– Ninguno de ellos era sospechoso cuando llegamos allí -dijo Bosch-. No había motivo para informarles de sus derechos. Les dijimos que habíamos reabierto el caso y les formulamos unas preguntas rutinarias. De todos modos, no nos revelaron nada importante. Les informamos de que se había demostrado la inocencia de Harris y eso fue todo. ¿Qué has averiguado, Kiz? Venga, enséñanoslo.
– De acuerdo, acercaos.
Bosch y Edgar se situaron con sus sillas a ambos lados de Rider. En el monitor aparecía la página web del Ama Regina.
– Vayamos por partes. ¿Alguno de vosotros conoce a Lisa o a Stacey O’Connor que trabajan en Fraudes en la Central?
Bosch y Edgar negaron con la cabeza.
– Aunque tienen el mismo apellido no son hermanas. Trabajan con Sloane Inglert. Sabéis quién es, ¿no?
Esta vez los dos detectives asintieron. Inglert pertenecía a una nueva unidad de fraudes informáticos instalada en el Parker Center. Meses atrás, el equipo, y en particular Inglert, habían dado mucho juego a la prensa al conseguir atrapar a Brian Fielder, un pirata informático de reputación internacional que dirigía un grupo conocido como «Los Pícaros Bromistas». Las hazañas de Fielder y la persecución de su presa que Inglert había emprendido a través de Internet había alimentado a la prensa durante muchas semanas, e incluso iban a filmar una película sobre el asunto en Hollywood.
– Vale -dijo Rider-. Son amigas mías de cuando yo trabajaba en Fraudes. Las he llamado y han accedido encantadas a trabajar en este caso, porque así no tienen que ponerse el uniforme y trabajar doce horas cada noche.
– ¿Han venido aquí? -preguntó Bosch.
– No, trabajarán desde el Parker. Allí tienen unos ordenadores como Dios manda. Hemos hablado por teléfono y les he dicho lo que habíamos averiguado, esta dirección en Internet que intuimos que es importante pero que no tiene ningún sentido. Les he contado lo del apartamento del Ama Regina y se han quedado horrorizadas. Ellas creen que lo que buscamos no tiene nada que ver con la propia Regina, sino con su página web. Han dicho que la página podía haber sido manipulada y que busquemos un enlace oculto en alguna parte de la imagen.
Bosch alzó las manos en señal de que no entendía pero antes de que pudiera decir algo, Rider prosiguió:
– Ya lo sé, que hable en cristiano. Vale. Sólo pretendo explicaros el asunto paso a paso. ¿Alguno de vosotros sabe algo sobre páginas web? ¿Pilláis de lo que estoy hablando?
– No -contestó Bosch.
– Nada -dijo Edgar.
– De acuerdo, trataré de explicároslo de forma sencilla. Empecemos con Internet. Internet es una superautopista de información, ¿vale? Miles y miles de ordenadores conectados. Es un sistema mundial. En esa autopista hay millones de desvíos, de lugares adonde ir. Redes informáticas, páginas web, etcétera.
Rider señaló al Ama Regina en la pantalla del ordenador.
– Esta es una página situada en una web donde hay muchas otras páginas. Podéis verlo en mi ordenador, pero su casa, por así decirlo, es una web más grande. Y esa web está en un aparato tangible, un ordenador que llamamos servidor. ¿Me seguís?
Bosch y Edgar asintieron.
– Al menos hasta ahora -respondió Bosch-, creo que sí.
– Bien. El servidor puede controlar muchas webs. Por ejemplo, si quisieras abrir una página de Harry Bosch acudirías a un administrador y le pedirías que alojara tu página. ¿Tienes alguna web de detectives ariscos que apenas despegan los labios?
Bosch sonrió ante la ocurrencia de Rider.
– Pues así es como funciona -continuó la detective-. Con frecuencia aparecen agrupados en una misma web multitud de negocios y empresas afines. Por eso, cuando buscas esa web en Internet te parece Sodoma y Gomorra. Porque los anunciantes de un determinado tema siempre buscan las mismas webs.
