– ¿Me estás pidiendo una cita? -bromeó Frank. Su voz sonaba divertida, pero tenía los ojos entrecerrados-. Porque debo advertirte algo: yo no salgo barato.
– Eso es un no. Justo lo que me figuraba. -Sam dio media vuelta y se me encaró de nuevo-: Hace sólo tres semanas, Cassie, y mira lo que nos está pasando. ¿Es esto lo que quieres? ¿Qué crees que pasará con lo nuestro si te marchas todo un año para participar en esta jodida bromita que se le ha ocurrido a nuestro amigo?
– ¿Por qué no intentamos algo? -propuso Frank con voz sosegada, apoyado contra la pared, sin moverse-. Vosotros decidís si hay algún problema en vuestra parte de la investigación y yo decido si hay alguno en la mía. ¿Te parece bien?
La mirada en sus ojos había espoleado a comisarios y señores de la droga por igual a escabullirse en busca de cobijo, pero Sam pareció no inmutarse.
– No, por supuesto que no me parece bien. Tu parte de la investigación es un maldito desastre y quizá tú no seas capaz de verlo, pero por suerte yo sí. Tengo a un sospechoso en esa sala, tanto si es tu hombre como si no, y lo he encontrado gracias al trabajo de la policía. ¿Y qué tienes tú? Tres semanas de ese embrollo insensato y ni una sola respuesta. Y, en lugar de recortar nuestras pérdidas, pretendes forzarnos a subir las apuestas y enfrascarnos en algo aún más insensato…
– Yo no os fuerzo a nada. Yo sólo le he preguntado a Cassie, que participa en esta investigación como mi agente infiltrada, por si no lo recuerdas, no como detective de Homicidios a tu cargo, si le apetece llevar su misión un paso más allá.
Largas tardes de verano en la hierba, el zumbido de las abejas y el perezoso chirrido del balancín. Arrodillados en el jardín de hierbas aromáticas recolectando nuestra cosecha, una lluvia fina y humo con olor a madera en el aire, el perfume del romero magullado y la lavanda en mis manos. Envolver regalos de Navidades en el suelo del dormitorio de Lexie, con la nieve cayendo al otro lado de mi ventana, mientras Rafe toca villancicos al piano y Abby canturrea desde su habitación y el aroma a pan de jengibre serpentea bajo mi puerta.
Los ojos de Sam y los de Frank estaban posados en mí, abiertos de par en par. Ambos se habían callado; un silencio intenso y pacífico reinaba por fin en la sala.
– Claro -contesté-. ¿Por qué no?
Naylor tarareaba ahora Avondale [26] y al fondo del pasillo alguien sermoneaba a Quigley. Me acordé de mí y de Rob contemplando a sospechosos desde aquella misma sala de observación, riendo hombro con hombro por aquel mismo pasillo, desintegrándonos como un meteorito en el aire envenenado de la Operación Vestal, impactando y prendiendo en llamas, y no sentí nada, nada salvo las paredes abriéndose y cayendo a mi alrededor, ligeras como pétalos. Los ojos de Sam eran inmensos y oscuros, como si le hubiera herido en lo más profundo, y Frank me miraba de un modo que me incitó a pensar que, si tuviera un poco de sentido común, debería estar asustada, pero por el contrario notaba mis músculos relajándose como si tuviera ocho años y me deslizara dando volteretas colina abajo por un prado verde, como si pudiera sumergirme mil metros bajo el mar frío y azul sin necesidad de respirar. Yo tenía razón: la libertad olía a ozono y a tormentas eléctricas y a dinamita, todo junto, y a nieve y a hogueras y a hierba recién segada; sabía a agua marina y a naranjas.
Capítulo 16
Regresé al Trinity a la hora de comer, pero los demás seguían en sus cubículos. En cuanto aparecí en el largo pasillo de libros que conducía a nuestro rincón, alzaron la vista, rápidamente, casi al mismo tiempo, y dejaron caer sus bolígrafos.
– ¡Por fin! -exclamó Justin, con un gran suspiro de alivio, mientras yo llegaba hasta ellos-. Aquí estás. Ya era hora.
– ¡Pero bueno! -soltó Rafe-. ¿Por qué has tardado tanto? Justin pensaba que te habían arrestado, pero le he dicho que lo más probable era que te hubieras fugado con O'Neill.
