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A partir de lo que había oído, no habría podido decir si se trataba o no de un terrorista islamista, y de todas maneras, no estaba seguro de saber qué hacer.

Me apresuré a aparcar el coche frente al hotel cuando reparé en un hombre que parecía esperar en la entrada. Empujado por mi paranoia, decidí conducir un poco más lejos. Era casi media noche y jamás había visto a ese tipo en el barrio. Llevaba una cazadora abombada de aviador y no parecía cómodo, con sus manos hundidas en los bolsillos y encogido.

Di media vuelta en la rotonda y pasé una vez más frente al hotel. El tipo sostenía ahora un teléfono móvil contra su oreja y estiró el cuello para intentar verme al pasar. Le vi dar algunos pasos hacia calle, y después acelerar tras colgar el teléfono. Estaba corriendo hacia mi coche.

Enseguida pisé el acelerador y huí. El maldito De Telême le había indicado mi alojamiento. No debería haberle dicho nunca en qué hotel estaba. Cuando estuve seguro de que no me seguían, recuperé la calma y agarré el móvil. Sólo me quedaba un último recurso.

Agnès respondió a mi llamada con voz somnolienta.

– ¿Ha visto qué hora es, Vigo?

– Lo siento. No sé a quién acudir. Tengo problemas graves, Agnès.

– Pero ¿qué pasa, por Dios santo?

– Dos tipos me están siguiendo. Y después me ha pasado una cosa extraña en el hotel. Es necesario que se lo enseñe, y que usted me diga qué piensa al respecto. Tengo la impresión de estar volviéndome completamente loco, Agnès. Debe usted ayudarme.

– ¿Que yo «debo» ayudarle?

– Puede ayudarme…

La oí suspirar.

– ¡Como si no tuviera bastantes problemas ya! -farfulló ella.

No supe qué responder. Después de todo, tenía razón.

¿Con qué derecho le pedía ayuda a una mujer a la que apenas conocía? Pero apenas, para mí, ya era mucho, porque tenía la impresión de no conocer a nadie, sólo a mí mismo.

– Mis problemas le harán olvidar los suyos -probé, sin mucha fe en mis palabras.

– Está bien, Vigo, ¿conoce el Wepler?

– ¿En la Place Cliché? Sí, lo conozco…

– ¿Cuánto tardaría en llegar?

– Un cuarto de hora.

– Hasta entonces, pues -susurró ella con voz cansada. Y colgó.

34.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 139: la revolución copernicana.

Fuera, por la ventana, oigo a un tipo que pasa tarareando una canción que reconozco. Las palabras resuenan entre los muros de la estrecha callejuela y me dedican uno de esos guiños que la vida te reserva, cuando te gusta escucharla. «Au village sans pretensión, j'ai mauvaise réputation, que je me démène ou que je reste coi, je passe pour un je-ne-sais-quoi [1]…». A veces, tengo la sensación de llevar un sombrero lleno de agujeros y una barba de Robinson. Espero paciente que me lancen piedras, eso te endurece. Los asilos están llenos de no sé qué. Y sin embargo…

El síndrome de Copérnico debe su nombre, a la vez, a la seguridad de aquél de poseer una verdad susceptible de alterar completamente el orden del mundo, si admitimos que exista alguno, y al rechazo entre sus contemporáneos a tomárselo en serio. Vemos fácilmente que aparecen todos los sutiles ingredientes necesarios para el desarrollo de una perfecta paranoia. Créanme, empiezo a conocer la receta.

Y entonces, ¿en qué creía tanto Copérnico? Lo he investigado. Sí. En los diccionarios.

Antes que él, la Iglesia y las ciencias estaban de acuerdo en una visión del universo establecida en el siglo II por un tal Ptolomeo. Este geógrafo había escrito El Almagesto, en el año 141, un tratado sobre el geocentrismo que siguió vigente hasta el Renacimiento. Según éste, la Tierra estaba en el centro de todo, estaba fija y los planetas giraban a su alrededor y, además, en un orden diferente al que conocemos en la actualidad: la más cercana era la Luna, después estaban Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Como era inevitable percibir un montón de objetos celestes brillantes y bastante pequeños, se entendió que existía una esfera más bien alejada que llevaba en ella sola todas las estrellas del cielo, supuestamente fijas. Y ya está. Las cosas estaban bien así, todo el mundo estaba tranquilo, y pobre del que expresara la menor duda: esta visión, felizmente, se ajustaba perfectamente a la última versión de la Biblia.

