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Eso era todo lo que quedaba de Antoine Cortès: una caja de cartón que ella sostenía sobre las rodillas. De hecho, siempre había tenido a su marido sobre las rodillas. Le había concedido la ilusión de ser el jefe, pero la responsable siempre había sido ella.

– ¿Qué va a ser, mi querida señora?

El camarero, plantado ante ella, esperaba.

– Una Coca Cola light, por favor.

El camarero se alejó con paso ligero. Tenía que ponerse a hacer ejercicio. Estaba volviendo a engordar. Había elegido ese piso para ir a correr por las avenidas del Bois de Boulogne. Se irguió, metió la barriga y se comprometió a mantenerse recta para trabajar sus músculos.

Los transeúntes vagaban por la acera. Otros los adelantaban a empujones. Sin excusarse. Una pareja joven caminaba abrazada. El chico había pasado el brazo sobre el hombro de la chica, que sostenía unos libros contra el pecho. Él le murmuraba algo al oído y ella escuchaba.

¿Cuál será el tema de mi próxima novela? ¿La sitúo en el presente o en mi querido siglo XII? Aquello, al menos, lo conozco. Conozco la sensibilidad de aquella época, los usos amorosos, las reglas de la vida en sociedad. ¿Qué sé yo de la vida de hoy? No demasiado. En este momento estoy aprendiendo. Aprendo las relaciones con los demás, las relaciones con el dinero, lo aprendo todo. Hortense sabe más que yo de eso. Zoé todavía es una niña, aunque está creciendo a ojos vista. Sueña con parecerse a su hermana. Yo también, cuando era niña, tenía a mi hermana como modelo.

Idolatraba a Iris. Era mi dueña y señora. Hoy delira en la penumbra de la habitación de una clínica. Sus grandes ojos azules abrigan una mirada que se ha convertido en un desierto. Me mira, rozándome con un ojo, mientras el otro se evade en un vago aburrimiento. Apenas me escucha. Una vez, mientras la animaba a hacer un esfuerzo con el personal, muy atento con ella, me respondió: «¿Cómo quieres que sea capaz de vivir con los demás, si ni siquiera soy capaz de vivir conmigo misma?», y había dejado caer la mano, inerte, sobre la manta.

Philippe iba a verla. Pagaba las facturas de los médicos, pagaba la factura de la clínica, pagaba el alquiler de su piso en París, pagaba el sueldo de Carmen. Cada día, Carmen, sirvienta fiel y testaruda, confeccionaba ramos de flores que llevaba a Iris, tras hora y media de viaje en un tren de cercanías y dos transbordos de autobús. Iris, incomodada por el olor de las flores, las rechazaba y se marchitaban ante su puerta. Carmen compraba pastas de té en Mariage Frères, colocaba la manta de cachemir rosa sobre la cama blanca, le ponía un libro al alcance de la mano, daba un toque de perfume al ambiente con un vaporizador y esperaba. Iris dormía. Carmen se marchaba de puntillas hacia las seis de la tarde. Volvía al día siguiente, cargada con nuevas ofrendas. Joséphine sufría con la abnegación silenciosa de Carmen y el silencio de Iris.

– Hazle un gesto, dile algo… Viene todos los días y ni siquiera la miras. No eres demasiado amable.

– No tengo por qué ser amable, Joséphine, estoy enferma. Y además me aburre con su amor. ¡Déjame tranquila!

Cuando no se sentía desengañada, cuando recobraba un poco de vida y de color podía ser muy desagradable. La última vez que Joséphine había ido a visitarla, el tono, al principio neutro, anodino, había subido rápidamente.

– Yo sólo he tenido un talento -había declarado Iris contemplándose en un espejito de bolsillo que estaba siempre sobre la mesilla de noche-: He sido guapa. Muy guapa. ¡E incluso eso se me está escapando! ¿Has visto esta arruga? Ayer por la tarde no estaba. Y mañana aparecerá otra, y otra y otra…

Había dejado el espejo de golpe sobre la mesa de fórmica y se había alisado el pelo negro peinado en una media melena recta. Un corte que la rejuvenecía diez años.

– Tengo cuarenta y siete años y he fallado en todo en la vida. Como mujer, como madre, y en la vida sin más… ¿Y quieres que tenga ganas de levantarme? ¿Para hacer qué? Prefiero dormir.

– Pero ¿y Alexandre? -había suspirado Joséphine, sin creer demasiado en que ese argumento fuese a cambiar algo.

