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Sam negó con la cabeza.

– En la granja de mi tío hay un anillo de las hadas -dijo Sam con naturalidad-. Mi tío asegura que no cree en las hadas, que nunca lo ha hecho, pero ara la tierra alrededor de él.

Naylor asintió.

– Eso es lo que decían las gentes de Glenskehy cuando aquella muchacha apareció embarazada. Dijeron que se había acostado con uno de los brujos de la casa y que llevaba en su seno a un vástago suyo. Y le dieron su merecido.

– ¿Creían que el bebé sería una amenaza?

– ¡Caray! -exclamó Frank-. Es la vida, pero no como la conocemos.

Se agitaba mientras intentaba contener la risa. Me dieron ganas de darle un puntapié.

– Sí, eso creían -confirmó Naylor con frialdad-. Y deje de mirarme de ese modo, detective. Hablamos de mis bisabuelos, y de los suyos también. ¿Acaso puede jurarme que usted no habría creído lo mismo de haber nacido en aquella época?

– Los tiempos cambian -terció Sam, asintiendo con la cabeza.

– No obstante, no todo el mundo opinaba lo mismo. Solamente unos cuantos, los ancianos, principalmente; aun así, eran suficientes como para que llegara a oídos de su hombre, el padre del bebé. Y éste, o bien quiso deshacerse del niño o sólo estaba esperando una excusa o estaba loco desde buen principio. Muchos de los inquilinos de la casa eran lo que llamaríamos «raritos»; quizás eso explique por qué se difundió la creencia de que trataban con hadas. Él lo creía, sea como fuere. Pensaba que había algo malo en él, en su sangre, y que ese algo sería la desgracia de aquel niño. -Ladeó aquella boca rota-. De manera que una noche se citó con la joven, antes de que diera a luz. Y ella acudió a su llamada, despreocupada: era su amante, ¿no es cierto? Pensaba que iba a solucionarles el porvenir, a ella y a su bebé. Pero en lugar de ello, él llevó consigo una soga y la colgó de un árbol. Ésa es la pura verdad. Todo el mundo en Glenskehy lo sabe. Aquella muchacha no se suicidó y ningún otro habitante del pueblo la mató. El padre del bebé la asesinó porque tenía miedo de su propio hijo.

– ¡Pandilla de chalados! -exclamó Frank-. Parece mentira: sales de Dublín y te encuentras en otro universo. Jerry Springer [23] se queda en mantillas.

– Descanse en paz -dijo Sam en voz baja.

– Sí -se sumó Naylor-. Descanse en paz. Su gente prefirió clasificarlo como suicidio antes que arrestar a uno de los nobles del caserío. A ella la enterraron en suelo sin consagrar, junto con su hijo.

Podía ser verdad. Cualquiera de las versiones oídas podía ser verídica, cualquiera o ninguna; no había manera de saberlo a ciencia cierta, se remontaban varios siglos atrás. El dato relevante es que Naylor creía su relato a pies juntillas. No actuaba como un hombre culpable, pero eso significa menos de lo que a simple vista pueda parecer. Era tal la rabia que lo consumía, como denotaba esa intensidad amarga en su voz, que podía estar perfectamente convencido de que nada lo haría sentirse culpable. El corazón me latía con fuerza. Pensé en los demás, con las cabezas gachas en la biblioteca, aguardando mi regreso.

– ¿Y por qué nadie del pueblo me lo ha contado? -quiso saber Sam.

– Porque no es asunto suyo. No queremos que nos conozcan por eso: el pueblo chiflado donde un lunático mató a su hijo bastardo por ser el diablo. En Glenskehy somos gente decente. Somos personas normales, no somos idiotas ni salvajes, y no queremos servir de hazmerreír a nadie, ¿me entiende? Sólo queremos que nos dejen en paz.

– Pues hay alguien que no olvida esta historia -señaló Sam-. Han aparecido pintadas que decían «ASESINOS DE BEBÉS» en Whitethorn House en dos ocasiones. Alguien arrojó una piedra a través de la ventana de esos muchachos anteanoche y se las vio con ellos cuando lo persiguieron. Hay alguien obstinado en que ese niño no descanse en paz.

Un largo silencio. Naylor se revolvió en su silla, se tocó el labio partido con un dedo y comprobó si le sangraba. Sam esperó.

