Louvel debió de notar mi preocupación. Puso una mano en mi brazo.
– ¿Va todo bien, Vigo?
– Eh… Sí -balbucí-. Creo… Creo que sé a qué podrían corresponder los planos subterráneos.
– ¿De veras?
Sacudí la cabeza.
– Sí. Tengo una pequeña idea sobre esto. Es preciso… Es preciso que haga una llamada.
– ¿A quién?
– Al antiguo comandante del Equipo de Investigación y de Intervención de las Canteras de París [4].
68.
Hacia las 21 horas, Damien Louvel y yo estábamos en el salón del comandante Berger. No habíamos perdido el tiempo. Como le había dicho a Damien, dadas las implicaciones cada vez más inquietantes que se dibujaban alrededor de este asunto, nuestra investigación tomaba el aire de una carrera contra reloj. Según él, era necesario que hiciéramos estallar el escándalo -si escándalo tenía que haber- antes de que los responsables en las alturas que se ocultaban verosímilmente detrás de Dermod consiguieran echar tierra sobre el asunto… o hacernos callar, de un modo u otro.
El antiguo policía había aceptado encontrarse con nosotros aquella misma noche en su casa, en su pequeño apartamento del distrito XX. La pensión del antiguo poli no parecía permitir al viejo soltero vivir en el lujo, y las dos habitaciones en las que vivía estaban todavía más en desorden que el apartamento de Agnès. Sonreí pensando que los guardianes del orden parecían descuidar el de su propio hábitat… Berger era visiblemente un bibliófilo, a juzgar por la cantidad de volúmenes que atestaban los muros y los muebles. Durante el trayecto, Louvel -que había investigado un poco- me había informado de que el policía había participado en dos obras sobre el París subterráneo en los últimos años.
Berger debía de frisar los setenta años. Algunos ralos cabellos blancos atravesaban su amplio cráneo. Entrado en carnes, tenía el rostro regordete, las mejillas rojas y la mirada brillante. Le habíamos dicho que éramos periodistas, amigos de Agnès, y que llevábamos una investigación sobre la vida subterránea de la ciudad. Primero había rehusado encontrarse con nosotros, explicando que ya había respondido mil veces a los periodistas sobre estas cuestiones y que era un tema pasado; pero había acabado por aceptar, «por amistad con Agnès».
– ¿Qué esperan decir en su reportaje sobre el subsuelo de París que no haya sido dicho ya en las decenas de documentales que ha habido sobre el tema? ¿Han leído mis libros? Todo lo que sé está allí…
Me volví hacia Louvel. Esperaba que tuviera una mejor réplica de la que yo podía tener.
– Señor Berger, vamos a ser francos con usted -declaró Damien con aire serio-. Nosotros no hacemos un simple documental sobre las catacumbas. Hacemos periodismo de investigación.
– Oh la la -intervino el viejo policía, burlón.
Louvel no se dejó desconcertar.
– Creemos que podría haber en el subsuelo de la ciudad actividades relacionadas con los atentados del 8 de agosto.
Era una respuesta arriesgada. ¡El hacker acababa de hacer una media confesión que me parecía aventurada! ¿Era útil despertar las sospechas del comandante Berger dejándolo acercarse al objeto real de nuestra investigación? Al ir allí a cara descubierta, a pesar de mi cráneo rapado, ya había tomado muchos riesgos. Pero quizá Louvel tenía razón. Evocar el tema real de nuestra investigación era también un medio de diluir nuestra mentira -no éramos periodistas- en un poco de verdad.
El policía frunció el ceño.
– ¿Terroristas bajo París? Eso me extrañaría. La policía está al corriente de todo lo que pasa bajo la ciudad…
– Sin embargo, a menudo se habla de esos jóvenes que están ilegalmente en las catacumbas…
– Figúrese que ellos son precisamente nuestra mejor fuente de información -replicó el viejo-. Conocemos perfectamente a todos los «catáfilos», como se llaman a sí mismos. Toleramos su presencia; a cambio de ello, nos indican toda actividad que se salga de lo ordinario en el subsuelo de París.
Hablaba ahora como si estuviera todavía en activo, poseído sin duda por la vocación que había seguido durante largo tiempo.
