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– ¿Cuán paciente?

Eduardo titubeó.

– Bien, no lo sé con certeza -dijo evasivamente-, pero creo que será mejor que no hagas circular las amonestaciones hasta después del Año Nuevo.

– No pienso avenirme a las conveniencias de Jorge -dijo Ricardo secamente.

– No las de Jorge, Dickon, sino las mías. No puedo permitir que estéis enfrentados. No importa que tú tengas razón y él esté equivocado. Ya te he dicho que Ana detesta que Jorge reclame las tierras de su familia. Bien, necesito tiempo para hacer entrar a Jorge en razón. Maldición, Dickon, no es mucho pedir. De todos modos no podrías casarte de inmediato, tendrás que pedir una dispensa a la Santa Sede, pues sois primos. -Hizo una pausa, añadió-: Más aún, una demora podría beneficiarte en otro sentido, al darte tiempo para reparar el daño causado por Lancaster.

Ricardo irguió la cabeza bruscamente. Tuvo el impulso de decirle a su hermano que no se inmiscuyera en lo que no debía, pero las palabras murieron en sus labios. Al abrazar a Ana ese sábado por la tarde en una habitación de una posada de Aldgate, había creído prevalecer sobre las sombras del pasado. Quince días después, sabía que no era así, que no era tan sencillo.

– No negaré que Ana tiene feos recuerdos -dijo cautamente, al cabo de una pausa reflexiva-. Pero, ¿por qué crees que aún la perturban?

Eduardo se giró en la silla, apartándose de la ventana; alzó la mano para protegerse los ojos de la luz de la mañana.

– Porque no ha tenido tiempo de olvidar. Las cicatrices de la mente sanan más despacio que las del cuerpo… sobre todo si hablamos de mujeres, y de heridas infligidas en el lecho.

Ricardo no tuvo la oportunidad de responder, pues las hijas de Eduardo irrumpieron en la cámara, arreadas por varias atareadas niñeras. Bess y Mary competían para sentarse en las piernas de Eduardo, mientras que la pequeña Cecilia se aferraba al respaldo y le tironeaba del brazo.

Ricardo observó de buen humor. Eran hermosas niñas, y parecían haber salido intactas del calvario de siete meses de asilo. Ricardo sabía que su madre pensaba que Ned las consentía demasiado, y concedía que ni él ni ninguno de sus hermanos habría osado saludar a su padre como las alborotadas hijas de Ned. Pero también sabía que ninguno de sus hijos había amado al duque de York como esas niñas amaban a su padre.

– ¡Calma, Bess, calma! Chilla pero no grites… Tengo un tremendo dolor de cabeza.

Se calmaron un poco, riendo entre dientes. Como Bess le había ganado, Mary se acercó a Ricardo y le dio un abrazo y un beso mal apuntado. En apariencia, Mary era la más parecida a su madre, pero los claros ojos verdes tenían una calidez que él nunca había recibido de Isabel Woodville. La abrazó a su vez, le dejó sitio en el asiento de la ventana.

Eduardo había despedido a las niñeras. Ricardo sabía que disponía de tiempo para sus hijos aun en los días más atareados. Así como años antes siempre había tenido tiempo para un hermano menor que lo admiraba.

Ricardo sonrió al recordar. Poniéndose de pie, ayudó a Cecilia a sentarse junto a su hermana y luego dio un tirón juguetón a las trenzas rubias de Bess. Ella sonrió, le mostró un hueco entre los dientes delanteros que no estaba allí la última vez que la había visto; tenía los ojos azules y risueños de su padre. Se preguntó cómo serían los hijos que tendría con Ana; Kathryn y Johnny eran morenos.

– ¿Te marchas, Dickon? San Martín, sin duda… Al menos, hoy por hoy sé dónde encontrarte.

Ambos rieron y Bess se alegró. Le agradaba oír la risa de su padre, sabía que eso significaba que no la despediría con un beso apresurado y el pretexto de estar ocupado. Pero la conversación de ellos no le interesaba y decidió llamar la atención.

– Fuera vi al tío Jorge. Creo que quería verte, papá, pero se marchó cuando supo que estabas con el tío Dickon. -Alzó la vista, notó que la alegría de todos se había empañado-. No me gusta mucho -dijo sin rodeos.

Su padre le acarició el cabello.

– ¿Por qué no, tesoro?

– Porque a ti no te gusta, papá.

Eduardo abrió la boca para emitir la negativa convencional, pero no lo hizo.

