– ¿De verdad? ¿A quién? -la apresuré.
– A una sociedad offshore, llamada Dermod, y cuya actividad oficial es la importación-exportación, como la mayoría de esas sociedades instaladas en paraísos fiscales.
– ¿Dermod?
– Sí.
– Jamás había oído su nombre.
– En todo caso, es algo por lo que empezar. No sé adonde nos conducirá, pero vale la pena investigar.
Asentí.
– Gracias por todo, Agnès.
– Espero sinceramente no tener que lamentar haberme mojado así por ti.
– No sé cómo agradecértelo…
Ella se encogió de hombros.
– He de confesarte que estoy particularmente intrigada por toda esta historia. Sigo pensando que deberíamos contar todo esto a las autoridades, pero bueno, no seguiré insistiendo. No por el momento, al menos. Pero te aviso, si esto se vuelve demasiado peligroso, incluso antes de las cuarenta y ocho horas que te he concedido, lo quieras o no, me pondré en contacto con el procurador.
– De acuerdo.
– Bueno, venga, ya basta por hoy. Necesito desconectar.
– Sí… De todos modos, creo que no podría entender nada más -confirmé sonriendo.
– No podemos recuperarnos con un restaurante. Voy a cocinar algo…
– ¿Te echo una mano?
– Si quieres.
54.
Cuaderno Moleskine, nota n.° 173: recuerdo, precisión.
Mi nombre no es Vigo Ravel. Tengo doce años, tal vez trece. Estoy en el asiento trasero del coche; en el exterior, se extiende un paisaje verde, un gran paisaje verde. Los adultos de los asientos delanteros son marido y mujer. Deben de ser mis padres, mis verdaderos padres. Pero sigo sin distinguir su rostro. No son más que dos fantasmas indiferentes.
Fuera, ahora estoy seguro, se extienden las colinas verdes de la costa normanda. Antiguos blocaos surgen detrás de las lomas de hierba, inmortales cubos de hormigón, como si la tierra jamás olvidara las heridas de guerra. A lo lejos, los acantilados de arcilla dominan un mar agitado.
Miro la mosca idiota. Se posa, huye y vuelve lentamente. Sé que no podría cazarla. Está allí para desviar mi mirada, para alejarme de los secretos del mundo adulto.
Delante, la conversación se agria. Me siento contrariado. Cansado. He oído ya mil veces esos reproches, esa discordia, mil veces he visto esa lucha.
Debe de ser culpa mía, porque estoy allí.
Después, el coche se detiene. Veo que mis manos se agarran al reposacabezas. Oigo el ruido de la arena bajo los neumáticos, el mar, las puertas que golpean. Bam, bam, bam, como tres bofetadas en las mejillas rojas de mi recuerdo.
Arrastro los pies por la playa desierta. Sigo de lejos a esos adultos que no me oyen. Caminamos sobre guijarros. El clamor de las olas y el viento ahogan todo el paisaje.
Frente a nosotros, veo el largo espigón cubierto de algas verdes. Y después, de nuevo, el recuerdo se extingue lentamente en el batir de alas de una lechuza.
55.
Al día siguiente por la mañana, cuando salí del cuarto de baño, me encontré a Agnès en su despacho. Sin esperarme, había empezado a investigar en Internet. No pude evitar emocionarme al mirarla desde la puerta: su nuca delicada, sus manos revoloteando sobre el teclado. Me costaba olvidar los besos que me había regalado, aquellos minutos de una intimidad que parecía perdida para siempre y que, sin embargo, me habría encantado volver a saborear.
– Roncas, Vigo.
– ¿Perdón?
Ella no se había girado.
– ¡Roncas como un ogro! Te oigo hasta en mi habitación.
– Lo… Lo siento.
Ella giró su sillón para mirarme, por fin, cara a cara. Una sonrisa burlona iluminaba su rostro.
– ¡Jamás había oído a nadie roncar tan fuerte! ¡Es sorprendente!