– El servicio que yo dirigía llevaba a cabo una tarea más de prevención que de represión, ya sabe… Cuando bajábamos, controlábamos la identidad de la gente que vagabundeaba y les advertíamos del peligro que hay al circular en las catacumbas; pero raramente los denunciábamos. Gracias a aquello, el servicio posee un fichero muy preciso de todos los catáfilos, con su nombre, su sobrenombre, eventualmente el club al que pertenecen… Es la mejor fuente de información con que pudiéramos soñar. En cuanto hay algo anormal, los catáfilos nos previenen. Es su modo de mantener buenos contactos con nosotros, de ganarse nuestra benevolencia. De manera que me cuesta creer que unos terroristas puedan tener actividades en el subsuelo de la ciudad sin que la policía sea alertada.
Louvel asintió lentamente.
– Pero ¿realmente se conocen todos los locales que se esconden bajo París?
– ¡Sí, seguro! Primero, está el «Giraud», un plano que utilizan los catáfilos y que ponen al día ellos mismos regularmente. Y después, el Equipo de Investigación y de Intervención de las Canteras tiene en su poder unos planos muy bien detallados de todo lo que existe bajo la villa: las antiguas canteras de yeso y de caliza, las alcantarillas, las auténticas catacumbas, las diferentes infraestructuras del metro, las redes telefónicas y neumáticas, pero también los subterráneos más secretos, como los búnkeres de la Segunda Guerra Mundial, los refugios de la defensa pasiva…
– Eso son muchos sitios para vigilar.
– Cierto -reconoció el comandante Berger-. A menudo he hecho notar a mi jerarquía que nuestros efectivos estaban un poco limitados para nuestra misión… Hay que saber que hay también bajo París numerosos espacios inutilizados, abandonados, como las galerías inacabadas del metro, e incluso estaciones enteras dejadas en total abandono. Bajo la Défense, por ejemplo, se construyó una gigantesca estación de metro que finalmente jamás ha sido utilizada…
No pude dejar de dirigir una mirada significativa a Louvel.
– ¿Bajo la Défense? -insistió el hacker.
– Sí. No pueden imaginar el número de espacios abandonados que hay bajo la explanada peatonal [5] de la Défense… ¡Pero les veo venir! Los atentados han tenido lugar en la Défense… No imaginarán, sin embargo, que unos terroristas hayan podido instalarse en esos locales sin ser percibidos…
– Terroristas, no. Pero podría haber bajo la Défense algo en relación con los atentados. ¿Cuál es la naturaleza de esos espacios?
– Ya se lo he dicho, hay muchísimas cosas. Varios niveles han sido construidos bajo la explanada, sobre decenas de hectáreas, hasta el Sena. Hay aparcamientos, los sótanos de los centros comerciales, las vías para los transportes, la autopista y un montón de instalaciones técnicas… Resultado, entre todos aquellos espacios, hay volúmenes inmensos, a menudo inutilizados, que se han encontrado encerrados. Algunos de esos volúmenes residuales han llegado a ser legendarios. El personal del EPAD (ente público para la ordenación de la Défense) las llama las «catedrales engullidas».
– Divertido.
– Sí. Forma parte del folclore. Corren numerosas historias a este respecto. En 1991, por ejemplo, Radio Nova ha conseguido organizar dos fiestas pirata en uno de esos volúmenes abandonados. Moretti, quien, con la complicidad de Picasso y del ministro de Cultura de la época (me parece que era Duhamel), recuperó en 1973 todo un espacio para una gigantesca escultura que no ha dejado de agrandar cada año. Se ha acabado por llamar a su obra el «monstruo de la Défense»… Creo que es Kessel quien la ha bautizado así.
[4] La necesidad de piedra para construir y de tierra laborable hizo que las canteras de París fueran subterráneas a partir de la Edad Media, lo que dio lugar a un complejo entramado de galerías y catacumbas en el subsuelo de París. (N. de la T.)
[5] Se propone esta traducción, «explanada peatonal», a la palabra francesa «dalle», cuyo significado se ha ampliado (urbanismo de «dalle») Para designar a una estructura de plataformas y vías subterráneas que regulan los diversos flujos circulatorios de una ciudad o un barrio; la plataforma superior es siempre peatonal. (N de la T.)