Rafe tenía el pelo arremolinado y Abby se había pintarrajeado una mejilla con el bolígrafo y no podían ni imaginarse lo guapos que me parecieron entonces, lo cerca que habíamos estado de perdernos unos a otros. Tenía ganas de tocarlos, de abrazarlos, de apretujarles las manos.
– Me han hecho esperar una eternidad -expliqué-. ¿Vamos a comer? Me muero de hambre.
– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Daniel-. ¿Has podido identificar a ese energúmeno?
– ¡Qué va! -respondí, inclinándome por delante de Abby para coger mi mochila-. Aunque estoy segura de que se trata del tipo de la otra noche. Deberíais haberle visto la cara. Parece que se haya enfrentado en diez rounds a Muhammad Alí.
Rafe soltó una carcajada y levantó la palma para chocar los cinco conmigo.
– ¿Qué os hace tanta gracia? -quiso saber Abby-. Ese hombre os podría haber acusado de agresión, si quisiera. Eso es precisamente lo que Justin pensaba que había sucedido, Lex.
– No presentará cargos. Le ha dicho a la policía que se cayó de la bicicleta. Está todo controlado.
– ¿Y ha habido algo que te haya hecho recuperar la memoria? -inquirió Daniel.
– No.
Arranqué el abrigo de Justin de su silla y lo agité en el aire.
– ¡Venga! ¿Os apetece ir al Buttery? Me apetece comer comida de verdad. Esos polis me han puesto hambrienta.
– ¿Y tienes idea de qué ocurrirá ahora? ¿Creen que es el hombre que te atacó? ¿Lo han arrestado?
– No -respondí-. No tienen pruebas suficientes, o algo por el estilo. Y no creen que fuera quien me apuñaló.
Me había dejado arrastar por la idea de que era una buena noticia y había olvidado que podía no serlo desde la perspectiva de los demás. De repente se produjo un silencio sepulcral, nadie miraba a nadie. Rafe cerró los ojos un instante, como si sintiera un estremecimiento.
– ¿Por qué no? -quiso saber Daniel-. A mí me parece un sospechoso más que lógico.
Me encogí de hombros.
– ¿Quién sabe qué se les pasa por la cabeza? Es lo que me han dicho.
– ¡Por todos los diablos! -lamentó Abby.
Había empalidecido y, bajo la luz de los fluorescentes, sus ojos parecían cansados.
– Entonces -observó Rafe-, a fin de cuentas, todo esto no tenía ningún sentido. Volvemos a estar donde empezamos.
– Aún no lo sabemos -replicó Daniel.
– Pues llámame pesimista si quieres, pero yo lo veo bastante claro.
– Vaya -lamentó Justin en voz baja-. Tenía la esperanza de que por fin fuera a acabarse esta historia.
Nadie le respondió.
Daniel y Abby volvían a hablar en el patio, muy entrada ya la noche. Ya no necesité guiarme por el tacto de las paredes para llegar hasta la cocina; a aquellas alturas podría haber recorrido la casa con los ojos vendados sin dar un mal paso ni hacer crujir una tabla del suelo.
– No sé por qué -decía Daniel. Estaban sentados en el balancín, fumando, sin tocarse-. No atino a verbalizarlo. Posiblemente tanta tensión esté nublando mi juicio… Sólo estoy preocupado.
– Lexie ha pasado una mala época -justificó Abby con cuidado-. Creo que su único deseo es volver a la normalidad y olvidar lo ocurrido.
Daniel la miró; la luz de la luna se reflejaba en sus gafas y apantallaba sus ojos.
– ¿Qué es lo que me ocultas? -preguntó.
El bebé. Me mordí el labio y rogué al cielo por que Abby creyera en la lealtad fraternal. Ella sacudió la cabeza.
– En esta ocasión tendrás que confiar en mí.
Daniel apartó la mirada y la proyectó a lo lejos, y justo entonces yo atisbé un destello de algo -agotamiento o pesar- cubrirle el rostro.
– Antes nos lo contábamos todo -se quejó-, no hace tanto. ¿No es verdad? ¿O soy sólo yo quien lo recuerda así? Los cinco contra el mundo, sin secretos, nunca.