Por desgracia, Copérnico estableció en el siglo XVI una teoría radicalmente diferente… En efecto, este astrónomo aventurero afirmó que la Tierra no era el centro del universo, sino que ésta giraba, como los otros planetas, en torno a su estrella: el Sol. Éste fue el nacimiento de lo que más tarde se bautizó como una visión heliocéntrica del universo. Como esto no bastaba, el loco de Copérnico sostuvo, asimismo, que la Tierra giraba también sobre ella misma.

La teoría de Copérnico estaba sostenida por constataciones que eran simples para quien quisiera levantar un poco la cabeza. La rotación de la Tierra sobre ella misma justificaba, sin duda, la constatación de un movimiento periódico del Sol, la Luna y las estrellas, y la vuelta de la Tierra en torno al Sol debería haber permitido comprender el movimiento anual de éste, las estaciones… Pero esto no era lo bastante convincente. Los contemporáneos de Copérnico no creyeron ni una palabra, y la Iglesia se escandalizó con una teoría tan blasfema.

Hasta el siglo XVII, el heliocentrismo sólo consiguió la adhesión de una decena de científicos, entre los que se contaban el italiano Galileo Galilei, que sería condenado duramente, el alemán Johannes Kepler y el filósofo Giordano Bruno.

Habrá que esperar hasta el final del siglo XVII, y a que Isaac Newton elabore su mecánica celeste, para que todo el mundo se rinda ante la evidencia: ¡el inútil de Copérnico tenía razón!

35.

Sentado a una mesa del gran restaurante rojo, con la mirada perdida en el vacío, intentaba imaginarme el rostro de todos los que habían apoyado sus codos bajo ese mismo techo: Picasso, Apollinaire, Modigliani… Siempre me ha gustado el ambiente «locos años veinte» de esas grandes salas parisinas en las que el ruido me protege de los pensamientos invasores del exterior. Está la canción de los camareros, el rumor de los clientes, el eco de los techos altos; rápidamente, te vuelves invisible y te sientes como en tu casa. En el fondo, los bares deberían estar subvencionados por la Seguridad Social. Sus banquetas de cuero son a veces más eficaces que los divanes de los psicólogos, y un whisky seco siempre es menos caro que una consulta.

Estaba diciéndome que Agnès había renunciado finalmente a reunirse conmigo cuando la vi aparecer al final del Wepler. Llevaba unos tejanos negros y una camiseta roja que le llegaba hasta sus finas caderas. Sus cabellos morenos estaban algo despeinados. Le hice un gesto con la mano. Ella vino a sentarse frente a mí.

– Y bien, ¿qué le pasa, Vigo? ¿Por qué he tenido el placer de salir de la cama a estas horas?

La miré confuso. Ignoraba por qué la había escogido, a ella, y qué fuerza inexplicable me empujaba a lanzarme sin mirar a aquel encuentro sin precedentes. Tirarme a los brazos de una desconocida no era mi estilo. Pero ¿sabía de verdad cuál era mi estilo? Tal vez simplemente había presentido que ella era mi última esperanza, mi último recurso para mantener un vínculo con la realidad. Todo se había hundido a mi alrededor, todo, excepto esa pequeña luz de esperanza: encontrar en esa mujer un alma gemela cuya ayuda y mirada habrían bastado para convencerme de que no estaba completamente loco. Era osado, pero no tenía otra opción.

– Agnès, necesito que confíe en mí, pero no sé si podrá creerlo.

Ella echó una ojeada a nuestro alrededor, como si tuviera miedo de que alguien nos oyera o nos viera juntos.

– ¿En qué tengo que creerle?

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[1] «En el pueblo, sin pretenderlo, tengo mala reputación, tanto si me muevo, como si me quedo quieto, me consideran un vete tú a saber qué.» Fragmento perteneciente a la canción «La mauvaise réputation», de Georges Brassens (1921-1981). (N. de la T.)