– Tienes razón, Bess -dijo en cambio-. No me gusta.

12

San Martín el Grande, Londres. Febrero de 1472

El crepúsculo invernal llegaba deprisa. Desde la media tarde se habían acumulado nubes de nieve desde el este, y ahora envolvían la Gran Londres. Mirando el retazo de cielo visible desde la cama, Ana frunció el ceño; Ricardo se marcharía al alba del día siguiente para Shene, y al parecer tendría que viajar con mal tiempo. Se inclinó, le rozó la sien con los labios, y luego el cabello que le surcaba la frente. Él arqueó la boca al recibir esta caricia, pero no abrió los ojos. Ella se inclinó aún más, le dio un torpe beso al revés, lo único que podía hacer en ese momento, pues él le apoyaba la cabeza en el regazo.

– Debo marcharme, ma belle. Esta semana llegó otro enviado de Bretaña y tengo que verle antes de reunirme con Ned en Shene. Dado que la guerra entre Bretaña y Francia es tan probable, el duque Francisco es cada vez más insistente en sus peticiones de ayuda inglesa.

Ricardo no intentó levantarse, sin embargo, y se dejó acariciar el cabello con indolencia. Ella le desabotonó la camisa, le metió las manos dentro.

– Si te das vuelta, amor, te frotaré la espalda -le pidió-. Estás tan tenso que tienes los músculos anudados.

Concentró los esfuerzos en su hombro derecho, roto y mal repuesto más de nueve años atrás en una caída ante el estafermo. Recordaba el episodio vívidamente, recordaba el aspecto que él tenía mientras lo llevaban al torreón, la cara sucia con el polvo de la palestra y contorsionada de dolor. Ahora, al masajearle los hombros, veía la disparidad que no era visible a través de la ropa, aunque recordaba que él había mencionado que había hecho adaptar la hombrera derecha de la armadura a la rotura enmendada. Le complacía tener un conocimiento tan íntimo de su cuerpo, pues así él parecía pertenecerle más irrevocablemente.

Le apartó el cabello, encontró la cadenilla de plata de su cruz de peregrino, y la siguió con besos suaves hasta que él rodó y la atrajo hacia sí.

– Es tan grato mirarte, Ana. Me maravilla tener tanta suerte, sabiendo que tu rostro será lo primero que veré al despertar y lo último que veré antes de dormirme.

– Cuidado -susurró-, cuando dices esas cosas, siento la tentación de retenerte conmigo, aun sabiendo que sería una grave afrenta para los señores de Bretaña.

Había hablado en broma pero con sinceridad; sentía esa tentación. Sus motivos para restringirse ya no parecían tan persuasivos. Sí, sería un pecado, pero no podía creer que fuera un pecado que los condenara al castigo eterno, al margen de lo que dijera la Iglesia. A fin de cuentas, razonaba, el Todopoderoso debía juzgar con cierta tolerancia un pecado tan difundido, pues de lo contrario la mayor parte de la humanidad estaba condenada.

Lamentablemente, no le había resultado tan fácil aplacar su otra preocupación, el temor de que Ricardo la dejara embarazada. No era que temiera marcar a su hijo con el estigma de la ilegitimidad. Llegado el caso, siempre podía casarse sin esperar la dispensa papal. Pero su orgullo le hacía temer esa posibilidad; la espantaba pensar en la sonrisa burlona de la gente que contaría con los dedos la fecha de nacimiento.

Ricardo había coincidido de mala gana, pues no quería someterla a los chismes difamatorios que tanto afligían a Kate y Nan. Pero a pesar de sus buenas intenciones, a veces exhortaba a Ana a recapacitar, y ella era cada vez más propensa a dejarse persuadir.

No había vuelto a experimentar los intensos sentimientos que la habían asaltado tan imprevista y abrumadoramente aquella tarde en la posada, durante esos primeros momentos en que la emoción había disipado brevemente los recuerdos. Los recuerdos habían vuelto pronto, pero no eran tan perturbadores como antes, y menguaban con el transcurso de las semanas. Su timidez no sobrevivió a noviembre, y aunque el deseo que le despertaba Ricardo carecía de urgencia, era grato, y era más de lo que había esperado sentir jamás. Y cuando la arena de febrero goteaba en el intrincado reloj que tenía junto a la cama, se preguntaba con creciente frecuencia cómo sería yacer con él; la semana pasada se había despertado, agitada y desconcertada, del primer sueño erótico de su vida.