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– Se necesita presión para cortar la hemorragia.

Sacó su arma y volvió a cargarla. En ese mismo instante, la voz de Lucie se oyó en nuestros auriculares.

– ¿Stéphane?

– Te escucho.

– Bien. Vamos a probar algo. No os garantizo nada. Marc intentará entrar en el aparcamiento con la camioneta para recogeros.

– ¿Estáis seguros de que la entrada al aparcamiento no está cerrada? Todo el sector está clausurado. Cambio.

– Según él, queda un acceso para Entregas en la puerta 7. El problema es que no tiene acreditación para entrar, por eso os hemos dejado fuera. Pero ahora no tenemos elección. Vamos a echarnos un farol enseñando una credencial de Bouygues [6] . Cruzad los dedos y subid a esperarlo al nivel -2. Espera poder estar allí en cinco minutos.

– De acuerdo. Vamos para allá. Corto.

El guardaespaldas se inclinó hacia Louvel.

– Damien, ¿vas a poder seguir?

El hacker sudaba abundantemente. Su rostro estaba pálido, pero al menos parecía conservar el ánimo.

– Sí, sí, vamos -balbuceó él.

Lo ayudamos a levantarse, y nos pusimos en camino hacia la rampa que llevaba al nivel superior. Después de algunos pasos, oímos unas voces que venían de abajo. Las órdenes que daban golpearon y resonaron entre las paredes de hormigón.

– No tardarán -susurró Badji-. Démonos prisa.

No sabía si estaba más agotado física o anímicamente, pero mis piernas parecían estar a punto de ceder bajo mi propio peso. Me temblaban las manos y la cabeza volvía a darme vueltas. Intenté no demostrar nada de eso delante de los otros dos. Pensé en Damien, que debía de estar sufriendo mucho más que yo, y en Greg, cuyo cadáver habíamos abandonado allí abajo. Hice acopio de todo mi valor y continué hacia delante. Conforme nos acercábamos a la superficie, el ruido lejano de las obras se amplificaba. El rugido sordo de los camiones y de las grúas era como la promesa de nuestra próxima liberación. Había que llegar hasta allí.

Subimos por la rampa hasta el nivel -3. Louvel resultaba cada vez más pesado de llevar, o bien mis fuerzas me abandonaban progresivamente.

De nuevo, un rumor confuso resonó en los niveles inferiores. Se oyeron ruidos de carreras, de gritos, apenas cubiertos por el ruido de la cantera que había encima de nuestras cabezas. Solté un suspiro. ¿No iba a acabarse nunca? Agarré más fuerte a Louvel por la cadera y aceleré el paso. Badji hizo lo propio. Nos encaminamos a la última rampa, cada vez más rápido. Mientras subíamos, Stéphane cogió el cable de su comunicador y accionó el micrófono.

– Marc, aquí Stéphane. Marc, ¿llegas ya? Cambio.

Nada. No hubo respuesta alguna, ni de Marc ni de Lucie. Badji soltó un juramento. Sin duda, estábamos demasiado lejos del repetidor móvil instalado en el último sótano. El vínculo con SpHiNx se había roto. Nos habíamos quedado a nuestra propia suerte.

En ese instante, el peso de Louvel se hizo de repente mucho más pesado, y su cuerpo se resbaló entre nuestros brazos. Badji se lanzó a cogerlo.

– ¡Ha perdido el conocimiento! -exclamé, enloquecido.

Las voces se acercaban detrás de nosotros. El guardaespaldas se echó a Damien a la espalda y se puso a correr. Yo le iba pisando los talones, arrastrando los pies por el cansancio y un poco ladeado por el dolor que sentía en la cadera.

Llegamos, por fin, al nivel -2. Badji se detuvo en medio del primer carril y dio una vuelta sobre sí mismo. Nada, no se veía ninguna camioneta. Y el continuo ruido de los obreros que trabajaban en la superficie se hacía cada vez más fuerte. Me uní al guardaespaldas en el centro del aparcamiento, al límite de mis fuerzas.

Si Marc no conseguía llegar, habría que buscar una nueva solución. ¿Volver a coger los ascensores? No, era demasiado arriesgado. ¿Hacer frente a nuestros perseguidores? Al parecer, era lo que Badji se disponía a hacer. Había dejado con delicadeza a Damien apoyado contra un pilar y había agarrado su arma. Yo ya no tenía la mía; de todas maneras, ahora sabía que mi estado, mi cerebro, me hacía incapaz de matar.

