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– No.

– Buenos días -saludé desde el vano de la puerta.

Daniel me saludó con gravedad con la cabeza y volvió a zambullirse en la lectura. Abby me saludó con la espátula.

– Buenos días.

– Preciosa -dijo Justin-. Ven aquí. Deja que te eche un vistazo. ¿Cómo te encuentras?

– Bien -contesté-. Perdona, Abby; me he dormido. Ven, dame eso…

Alargué el brazo para coger la espátula, pero ella la apartó de mí.

– No te preocupes, no pasa nada; de momento aún estás herida. Mañana subiré y te sacaré a berridos de la cama. Siéntate.

Otro segundo en el que se detuvo el tiempo. «Herida»: Daniel y Justin parecieron quedarse inmóviles a medio bocado. Luego yo me senté a la mesa, Justin cogió otra tostada y Daniel volvió la página y empujó una tetera de esmalte roja en mi dirección. Abby sirvió tres lonchas de beicon y dos huevos fritos en un plato, sin preguntar, y me lo puso ante las narices.

– Arrrg -gruñó, regresando a toda prisa junto a los fogones-. Por lo que más quieras, Daniel, ya sé lo que piensas de los vidrios dobles, pero, lo digo en serio, creo que al menos deberíamos plantearnos instalarlos…

– Los vidrios dobles son obra de Satán. Son terroríficos.

– Sí, pero conservan el calor. Si no vamos a poner moqueta…

Justin mordisqueaba la tostada, con la mejilla apoyada en la mano, y me observaba con el interés suficiente como para ponerme nerviosa. Me concentré en mi desayuno.

– ¿Seguro que te encuentras bien? -preguntó con preocupación-. Estás pálida. No tendrás pensado ir a la universidad hoy, ¿verdad?

– No, creo que voy a quedarme aquí -respondí. No estaba segura de estar preparada para una jornada completa de aquello, aún no. Y, además, quería tener la oportunidad de explorar la casa a solas; quería encontrar ese diario, esa agenda o lo que quiera que fuese-. Se supone que debo guardar reposo unos cuantos días más. Y hablando del tema, ¿qué ha pasado con mis tutorías todo este tiempo?

Las tutorías concluyen oficialmente en las vacaciones de Semana Santa, pero siempre, por el motivo que sea, quedan unas cuantas que se arrastran hasta el trimestre de verano. A mí aún me quedaban dos turnos, uno los martes y otro los jueves. Y no es que me muriera de ganas de asistir a ellos.

– Te hemos sustituido nosotros -me informó Abby, mientras se servía su propio desayuno en un plato y se nos unía en la mesa-, por decirlo de algún modo. Daniel trató el Manuscrito Beowulf [9] con tu grupo de los jueves. En la versión original.

– Genial -contesté-. ¿Y cómo se lo tomaron?

– Pues no especialmente mal, si he de serte sincero -aclaró Daniel-. Al principio estaban aterrados, pero al final un par de ellos hicieron algunos comentarios inteligentes. La verdad es que la experiencia resultó bastante interesante.

Rafe entró dando trompazos, con el pelo de punta, una camisa y un pantalón de pijama a rayas, como si navegara guiado por un radar. Saludó con un gesto a todos, buscó a tientas una taza, se sirvió un buen chorro de café solo, enganchó un triángulo de la tostada de Justin y volvió a salir de la cocina.

– ¡Veinte minutos! -le gritó Justin-. ¡No pienso esperarte!

Rafe levantó la mano por encima de su hombro y continuó caminando.

– No sé por qué te molestas en decírselo -comentó Abby, mientras cortaba una rodajita de una salchicha-. Dentro de cinco minutos ni siquiera recordará haberte visto. Te lo tengo dicho: después del café. Con Rafe, siempre después del café.

– Sí, pero luego se queja de que no le he dado tiempo suficiente para arreglarse. Hablo en serio, esta vez me voy a ir sin él y, si llega tarde, es su problema. Que se compre un coche o que vaya caminando hasta la ciudad, me importa un bledo…

– Cada santa mañana lo mismo -me dijo Abby, saltándose a Justin, que hacía gestos de indignación con el cuchillo de la mantequilla.

Puse los ojos en blanco. En el exterior, al otro lado de las cristaleras, tras Abby, un conejo mordisqueaba la hierba y dejaba oscuras huellas en el rocío blanco.