– No pretendas ser más tonta de lo que eres, Jo, sabes muy bien que nunca he sido una madre para él. He sido una aparición, una conocida, ni siquiera podría decir una amiga: me aburría estar con él y sospecho que él también se aburría conmigo. Se entiende mejor contigo, su tía, que conmigo, su madre, así que…

La pregunta, que carcomía a Joséphine y que no se atrevía a plantear, se refería a Philippe. ¿No tienes miedo de que rehaga su vida con otra? ¿No tienes miedo de encontrarte sola? Hubiera sido demasiado brutal.

– Pues intenta convertirte en un ser humano de bien… -había concluido-. Nunca es demasiado tarde para convertirse en una buena persona.

– ¡Qué coñazo puedes llegar a ser, Joséphine! ¡Pareces una monjita perdida en un burdel, que intenta salvar almas perdidas! Vienes hasta aquí a darme lecciones. La próxima vez ahórrate el desplazamiento y quédate en casa. Parece ser que te has mudado. A un piso bonito, en un buen barrio. Me lo ha dicho nuestra querida madre. Entre nosotras, se muere de ganas de ir a visitarte, pero no quiere ser la primera en llamar.

Había esbozado una débil sonrisa, una sonrisa de desprecio. Sus grandes ojos azules, que desde que estaba enferma ocupaban todo su rostro, se habían ensombrecido con una melancolía celosa, malvada.

– Ahora tienes dinero. Mucho dinero. Gracias a mí. Fui yo quien provocó el éxito de tu libro, no lo olvides nunca. Sin mí hubieses sido incapaz de encontrar un editor, incapaz de responder a un periodista, de entrar en escena, ¡de dejarte despellejar en directo para llamar la atención! Así que ahórrame los sermones y aprovecha ese dinero. ¡Que al menos sirva para una de las dos!

– Eres injusta, Iris.

Se había incorporado. Una mecha de pelo negro se había escapado del corte perfecto y le caía sobre los ojos. Había gritado, apuntando a Joséphine con el dedo:

– ¡Habíamos hecho un pacto! ¡Yo te daba todo el dinero y tú me dejabas la gloria! Yo respeté nuestro acuerdo. ¡Tú no! Tú quisiste las dos cosas: ¡el dinero y la gloria!

– Sabes muy bien que no es verdad. Yo no quería nada de nada, Iris, nada de nada. Yo no quería escribir el libro, no quería el dinero del libro, sólo quería poder dar una educación decente a Hortense y a Zoé.

– ¡Atrévete a decirme que no enviaste a esa asquerosa de Hortense a denunciarme en directo en la televisión! «No ha sido mi tía quien escribió el libro, ha sido mi madre…». ¡Atrévete a decirlo! ¡Ah! ¡Te vino bien que fuera a soltarlo todo! Te escondiste detrás de tu dignidad y lo recuperaste todo, incluso acabaste conmigo. Si ahora estoy aquí, en esta cama, consumiéndome a fuego lento, es por tu culpa, Joséphine, ¡por tu culpa!

– Iris… Te lo ruego…

– ¿Y eso no te basta? ¡Vienes a burlarte de mí! ¿Qué más quieres? ¿A mi marido? ¿A mi hijo? ¡Pues quédatelos, Joséphine, quédatelos!

– No piensas lo que dices. Es imposible. Nos queríamos mucho las dos. En todo caso, yo, yo te quería y te quiero todavía.

– Me das asco, Jo. He sido tu aliada más fiel. Siempre he estado allí, siempre he pagado por ti, siempre he velado por ti. La única vez que te pido que hagas algo por mí, me traicionas. ¡Porque te has vengado bien! ¡Me has deshonrado! ¿Por qué te crees que me quedo aquí encerrada en esta clínica, dormitando, atiborrada de somníferos? ¡Porque no tengo elección! Si salgo, todo el mundo me señalará con el dedo. Prefiero morirme aquí. Y ese día, tendrás mi muerte sobre la conciencia y ya veremos cómo harás para vivir. ¡Porque no te soltaré! Vendré a tirarte de los pies por la noche, tus pequeños y cálidos pies enlazados con los pies grandes y fríos de mi marido, a quien deseas en secreto. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no oigo cómo le tiembla la voz cuando habla de ti? No me he vuelto completamente idiota. Oigo que le atraes. Te impediré dormir, impediré que te mojes los labios en las copas de champán que él te ofrecerá y, cuando pose su boca sobre tu hombro, ¡te morderé, Joséphine!