Eran todos de una belleza espectacular. Rafe era el único que podría haberse calificado objetivamente de guapo; pero aun así, cuando los recuerdo, su belleza es lo único que me asalta la memoria.
Justin sirvió el solomillo en los platos y fue pasándolos.
– Especialmente para ti -me dedicó con una tímida sonrisa.
Con ayuda de un cucharón, Rafe sirvió las patatas asadas sobre el solomillo a medida que Justin le pasaba los platos. Daniel vertió vino tinto en copas disparejas. Aquella noche me estaba sorbiendo hasta la última neurona que me quedaba; lo último que podía hacer era emborracharme.
– Yo no debo…, puedo beber alcohol -me disculpé-. Es por los antibióticos.
Era la primera vez que salía a colación el apuñalamiento, aunque fuera de manera indirecta. Durante una fracción de segundo, o quizá fuera sólo en mi imaginación, la estancia pareció quedar inmóvil, la botella suspendida en el aire, medio inclinada, las manos detenidas a medio camino en sus gestos. Entonces Daniel continuó sirviéndome, con un diestro juego de muñeca que hizo caer menos de dos centímetros de vino en mi copa.
– ¡Vamos! -me alentó sereno-. Un sorbito no te hará ningún daño. Sólo para brindar.
Me pasó mi copa y llenó la suya.
– Por los regresos al hogar -brindó.
En el instante en que aquella copa se deslizó de su mano a la mía, en algún rincón de mi mente algo profirió un grito salvaje de alerta. Las semillas de granada irrevocables de Perséfone: «Nunca aceptes comida de extraños»; viejas leyendas en las que un sorbo o un mordisco sellan las paredes del hechizo para la eternidad, desdibujan el camino de regreso a casa en medio de la niebla y el viento lo hace desaparecer de un solo soplido. Y luego, con más intensidad aún: «Y si al final fueron ellos y esto está envenenado…, ¡vaya por Dios, qué manera más absurda de morir!». En aquel momento caí en la cuenta, con un escalofrío similar a una descarga eléctrica, de que serían perfectamente capaces de hacerlo. Aquel cuarteto impostado aguardándome en la puerta, con sus espaldas enderezadas y sus ojos fríos y escrutadores: eran muy capaces de seguirme el juego toda la noche, esperando con un control inmaculado y sin un solo desliz el momento elegido por ellos.
Pero todos me sonreían, con las copas en alto, y no me quedaba otra alternativa.
– Por los regresos al hogar -repetí yo, y me incliné sobre la mesa para chocar mi copa con las suyas entre la hiedra y las velas de los candelabros: Justin, Rafe, Abby y Daniel.
Le di un sorbito al vino: templado, con cuerpo y suave, con un paladar a miel y bayas estivales, y lo noté descender hasta las mismísimas puntas de mis dedos; luego agarré el cuchillo y el tenedor y corté la carne.
Quizá sólo necesitara alimento; el solomillo estaba delicioso y mi apetito había resurgido como si procurara recuperar el tiempo perdido pero, para mi desgracia, nadie había mencionado nada sobre que Lexie zampara como una vaca, así que me abstuve de repetir. No obstante, fue entonces cuando todos ellos entraron finalmente en mi panorama, durante aquel ágape; es en ese momento cuando todos los recuerdos empiezan a hilvanarse en una secuencia, como cuentas de cristal ensartadas en una cuerda, y es entonces cuando aquella velada cesa de ser un difuminado luminoso para convertirse en algo real y gestionable.
– Abby ha encontrado una muñeca diabólica -anunció Rafe, mientras se servía más patatas-. Íbamos a quemarla en la hoguera por brujería, pero decidimos aguardar tu regreso para poder someter la moción a una votación democrática.
– ¿Quemar a Abby o a la muñeca? -pregunté yo.
– A ambas.
– No es ninguna muñeca diabólica -se defendió Abby, dándole una torta en el brazo a Rafe-. Es una muñeca de finales de la época victoriana, y estoy segura de que Lexie sabrá apreciarla, porque no es ninguna filistea.
– Si yo fuera tú -me aconsejó Justin-, la apreciaría desde la distancia. Creo que está poseída. No deja de seguirme con la mirada.
– Pues túmbala. Así se le cerrarán los ojos.
