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Jeanne Kalogridis

En el tiempo de las Hogueras

Título originaclass="underline" The Burning Times

© 2001, Jeanne Kalogridis

© Eduardo G. Murillo, por la traducción

Para mis seres queridos

El hereje es quien enciende el fuego,

no quien se quema en él.

Cuento de invierno

No temas amar, porque el amor perfecto

destierra el miedo.

San Juan 4:18

AGRADECIMIENTOS

Para ser alguien que vive de las palabras, en este momento descubro que me eluden. Este libro me obsesionó, primero como una idea y después como un manuscrito inacabado, durante más de doce años. ¿Cómo puedo transmitir mi más profunda gratitud a las personas que han sufrido conmigo durante su creación y/o ofrecido sus sabios consejos durante sus incontables reescrituras?

Cabe dar las gracias en primer lugar al hombre que escuchó la idea original y sugirió que la plasmara en papeclass="underline" mi agente, Russell Galen. Sin su estímulo y fe, este libro no existiría.

También estoy en deuda con mi editora de Harper-Collins en Inglaterra Jane Johnson, una mujer de enorme talento, que demostró tal entusiasmo por esta novela que la compró no una sino dos veces; con mi editora de Simón & Schuster en Estados Unidos, Denise Roy, que aportó sus prodigiosos conocimientos históricos al proyecto; y con mi editora alemana, Doris Johanssen, de List Verlag, que hizo gala de paciencia y confianza inconmensurables.

Gracias especiales a mis lectores, que dedicaron generosamente su tiempo libre, y cuyos comentarios obraron un impacto enorme en el libro; a mi prima Laeta, arriesgada escritora y editora, que vio el manuscrito en sus numerosas encarnaciones; a mi querida amiga Lauren Hoey, una de las lectoras más atentas que he conocido; y a George, Beverly y Sharon.

Por fin, debo dar las gracias a dos personas que contribuyeron indirectamente a este proyecto: Jan y David, cuyo pequeño acto de bondad dio como resultado tanta serenidad espiritual.

PRÓLOGO

SYBILLE

1

Cae una lluvia torrencial, ensordecedora.

Nubes veloces y malignas cubren la luna y las estrellas, y el negro aterciopelado del cielo nocturno. Una oscuridad profunda vela el universo, salvo en esos instantes en que el rayo ilumina las montañas lejanas, y yo veo:

El pelaje de mi montura que brilla como ónice, y su crin mojada que se agita cual corona de Medusa por mor del viento iracundo. También veo la carretera de Carcasona, que se extiende ante nosotros, erizada de piedras, arbustos de rosas silvestres y matorrales de romero que proyectan su fragancia astringente cuando son pisoteados por el caballo.

El romero resucita recuerdos, las rosas no carecen de espinas, las piedras son duras.

Duras como la lluvia. A la luz de los relámpagos, parece larga, mellada, cristalina, una miríada de carámbanos, de pequeños rayos congelados. Aguijonean y taladran, y si bien parece lógico que este momento debería ser físicamente penoso, experimento una oleada de compasión por el corcel. Está agotado, jadea debido a la larga y extenuante huida. Aun así, cuando tiro por fin de las riendas se me resiste, echa hacia atrás la cabeza.

Cuando disminuye el paso a regañadientes, al tiempo que alza sus fuertes y gráciles patas para caminar, apoyo mi mano sobre su lomo y noto que sus músculos se tensan.

Es sensible, mi corcel, como casi todos los animales, aunque no posee la Visión. No sabe que nos persiguen, pero intuye el Mal que reside en un corazón concreto. Se estremece, pero no a causa del frío otoñal, y desvía sus grandes ojos oscuros para dirigirme una mirada inquisitiva. Veo terror en ellos.

Hemos huido de nuestros enemigos hasta este momento. ¿Por qué les esperamos ahora?

– No te harán daño -le digo en voz baja, y acaricio su cuello cuando relincha en señal de protesta. Su pelaje está frío, empapado de sudor y lluvia, pero debajo los músculos emanan calor-. Eres un caballo excelente, te conducirán a un lugar seco y caliente y te darán de comer. Te tratarán bien.

Ojalá mi suerte sea la misma.