– Bueno, la historia no acabó con el bebé -añadió al fin-. Fue un suceso horroroso, claro está, pero sólo sirvió para demostrar que esa familia es de mala calaña. Todos ellos, sin excepción. No se me ocurriría otro modo de describirlo.

Naylor estaba a punto de confesarse por la pintada, pero Sam lo pasó por alto, a propósito: iba tras algo más importante.

– ¿Y cómo son? -preguntó.

Sam estaba recostado en su silla, con la taza en equilibrio sobre su rodilla, con aire tranquilo e interesado, como un hombre aposentado para pasar una larga y agradable noche en su bar habitual.

Naylor volvió a toquetearse el labio, con expresión ausente. Se esforzaba por encontrar las palabras exactas.

– ¿Sus pesquisas sobre Glenskehy le han bastado para averiguar el origen del pueblo?

Sam sonrió.

– Mi gaélico está muy oxidado. Significa «cañada de los espinos», ¿me equivoco?

Naylor hizo un rápido movimiento de cabeza, impaciente.

– No, no, no me refiero al nombre. Me refiero al lugar. Al pueblo. Glenskehy. ¿Cuál cree que es su origen?

Sam sacudió la cabeza.

– Lo fundaron los March. Lo construyeron para su propio disfrute. Cuando les entregaron las tierras ordenaron erigir esa casona y trajeron a gentes para que trabajaran a su servicio: criadas, jardineros, personal para cuidar de los establos, guardabosques… Querían tener a sus sirvientes en sus tierras, bajo su yugo, para poderlos mantener a raya; pero no les apetecía tenerlos demasiado cerca, no querían oler la peste de los campesinos. -Su boca dibujó una sonrisa chueca a medio camino entre el asco y la maldad-. De manera que construyeron la aldea para que vivieran sus subditos. Como si alguien se mandara instalar una piscina, un invernadero o una cuadra llena de ponis: unas gotitas de lujo para vivir la vida más cómodamente.

– Ése no es modo de tratar a seres humanos -lamentó Sam-. Pero de eso hace ya mucho tiempo.

– Cierto, hace mucho tiempo. Precisamente un tiempo en el que Glenskehy tenía alguna utilidad para los March. Pero ahora que ya no les sirve para satisfacer sus placeres se limitan a contemplar cómo agoniza el pueblo. -La voz de Naylor había adquirido un matiz distinto, volátil y peligroso y, por primera vez, sus distintas caras coincidieron en mi pensamiento: la del hombre que le relataba leyendas locales a Sam y la de la criatura salvaje que me había intentado arrancar los ojos en aquel sendero sombrío-. El pueblo se cae a pedazos. En unos años más ya no quedará ni rastro de él. Los únicos que permanecen son los que están atrapados, como yo mismo, mientras que el lugar muere y los arrastra a la nada con él. ¿Sabe por qué no fui a la universidad?

Sam negó con la cabeza.

– No soy ningún tonto. Tenía nota para entrar. Pero tuve que quedarme en Glenskehy a cuidar de mis padres y no hay ningún empleo en el pueblo que requiera tener formación universitaria. Aquí uno únicamente puede dedicarse a la agricultura o a la ganadería. ¿Para qué necesitaba un título universitario? ¿Para palear estiércol en la granja de otro? Empecé a hacerlo el día después de salir de la escuela. No me quedó otra alternativa. Y hay decenas de personas como yo.

– Pero eso no es culpa de los March -apuntó Sam con sensatez-. ¿Qué podían hacer ellos?

Aquel ladrido por carcajada una vez más.

– Podían haber hecho muchas cosas. Muchas. Hace cuatro o cinco años apareció un individuo por el pueblo, un hombre de Galway, como usted. Era un constructor. Le interesaba comprar Whitethorn House para transformarla en un hotel de lujo. Quería remodelarla: añadirle nuevas alas y erigir edificios aledaños, un campo de golf y toda la pesca; aquel tipo tenía grandes planes. ¿Se imagina lo que eso habría podido suponer para Glenskehy?

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[23] Jerry Springer es el conductor del programa televisivo The Jerry Springer Show, al que acuden personas con historias reales semejantes a las que (se ven en las telenovelas: infidelidades, engaños y violencia. (N. de la T.)