Media hora más tarde, Rafe y Justin se marcharon. Justin aparcó el coche a la puerta de casa y permaneció allí sentado, haciendo sonar el claxon y profiriendo amenazas inaudibles por la ventanilla, hasta que Rafe finalmente entró corriendo en la cocina con sólo una manga del abrigo puesta y su mochila colgando de cualquier manera de una mano, cogió otra tostada a toda prisa, se la metió entre los dientes y salió de estampida, cerrando la puerta principal con tal portazo que la casa entera tembló. Abby fregó los platos, canturreando en voz baja: «El río es muy ancho y no logro llegar hasta ella…». Daniel fumaba un cigarrillo sin filtro, delgadas columnas de humo dibujaban volutas en los rayos de sol que penetraban por la ventana. Se habían relajado ante mi presencia; estaba infiltrada.

Debería haberme sentido mucho mejor de lo que me sentía por ello. No se me había ocurrido que aquellas personas pudieran gustarme. Aún no tenía una idea formada sobre Daniel y Rafe, pero Justin rezumaba una calidez que resultaba todavía más atractiva por su nerviosismo y su falta de práctica, y Frank había acertado con Abby: si la situación hubiera sido otra, sé que me habría encantado tenerla por amiga.

Acababan de perder a uno de ellos y ni siquiera lo sabían, y existía la posibilidad de que fuera por mi culpa, y allí estaba yo, sentada en su cocina, comiéndome su desayuno y jugando con sus mentes. Las sospechas de la víspera (un bistec con cicuta, ¡por el amor de Dios!) se me antojaron tan ridículas y siniestras que me avergonzaron.

– Daniel, deberíamos ponernos en movimiento -comentó Abby al fin, tras comprobar la hora en su reloj y limpiarse las manos en un paño de cocina-. ¿Quieres algo del mundo exterior, Lex?

– Cigarrillos -contesté-. Casi no me quedan.

Abby sacó un paquete de Marlboro Lights del bolsillo de su bata y me lo lanzó.

– Quédate éstos. Te compraré más en el camino de vuelta. ¿Qué vas a hacer todo el día?

– Repantingarme en el sofá, leer y comer. ¿Quedan galletas?

– Hay de esas de vainilla que te gustan en la lata de las galletas, y de las que tienen trochos de chocolate en el congelador. -Plegó el paño de cocina con diligencia y lo colgó de la barra del horno-. ¿Estás segura de que no quieres que alguno se quede en casa a hacerte compañía?

Justin ya me lo había preguntado unas seis veces. Alcé la vista al cielo.

– Completamente segura.

Cacé la rápida mirada que Abby le lanzó a Daniel por encima de mi cabeza, pero él estaba volviendo la página y no nos prestaba atención.

– De acuerdo entonces -convino ella-. No te desmayes en las escaleras ni nada por el estilo. Daniel, cinco minutos, ¿vale?

Daniel asintió sin alzar la vista del libro. Abby subió corriendo las escaleras, silenciosa en sus calcetines; la oí abrir y cerrar cajones y, al cabo de un minuto, empezar a tararear de nuevo. «Apoyé la espalda contra un roble, pensaba que era un árbol de confianza…»

Lexie fumaba más que yo, un paquete diario, y empezaba justo después de desayunar. Cogí las cerillas de Daniel y encendí un pitillo.

Daniel comprobó la página del libro, lo cerró y lo apartó a un lado.

– ¿Crees que deberías fumar? -preguntó-. Teniendo en cuenta las circunstancias, quiero decir…

– No -contesté con descaro, y le soplé el humo a la cara por encima de la mesa-. ¿Y tú?

Sonrió.

– Tienes mejor aspecto esta mañana -opinó-. Anoche parecías muy cansada; no sé, como un poco perdida. Supongo que es normal, pero me alegra comprobar que empiezas a recobrar la energía.

Tomé nota mentalmente de que debía aumentar el nivel de agitación, poco a poco, a lo largo de los siguientes días.

– En el hospital no dejaban de repetirme que tardaría un tiempo en recuperarme y que no tuviera prisa -le expliqué-, pero ¡que les zurzan! Estoy aburrida de estar enferma.

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[9] Beowulf es un poema épico anónimo que fue escrito en inglés antiguo en verso aliterativo. Se desconocen tanto el autor como la fecha de composición, aunque las discusiones académicas suelen proponer fechas que van desde el siglo viii al xii. La obra se conserva en el códice Nowel o Cotton Vitellius. (N. de la T.)