El amenazador eco de los pasos de nuestros perseguidores estaban a tan sólo unos pocos metros. Los latidos de mi corazón se aceleraron.

– ¡Marc! -grito Badji por su micrófono-. Es ahora o nunca. Necesitamos a la caballería.

Seguía sin haber respuesta. Ninguna respuesta. Los tipos estaban al final de la rampa. Sus voces se acercaban, se mezclaban con el ruido ambiente. Unas sombras se dibujaron en la pared de la rampa.

En ese mismo instante, cuando Badji se había puesto en posición para disparar, el ruido de un motor empezó a rugir al otro lado del aparcamiento, detrás de nosotros. Unos neumáticos chirriaron. Di media vuelta. La camioneta blanca apareció en el último carril.

– ¡Joder! ¡Ya era hora! -gritó, a la vez que levantaba el cuerpo inmóvil de Louvel.

Lo ayudé a cargarse al hacker a la espalda y nos echamos a correr hacia la camioneta. A pesar de cargar con Damien, Stéphane corría más rápido que yo. Los números de las plazas desfilaban bajo mis pies. 33, 32, 31. Nuestros pasos golpeaban sobre la superficie gris.

De repente, una detonación desgarró el aire. Una bala pasó silbando a nuestro lado, después llegó una segunda. La camioneta estaba a tan sólo unos metros. Vi el rostro de Marc detrás del parabrisas. Éste dio un volantazo. Las ruedas derraparon sobre el suelo con un chirrido agudo. El vehículo se colocó atravesado y se paró frente a nosotros. Badji dio la vuelta por detrás. Lo seguí. Una nueva detonación. Un ruido metálico. Una bala se había hundido en la chapa. Stéphane abrió la puerta lateral e introdujo el cuerpo de Louvel en el interior. Después se subió y me tendió la mano. Le tiré primero la mochila con los dos discos duros. La colocó tras él y me hizo una señal para que cogiera su brazo.

– ¡Acelera! -gritó Badji, volviéndose hacia el conductor.

Marc arrancó al instante, dejándose las ruedas en ello. La goma se consumió en el hormigón. Badji agarró mi brazo y, de un golpe seco, me metió dentro. Me tumbé en la camioneta, junto al cuerpo inerte de Damien. Se oyeron dos nuevos balazos. Un bandazo a la derecha me proyectó hacia la carrocería. Solté un grito de dolor. Me agarré al asiento del pasajero. Marc dio un volantazo a la izquierda para volver a centrarse. Una de las ruedas golpeó una acera. Un nuevo choque.

Después el vehículo subió por una pequeña rampa que llevaba a la luz del día. El camino giraba hacia la derecha. Las siluetas de nuestros perseguidores desaparecieron detrás del muro. Marc aminoró la velocidad.

– ¡Escondeos! -gritó, haciéndonos un gesto con la mano.

Nos echamos sobre el suelo. Badji había pasado su brazo por encima del pecho de Louvel, y lo mantenía en medio de la camioneta. Marc retrocedió. Vi la sombra de una barrera a nuestro lado. Todavía quedaban unos metros de pared gris y, después, por fin, el azul del cielo.

Badji se levantó lentamente.

– ¿Va todo bien? -preguntó, apoyando la mano encima del hombro del conductor.

– Todavía no. Los tipos que me han dejado entrar antes están un poco más lejos. Seguid escondidos.

La camioneta tomó un camino bordeado por altos muros blancos. A través de los cristales tintados, reconocí la puerta 7, en la que nos había dejado Marc un poco antes. El vehículo aminoró la velocidad, casi se paró. Marc bajó su ventanilla, y vi que sacaba la mano al exterior. Se hizo un instante de silencio, y luego de duda. Después, se oyó la voz de un tipo: «Está bien, pasad». Marc aceleró progresivamente.

Solté un respiro de alivio. ¡Por fin se había acabado! Habíamos conseguido salir de ese infierno de hormigón. Pero ¿a qué precio? Greg había perdido la vida, y Damien estaba bastante mal. Al menos, esperaba que las informaciones que habíamos ido a buscar valieran la pena…

Pero en el fondo, ¿había alguna verdad por la que mereciera la pena morir?

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[6] Bouygues es una empresa francesa del sector de la construcción. (N. de la T.)