El domingo salió de Los Ángeles antes del amanecer con su motocicleta y condujo en la oscuridad hasta la ciudad de Hemet. Cuando puso gasolina en una estación de servicio y desayunó en la pequeña cafetería se sintió igual que un príncipe perdido, solo y sin que nadie lo reconociera. Al regresar a la carretera, el sol surgió en el horizonte como una brillante bola naranja, se deshizo de la gravedad y flotó, elevándose en el cielo.
El aeródromo de Hemet consistía en una única pista asfaltada llena de malas hierbas creciendo en las grietas, una zona de estacionamiento para los aviones y una polvorienta colección de remolques y edificios provisionales. La oficina de HALO [1] se hallaba en un remolque doble cerca del extremo sur de la pista. Gabriel aparcó su moto cerca de la entrada y se desabrochó el arnés que le sujetaba el equipo.
Los saltos a gran altura eran caros, y Gabriel había dicho a Nick Clark, el instructor de HALO, que estaba ahorrando para poder saltar una vez al mes. Sin embargo, desde la última vez únicamente habían pasado doce días, y volvía a estar allí. Cuando Gabriel entró, Nick le sonrió igual que un recepcionista dando la bienvenida a uno de sus clientes habituales.
– ¿No has podido aguantar?
– He ganado un dinero y no sabía en qué gastarlo.
Entregó a Nick un fajo de billetes y se encaminó al vestidor para ponerse la ropa interior térmica y el mono de salto. Cuando salió, acababa de llegar un grupo de cinco coreanos. Todos vestían los mismos uniformes verdes y blancos, llevaban equipos caros y tarjetas plastificadas con frases útiles en inglés. Nick anunció que Gabriel saltaría con ellos, y los coreanos se acercaron para estrechar la mano del norteamericano y hacerle una foto.
– ¿Cuántos saltos HALO has hecho? -le preguntó uno de ellos.
– No llevo un registro -contestó Gabriel.
La respuesta fue traducida, y todos parecieron sorprenderse.
– Lleva un registro y sabrás el número -le dijo el más mayor.
Nick pidió a los coreanos que se prepararan, y el grupo empezó con una larga lista de comprobaciones.
– Estos tipos se dedican a hacer saltos a gran altitud por los siete continentes -susurró Nick-. Ya puedes apostar qué fortuna les cuesta. Cuando saltan en la Antártida llevan unos trajes especiales que son como los de salir al espacio.
A Gabriel los coreanos le cayeron bien -se tomaban en serio lo de saltar-, pero prefería estar solo mientras revisaba su equipo. Los preparativos en sí mismos eran un placer, casi una forma de meditación. Se puso un mono de salto encima de la ropa, examinó sus guantes térmicos, el casco y las gafas flexibles; a continuación inspeccionó el paracaídas principal y el de reserva, las correas y el tirador de apertura. Todos esos elementos parecían de lo más normal en tierra, pero se transformarían cuando saltara al vacío.
Los coreanos hicieron unas cuantas fotos más, y todos se apretujaron en el avión. Los hombres se sentaron uno al lado del otro, en fila de dos, y conectaron sus máscaras de oxígeno. Nick habló con el piloto, y el avión despegó e inició su lento ascenso hasta diez mil metros. Las mascarillas de oxígeno dificultaban el habla y Gabriel se alegró de que así se acabara la conversación. Cerró los ojos y se concentró en respirar mientras el oxígeno silbaba suavemente en la máscara.
Odiaba la gravedad y las exigencias que ésta imponía a su cuerpo. El movimiento de sus pulmones y el latido de su corazón se le antojaban como las respuestas mecánicas de una torpe maquinaria. En una ocasión intentó explicárselo a Michael, pero tuvo la impresión de que hablaban idiomas distintos.
«Nadie ha pedido nacer -le había dicho Michael-, pero aquí estamos de todas maneras. Sólo hay una pregunta a la que debamos responder: "¿Estamos en la cima de la montaña o en la falda?".
»-Quizá la montaña no sea lo importante.
»Michael había parecido encontrarle cierta gracia.
