensacionalistas crónicas de las guerras británicas como corresponsal del Daily Telegraph. Los libros basados en esas crónicas y que se publicaron más tarde se convirtieron en éxitos de venta. Durante sus experiencias —en Cuba, en la frontera noroccidental de la India y en el Sudán—, mostró sus primeros signos de impaciencia, impetuosidad e incoherencia: como oficial en servicio, en su caso en el Regimiento 31 del Punjab, no se le debería haber permitido escribir para la prensa. Pero este quebrantamiento de las normas sólo fue posible gracias a su encanto personal y a sus contactos familiares con los círculos del poder, naturalmente, en su propio provecho.

En 1899 se presentó por primera vez a las elecciones al Parlamento, pero no tuvo éxito y no consiguió el escaño correspondiente a Oldham. Al año siguiente, en las elecciones parciales ganó un escaño para los conservadores. Hacia 1904, Churchill tuvo discrepancias con el establishment conservador y se pasó a los liberales. Ése fue el primero de una lista de cambios de lealtad política, un hábito que perduró durante la mayor parte de su carrera política. Brillante orador, en ese período, Churchill pronunció un buen número de discursos contrarios al Partido Conservador, discursos que los diputados conservadores solían citarle, muchos años más tarde, cuando sus opiniones se ponían a menudo en cuestión.

Durante las tres décadas siguientes, Churchill pasó por los ministerios más importantes del gobierno. Su primer nombramiento fue en 1910, como ministro del Interior en el gobierno liberal de Herbert Asquith. En una actuación que resultó polémica, como ministro del Interior asumió el mando en un asedio policial contra dos pistoleros en el este de Londres, acudiendo él mismo a la línea de fuego y llevando a soldados armados para que se ocuparan del problema. Éste fue el primer indicio de que iba a dejar que su inquieta personalidad influyera en su juicio político. El segundo fue mucho más serio y afectó a miles de hombres. En 1915, como primer lord del Almirantazgo, toda la responsabilidad por el desastre de los Dardanelos es suya. Él sostuvo siempre que la desatinada campaña de la península de Gallipoli fue responsabilidad colectiva del gabinete de Lloyd George, pero la historia ha dejado claro que se trató de una imprudente aventura con la familiar impronta de Churchill. Este episodio dañó seriamente su carrera política por lo que volvió a alistarse en el ejército durante cierto tiempo y sirvió en el frente occidental en Francia. Sin embargo, al final de la Gran Guerra volvió al gobierno y fue ministro de la Guerra. Desde este puesto, Churchill abogó por la intervención británica para aplastar la Revolución Rusa. En 1941, Josef Stalin se apresuró a recordarle este incómodo episodio. La ruptura de relaciones diplomáticas entre el Reino Unido y la URSS en el verano de 1941, y las catastróficas consecuencias de la neutralidad británica durante la invasión alemana de la Unión Soviética, para muchos historiadores están relacionados con ese error de Churchill.

Después de la Gran Guerra, perdió dos elecciones más y no volvió al Parlamento hasta 1924, esta vez como miembro constitucionalista por Epping. Ese mismo año volvió a cambiar de lealtad política, regresó al Partido Conservador y se convirtió en ministro de Hacienda en el gobierno de Stanley Baldwin. Desde su cargo, defendió insistentemente la necesidad de reducir los gastos de defensa, una política que más adelante contradijo abiertamente con sus argumentos contra la política de apaciguamiento. En 1926, como director de la publicación oficial British Gazette, atacó agriamente a los líderes organizadores de la huelga general. Como en 1910, él utilizó a los soldados como esquiroles contra la huelga de los mineros y de los estibadores, sus artículos fueron considerados amenazadores.

A eso siguió un período de diez años, de 1929 a 1939, en el que Churchill estuvo alejado de cualquier cargo gubernamental; aun así siguió siendo diputado. Cambió su actitud ante el gasto militar y se convirtió en un acérrimo defensor del rearme; en realidad, fue la única voz que se levantó públicamente para llamar la atención sobre las ambiciones de Adolf Hitler. Algunos cínicos de las esferas políticas dijeron entonces, y continuaron diciéndolo después de 1941, que Churchill había promovido la guerra para favorecer sus propios fines políticos. De hecho, en septiembre de 1939, al estallar la contienda, el primer ministro, Neville Chamberlain, llamó a Churchill para que se hiciera cargo del Almirantazgo por segunda vez. Un retorno triunfal al poder, así reconocido entre las filas de la Armada Real. En los primeros meses de la guerra, la marina soportó el número más alto de bajas ocasionadas por las operaciones bélicas; lo que mirado retrospectivamente, no es un hecho fortuito.

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Es decir, Winston Churchill. (N. del ed.)