– No pienso tocarla. ¿Qué pasará si se le ocurre morderme? Estaré condenado a vagar entre tinieblas el resto de la eternidad en busca de mi alma…
– ¡No sabes cuánto te he echado de menos! -me dijo Abby-. He estado aquí encerrada sin nadie con quien hablar salvo esta pandilla de cobardicas. No es más que una muñeca chiquitita, Justin.
– Una muñeca diabólica -masculló Rafe, con la boca llena de patatas-. En serio, está confeccionada con la piel de una cabra sacrificada.
– No se habla con la boca llena -lo reprendió Abby, y a continuación me dijo-: Es de piel de cabritilla. Y la cabeza es de cerámica. La encontré en una sombrerera en la habitación que hay frente a la mía. Tiene la ropa hecha jirones, pero acabo de terminar de arreglar el escabel, así que igual me dedico a confeccionarle un nuevo vestuario. Hay un montón de retales viejos.
– Y eso por no mencionar el pelo -añadió Justin, pasándome las hortalizas por encima de la mesa-. No te olvides de su pelo. Es espantoso.
– El pelo es de un cadáver -me informó Rafe-. Si le clavas un alfiler a esa muñeca, oirás unos chillidos procedentes del camposanto. Pruébalo.
– ¿Ves a lo que me refiero? -me preguntó Abby-. Cobardicas. El pelo es auténtico, eso es cierto. Pero ¿por qué tiene que pertenecer a un muerto…?
– Porque esa muñeca la confeccionaron alrededor de 1890 y no es tan difícil atar cabos.
– ¿Y de qué camposanto hablas? No hay ningún camposanto.
– Tiene que haberlo. En algún lugar de por ahí fuera. Cada vez que tocas esa muñeca, alguien se revuelve en su tumba.
– Tal vez deberías deshacerte tú de «La cabeza» -sugirió Abby con dignidad-. Basta ya de acusar a mi muñeca de ser espeluznante.
– No es lo mismo en absoluto. «La cabeza» es una herramienta científica de gran valor.
– A mí me gusta «La cabeza» -intervino Daniel, levantando la vista sorprendido-. ¿Qué tiene de malo?
– Pues que es el tipo de objeto que Aleister Crowley [8] llevaría por ahí consigo, eso es lo que realmente tiene de malo. Por favor, Lex, ayúdame con esto.
Frank y Sam no me habían explicado, quizá porque no se habían percatado, el rasgo más importante de aquellas cuatro personas: lo unidas que estaban. Los vídeos del móvil tampoco habían captado la fuerza de su comunión, tal como tampoco ofrecían un reflejo fiel de la casa. Era como si un resplandor iluminara el aire que flotaba entre ellos, como si hilos finísimos y brillantes de una tela de araña entretejiesen cada movimiento y cada palabra reverberase en todo el grupo: Rafe le pasaba a Abby su cajetilla de cigarrillos aun antes de que ella levantara la vista para buscarlos, Daniel ponía las palmas hacia arriba listo para sostener la bandeja con el solomillo en el preciso instante en que Justin la sacaba a través de la puerta, las frases saltaban ágilmente de uno a otro como si estuvieran jugando al ¡Burro! a las cartas, sin la menor interrupción o dilación. Rob y yo también habíamos sido así: inseparables.
Mi primer pensamiento es que estaba perdida. Aquellos cuatro tenían una armonía semejante a la del grupo de a cappella más sincronizado del planeta, y yo tenía que insertar mi frase y unirme a aquella jam session sin perder un solo compás. Contaba con una cierta licencia gracias a mi fragilidad, al hecho de estar bajo medicación y al trauma en general, y en aquellos momentos estaban todos tan contentos de que hubiera regresado a casa y estuviera charlando con ellos que lo que dijera apenas si revestiría importancia, pero sólo se trataba de eso, una cierta licencia… y nadie me había hablado de ninguna «cabeza». Poco importaba lo optimista que fuera Frank, yo estaba bastante segura de que se hacían apuestas en el centro de coordinación (a espaldas de Sam, pero no necesariamente de Frank) acerca de cuánto tiempo transcurriría antes de que me precipitara colina abajo en una espectacular bola de fuego y que el margen máximo que me concedían era de tres días. No los culpaba. Si yo hubiera participado en la porra, me habría jugado diez libras a veinticuatro horas.