– ¡Yo… lo siento de veras!
Parecía disfrutar con mi embarazo.
– Ven a ver, creo que he encontrado algo interesante sobre tu carta anónima.
Me acerqué al ordenador.
– ¡Mira, me parece que he identificado al tipo que dejó aquel mensaje en el hotel!
– ¿De veras?
Ella me mostró la pantalla. Su navegador de Internet mostraba la página de un foro.
– Es el nombre de un hacker, un pirata informático, si lo prefieres, y no uno cualquiera…
Ella me señaló algunos de los mensajes colgados en las páginas, y me mostró varias veces la misma firma: SpHiNx.
– Ah, sí. ¿Y por qué dices que no es uno cualquiera?
– Cuando leí tu mensaje el otro día, tuve la impresión de haber visto ya ese nombre en alguna parte. Entonces, lo verifiqué. Y aquí está… Seguramente debía de haber visto su nombre en Internet. Mira, es aquel tipo misterioso que hizo las revelaciones sobre la Piedra de Jordán…
– Ah, sí, ya me acuerdo. El famoso mensaje oculto de Cristo.
– Exactamente, sus revelaciones fueron todo un escándalo en su momento, y permitieron desmantelar Acta Fidei, una organización mafiosa infiltrada en el Vaticano…
– ¿Y cuál es su relación con nosotros?
Ella se encogió de hombros.
– No tengo ni la menor idea. Pero, al menos, sabemos que es bastante serio. Me he permitido enviar un correo electrónico a ese misterioso SpHiNx, espero que no te moleste. ¡Ya veremos si responde! He creado una cuenta en este foro, lo que nos permite recibir y enviar mensajes.
– Has hecho bien. Pero ¿estás segura de que es la misma persona que firmó mi carta?
– Prácticamente. Lo comprobaremos con su respuesta, pero, mira, es exactamente la misma tipografía, con una letra de cada dos en mayúscula.
– Sí. ¡De todos modos, es increíble! Me pregunto por qué un pirata informático me habría dejado un mensaje en mi hotel.
– Pues bien, después de leer sus mensajes, tengo la impresión de que este tipo se pasa el tiempo denunciando escándalos políticos, financieros o de otra clase. Su sitio parece una especie de panfleto político alternativo [3] de Internet.
– Interesante…
– Sí, todavía no me lo he mirado todo, pero parece fiable… No obstante, es mejor desconfiar, hay muchos tíos raros en la Red, falsos periodistas de investigación que defienden tesis completamente falsas.
– Como la que explicaba que ningún avión se había estrellado contra el Pentágono en los atentados del 11 de septiembre…
– Por ejemplo… Pero ése no parece ser el caso de nuestro SpHiNx. He leído uno o dos artículos que ha publicado sobre el Opus Dei o sobre el asunto de Clearstream, y no parece ir desencaminado… Ya lo veremos.
– Pues entonces es una buena noticia. Espero que pueda explicarnos más cosas. ¿Has desayunado ya? -No. Vamos.
Pasamos el resto del día juntos, dividiendo nuestro tiempo entre las comidas, nuestras conversaciones y algunas nuevas investigaciones en Internet que confirmaron nuestra buena impresión sobre el misterioso hacker. Pero no recibimos respuesta alguna al mensaje de Agnès.
Al final de la tarde, el telediario difundía la foto de un hombre de unos treinta años.
… que se llama Gérard Reynald, habría sido detenida esa mañana a su domicilio parisino, en el marco de la investigación sobre los atentados del 8 de agosto. Este joven de treinta y seis años, desconocido anteriormente para los servicios policiales, es sospechoso de haber sido una de las personas que colocaron la bomba implicada en la explosión de la torre SEAM. Según nuestras informaciones, el sospechoso padecería problemas psiquiátricos graves, de tipo esquizofrénico.
Noté la mano de Agnès que se agarrotaba sobre mi brazo.