En este instante quiero llorar, con tanta fuerza y amargura como la lluvia. El corcel lo intuye y acelera el paso, angustiado. Me sereno y vuelvo a acariciar su cuello mojado. Mis perseguidores dirían que estoy echando un encantamiento sobre el pobre animal, pero solo consiste en abrir el corazón a otro ser, compartir en silencio la calma, una calma auténtica, y he de buscar en el fondo de mi ser para encontrarla. No se puede mentir a los animales.

Casi he llegado al final de mi viaje, pero la Diosa ha hablado: es inútil continuar huyendo. Aunque continuara huyendo, perseguida por el Enemigo, no lograría salvar a mis pobres Seres Queridos. En la rendición reside mi única oportunidad, tenue, frágil, erizada de peligros, y mi Visión no revelará el desenlace. Viviré o moriré.

Al poco, el caballo y yo nos quedamos inmóviles y en silencio. La lluvia ha menguado, y en la ausencia de ruido, oigo otro.

Un trueno, pero ningún rayo surca los cielos. No, no es un trueno. Cascos de caballos. Esperamos, mi corcel y yo, hasta que se acercan más, más, más…

Y de la oscuridad surgen cuatro, siete, diez jinetes cubiertos con capas, los mismos que he visto en el ojo de mi mente durante todas las oscuras horas de mi huida, materializados ahora en carne y hueso. Una nube negra se desplaza y deja al descubierto un gajo de luna nueva, y el centelleo de metaclass="underline" nueve de estos hombres son guardias de Avignon, de la guardia personal del Papa. Estoy rodeada. El cerco se cierra poco apoco, y alzan sus espadas.

La luna nueva siempre indica un comienzo. Esta señala un fin.

Mi corcel y yo no nos movemos.

Suspicaces, algunos guardias recelan: ¿dónde están mis protectores? La verdad es que acechan muy cerca, preparados para saltar sobre mis captores. La verdad es que ni se les habría ocurrido abandonarme, una mujer menuda y desarmada, su supuesta reina bruja.

Ah, no. Fui yo quien intenté escapar sin ellos, pero su lealtad les impulsó a localizarme y reunirse conmigo. Y cuando la Diosa exigió mi rendición (la mía, no la de ellos, porque necesitaba sus servicios en otro lugar), les despedí. Al principio, se negaron a obedecerme. De hecho, Edouard juró que sería el primero en morir. Solo pude cerrar mis ojos y abrir mi mente, y mi corazón al de ellos, para que oyeran a la Diosa igual que yo.

Edouard sollozaba como si su corazón se fuera a partir. Los demás rostros estaban ocultos por las capuchas, pero intuí las lágrimas silenciosas que resbalaban por sus mejillas. No dijimos nada más. No fue necesario, porque todo se sabía. De esta forma, mis valientes caballeros se alejaron a lomos de sus monturas.

Y ahora veo que tres hombres del Enemigo saltan de sus caballos y hunden las espadas en destellantes arbustos de zarzamoras, en el follaje alto y espeso; las espadas silban mientras fragmentos de hojas y tallos vuelan por los aires. Un hombre trepa a un olivo cercano y cercena ramas, hasta comprobar que no hay nadie emboscado.

Perplejos, regresan a sus monturas y me miran, tan serena y silenciosamente como mi corcel. Oscuridad o no, veo miedo en los rostros de los guardias. Se preguntan por qué no me limito a hechizarlos, a convertirlos en cerdos, por ejemplo, para luego escapar.

Todos, excepto el décimo, muy seguro de que esta captura es obra suya. Es el cardenal Domenico Chrétien. Al contrario que los demás, cubiertos con capas oscuras, lleva sobre su espalda y cabeza el color de la sangre. Su rostro es ancho y regordete, de labios gruesos y ojos ocultos por profundos pliegues. Su cuerpo también es blando, pero no su corazón.

– ¿La madre abadesa Marie Françoise? -pregunta con voz autoritaria.

Este es el Enemigo. Solo nos hemos encontrado una vez en este plano terrenal, si bien en otro somos antiguos conocidos. No es difícil mirarle con desprecio familiar. Está tan envenenado de odio hacia sí mismo, que mataría a cualquiera que se lo recordase. Solo hay Uno vivo capaz de hacer más daño a mi pueblo, Aquel al que he venido a detener, de lo contrario mi Raza y yo seremos borrados de la faz de la tierra.