»-Los dos llegaremos a la cima -contestó-. Allí es adonde voy, y tengo la intención de llevarte conmigo.»
Pasados los ocho mil metros, empezaron a aparecer en el interior del avión cristales de hielo. Gabriel abrió los ojos cuando Nick pasó a su lado por el estrecho pasillo hacia la cola del avión y abrió la puerta unos centímetros. Un viento helado se abrió paso en la cabina. Gabriel empezó a sentir la excitación. Ahí estaba. Había llegado el momento del salto.
Nick miró hacia abajo, buscando la zona de aterrizaje mientras hablaba con el piloto por el intercomunicador. Por fin hizo un gesto para que todos se prepararan y los hombres se colocaron las gafas y comprobaron sus arneses. Transcurrieron un par de minutos. Todos llevaban una botella de oxígeno atada a la pierna izquierda. Gabriel tiró del regulador de su botella, y la máscara hizo un ligero «pop». A continuación se desconectó del suministro del avión. Estaba listo.
Habían llegado a la misma altura que el Everest y hacía mucho frío. Cabía la posibilidad de que los coreanos hubieran decidido detenerse en la puerta y hacer un salto llamativo, pero Nick los quería en la zona de seguridad antes de que se les agotara el oxígeno de las botellas. Uno a uno, los coreanos se pusieron en pie, se acercaron a la puerta arrastrando los pies y saltaron al vacío. Gabriel había ocupado el asiento más próximo al piloto para ser el último en saltar. Se movió despacio haciendo como que se ajustaba las correas del paracaídas para poder estar completamente solo en el descenso. Al llegar a la puerta perdió unos segundos más haciéndole a Nick un gesto afirmativo con el pulgar. Luego saltó del avión y cayó.
Gabriel desplazó el peso de su cuerpo y se puso boca arriba, de modo que lo único que vio fue el espacio sobre él. El cielo era de un color azul oscuro. Más oscuro de lo que se podía ver desde el suelo: un azul de medianoche con un lejano puntito de luz. Venus. La diosa del amor. Una zona de la mejilla en contacto con el aire empezó a dolerle, pero Gabriel hizo caso omiso del dolor y se concentró en el cielo, en la absoluta pureza del mundo que lo rodeaba.
En tierra, dos minutos equivalen a una pausa para la publicidad en la televisión, a menos de medio kilómetro de arrastrarse en un atasco de la autopista, a un fragmento de cualquier canción de moda. Pero, cayendo en el aire, cada segundo se expande igual que una esponja arrojada al agua. Pasó por una capa de aire más cálido, pero después volvió al frío. Estaba lleno de pensamientos, pero no pensaba. Todas las dudas y componendas de su vida en la Tierra se habían desvanecido.
El altímetro de su muñeca empezó a sonar con fuerza. De nuevo desplazó el peso del cuerpo y se dio la vuelta. Miró hacia abajo, hacia el monótono paisaje marrón del sur de California y el perfil de lejanas montañas. A medida que se aproximaba a tierra distinguió zonas de casas, coches y la amarillenta neblina de contaminación que flotaba sobre la autopista. Gabriel habría deseado caer eternamente, pero una voz en su cerebro le ordenó tirar de la anilla de apertura.
Miró hacia el cielo, intentando recordar exactamente el aspecto que tenía; pero entonces el paracaídas floreció sobre su cabeza.
Gabriel vivía en una casa de la zona oeste de Los Ángeles que se hallaba a escasos metros de la autopista de San Diego. Por las noches, un blanco río de luces corría hacia el norte a través de Sepulveda Pass mientras un río paralelo de luces rojas se dirigía hacia el sur, a las ciudades de la playa y México. Después de que el casero de Gabriel, el señor Varosian, encontró a diecisiete adultos y cinco niños viviendo en su casa y pidió su deportación a El Salvador, puso un anuncio solicitando «un único inquilino, sin excepciones». Dio por sentado que Gabriel estaba involucrado en alguna actividad ilegal -un club de after hours o la venta de recambios robados-, pero no le importó porque tenía sus propias reglas: «Nada de pistolas. Nada de drogas. Nada de gatos».