Se produjo un segundo de silencio sepulcral; incluso el viento en el exterior pareció detenerse. Frank no había mencionado ninguna fecha definitiva hasta ese momento. En la comisura de mi ojo, los mapas y las fotografías de la mesa se movieron y se cristalizaron, desplegándose en hojas bañadas por el sol, vidrio ondulado y piedra desgastada por los años; volviéndose realidad.
– ¿Este domingo? -pregunté.
– No me vengas con esa mirada patidifusa -me regañó Frank-. Estarás lista, cariño. Y míralo por este lado: así no tendrás que volverme a ver este careto tan feo que tengo.
En aquel momento, aquello me pareció una perspectiva harto estimulante.
– Está bien -dijo Sam. Se acabó el café a tragos largos e hizo un gesto de dolor-. Entonces será mejor que me ponga en marcha. Se puso en pie y se palpó los bolsillos.
Sam vive en una de esas espeluznantes urbanizaciones en medio de la nada, estaba reventado de cansancio y el viento empezaba a cobrar fuerza de nuevo y arremetía contra las tejas del tejado.
– No conduzcas ahora hasta allí, Sam, no con este temporal -le supliqué-. Quédate a pasar la noche. Trabajaremos hasta tarde, pero…
– Claro, ¿por qué no te quedas? -dijo Frank, extendiendo los brazos y sonriéndole-. Podemos celebrar una fiesta del pijama: quemar nubes de caramelo y jugar a Verdad o Consecuencia.
Sam cogió el abrigo del respaldo del futón y se lo quedó mirando como si dudara qué hacer.
– No, no; si no voy a casa, no te preocupes. Iré a la comisaría a recoger unos expedientes. Todo irá bien.
– Perfecto -comentó Frank alegremente, despidiéndose de él con la mano-. Pues que te diviertas. Y no olvides telefonearnos si das con un sospechoso.
Acompañé a Sam escaleras abajo y le di un beso de buenas noches en la puerta. Se dirigió obstinadamente hasta su coche, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha en contra del viento. Quizá fuera la ráfaga de viento que ascendió conmigo por las escaleras pero, sin él, mi piso parecía más frío, más desnudo, y el ambiente estaba un poco más tenso.
– Pensaba marcharse de todos modos, Frank -aclaré-. No tenías por qué portarte como un capullo.
– Quizá no -replicó Frank, mientras se enderezaba y comenzaba a amontonar los envases de comida china-. Pero por lo que he podido ver en los vídeos de ese móvil, Lexie no utilizaba el término «capullo». En circunstancias parecidas, habría utilizado «imbécil», o esporádicamente «imbécil de mierda» o «gilipollas» o «cabronazo». Simplemente lo digo para que lo recuerdes. Yo me encargo de fregar los platos si eres capaz de decirme, sin mirar, cómo llegar desde el caserío hasta la casita de campo.
Después de aquello, Sam no intentó venir a cocinarme la cena más. En su lugar, aparecía a deshoras, dormía en su casa y no hacía nigún comentario cuando encontraba a Frank durmiendo en mi sofá. La mayoría de los días se quedaba el tiempo justo para darme un beso, traerme una bolsa de provisiones y ponerme al día del caso. No había mucho que decir al respecto. La policía científica y los refuerzos habían peinado hasta el último centímetro de los senderos que Lexie acostumbraba a transitar en sus caminatas nocturnas: no había ni rastro de sangre, ninguna pisada identifiable, señales de forcejeo ni ningún refugio (culpaban del desaguisado a la lluvia), y tampoco habían encontrado ningún arma. Sam y Frank habían pedido un par de favores para reprimir a los medios de comunicación de saltar sobre este caso; se limitaron a ofrecer a la prensa una estudiada declaración genérica acerca de una agresión en Glenskehy, dejaron caer algunas pistas vagas sobre que la víctima había sido trasladada al hospital de Wicklow y organizaron una vigilancia discreta, pero nadie acudió en su búsqueda, ni siquiera sus compañeros de casa. La compañía telefónica no aportó ninguna información de utilidad sobre el teléfono móvil de Lexie. Los interrogatorios puerta a puerta se saldaron con encogimientos de hombros, coartadas indemostrables («cuando terminó Winning Streak [6] mi esposa y yo nos fuimos a dormir»), unos cuantos comentarios estirados acerca de los niños ricos de Whitethorn House y un sinfín de apostillas en la misma línea acerca de Byrne y Doherty y su repentino interés por Glenskehy, pero ninguna información útil.