– De acuerdo -dijo Bosch.
– La misión principal de quien controla el servidor es proteger una web de la posibilidad de que entre un pirata informático y comprometa tu página, alterándola o destruyéndola. El problema es que nadie puede ofrecer una seguridad absoluta. Y si un pirata informático logra entrar en un servidor puede cargarse cualquier página.
– ¿Qué es exactamente lo que hace un pirata informático? -preguntó Edgar.
– Entrar en una página web y usarla como fachada para sus propósitos. Por ejemplo, podría introducirse detrás de la imagen que veis en mi monitor y añadir todo tipo de puertas y órdenes ocultas. Puede utilizar la página como vía de acceso a lo que quiera.
– ¿Y eso es lo que hicieron con la página del Ama Regina? -inquirió Bosch.
– Exactamente. Pedí a O’Connor/O’Connor que investigaran y han localizado esta página en el servidor. Han comprobado que existen algunos cortafuegos (eso son sistemas de seguridad), pero las contraseñas de protección siguen siendo válidas. De hecho, hacen que los cortafuegos sean inoperantes.
– Me he perdido -comentó Bosch.
– Cuando se crea un sitio web es preciso utilizar unas determinadas contraseñas para colocar la página en Internet. Dicho de otro modo, unos nombres y contraseñas de identificación. Invitado/Invitado, por ejemplo. O Administrador/Administrador. Una vez que la página está colgada de la Red es preciso eliminar estos nombres y contraseñas para evitar riesgos, aunque a veces a uno se le olvida y esas contraseñas se convierten en puertas traseras, lugares por donde colarse. En este caso se les olvidó. Lisa consiguió entrar utilizando Administrador/Administrador. Y si ella pudo hacerlo, cualquier pirata informático que se precie podría entrar y manipular la página del Ama Regina. Que es justamente lo que alguien hizo.
– ¿Y qué hicieron? -preguntó Bosch.
– Colocaron un enlace de hipertexto oculto. Cuando lo localizas y lo pulsas, lleva al usuario a otra web.
– En cristiano -dijo Edgar.
Rider reflexionó unos instantes.
– Imagínate un rascacielos, el Empire State. Te encuentras en un piso. El piso del Ama Regina. Y descubres un botón oculto en la pared. Lo pulsas y la puerta de un ascensor que ni siquiera habías visto se abre. Te montas en el ascensor y éste te lleva a otro piso. Se abre la puerta y sales del ascensor. Te das cuenta de que estás en un lugar que no conoces. Pero no habrías llegado allí de no haber estado en el piso del Ama Regina y haber descubierto el botón oculto.
– O que alguien me informara de dónde estaba -apuntó Bosch.
– Exacto -convino Rider-. Alguien que está enterado de cómo funciona esto.
– Haznos una demostración -dijo Bosch señalando el ordenador.
– Bien, recuerda, la primera nota que enviaron a Elias era la página web y la imagen de Regina. La segunda decía «pon el punto sobre la i humbert humbert». El misterioso autor de la nota le explicaba a Elias lo que tenía que hacer con la página web.
– ¿Poner el punto sobre la i de Regina? -preguntó Edgar-. ¿Hacer clic con el ratón sobre la i?
– Eso supuse, pero O’Connor/O’Connor me han dicho que el enlace estaría oculto detrás de una imagen.
– ¿De modo que no se trata de la i sino del ojo? [1] -preguntó Bosch.
– Exacto.
Rider se volvió hacia su ordenador portátil y el ratón. Bosch observó que la flecha en la pantalla se situaba sobre el ojo izquierdo del Ama Regina. Rider hizo doble clic con el botón del ratón y la imagen de la pantalla se borró.
– Ahora estamos en el ascensor.
Al cabo de unos segundos apareció en la pantalla un cielo azul y unas nubes. Seguidamente surgieron unos angelitos con unas alas y unos halos sentados sobre las nubes. Por último apareció una contraseña.
– Humbert humbert -dijo Bosch.