Dada su relación con los lugareños y su nivel de entusiasmo general, a Doherty y a Byrne les habíamos encomendado la misión de revisar los tropecientos mil minutos de filmación del circuito cerrado de televisión en busca de algún visitante de Glenskehy con pinta sospechosa, pero las cámaras no se habían colocado teniendo esta finalidad en mente y lo máximo que pudieron inferir es que estaban bastante seguros de que nadie había entrado ni salido de Glenskehy en coche por una carretera directa entre las diez de la noche y las dos de la madrugada del día de autos. Aquello espoleó a Sam a retomar el tema de los compañeros de casa de Lexie, lo cual hizo que Frank reaccionara enumerando las múltiples opciones que cualquiera podría haber empleado para llegar a Glenskehy sin que las cámaras del circuito de televisión lo registraran, cosa que a su vez suscitó comentarios insolentes por parte de Byrne acerca de los listillos de Dublín que venían pavoneándose y hacían malgastar a todo el mundo su tiempo con tareas inútiles. Me dio la sensación de que sobre el centro de coordinación pendía una densa nube eléctrica de callejones sin salida, conflictos de intereses y una desagradable sensación de naufragio.
Frank les había explicado a los amigos de Lexie que ésta volvería a casa. Ellos le habían enviado algunos presentes: una tarjeta deseándole una pronta recuperación, una docena de barritas de chocolate, un pijama de color azul celeste, ropa para el día de su regreso, crema hidratante (eso tuvo que ser idea de Abby), dos libros de Barbara Kingsolver, un walkman y un montón de casetes variados. Aparte del hecho de que yo no hubiera visto una cinta grabada desde que tenía alrededor de veinte años, la selección no admitía críticas: contenía temas de Tom Waits y Bruce Springsteen, música propia de rocolas de carreteras perdidas a altas horas de la madrugada mezclada con Edith Piaf y los Guillemots y una mujer llamada Amalia que cantaba en un portugués ronco. Al menos, todo era respetable; de haber incluido una canción de Eminem, habría pensado «apaga y vamonos». La tarjeta lucía un «Te queremos» y la rúbrica de los cuatro, nada más; tal parquedad le confería un aire de secretismo cargado de mensajes que yo era incapaz de descifrar. Frank se comió las barritas de chocolate.
La versión oficial fue que el coma había dejado a Lexie sin memoria a corto plazo: no recordaba nada acerca de la agresión y muy poco de los días previos.
– Eso nos confiere cierta ventaja -señaló Frank-. Así, si metes la pata con algún detalle, basta con que pongas gesto compungido y farfulles algo sobre la impotencia del coma, y todo el mundo se sentirá avergonzado de exigirte demasiado.
Entre tanto, en mi vida normal, yo les había explicado a mis tíos y a mis amigos que me marchaba a realizar un curso de entrenamiento (fui bastante imprecisa al respecto) y que estaría ausente unas semanas. Sam había suavizado mi baja laboral manteniendo una conversación con Quigley, el error humano de la brigada de Homicidios, a quien le había explicado, en confianza, que me tomaba una pausa para concluir la licenciatura, lo cual significaba que estaría cubierta en caso de que alguien me divisara por ahí con un aspecto demasiado estudiantil. Quigley se compone básicamente de un trasero enorme y una bocaza igual de grande, y nunca ha sentido predilección por mí. En menos de veinticuatro horas todo el mundo sabría que me había tomado un tiempo para mí, probablemente con alguna información adicional de cosecha propia: un embarazo, una psicosis, adicción al crack o algo de esa índole.